El inicio de 2026 no trae consigo un amanecer sereno para la soberanía venezolana. Por el contrario, se reavivan las tensiones que desde hace décadas marcan la relación entre nuestro país y los centros de poder imperial, particularmente Estados Unidos.
La persistencia de estas amenazas confirma que la disputa no es coyuntural, sino estructural: se trata de un choque entre un proyecto de emancipación nacional y un sistema global que busca perpetuar la subordinación de los pueblos.
El derecho internacional público consagra la igualdad soberana de los Estados y la prohibición de la injerencia en asuntos internos. Sin embargo, Venezuela ha sido objeto de sanciones unilaterales, bloqueos financieros y campañas mediáticas que violan abiertamente estos principios.
Tales medidas no solo buscan debilitar la economía nacional, sino también erosionar la legitimidad de nuestras instituciones y condicionar la voluntad política de nuestro pueblo.
La insistencia imperial en intervenir en Venezuela responde a una lógica material: el control de recursos energéticos y minerales estratégicos. El petróleo, el gas y el oro venezolanos son vistos como piezas de un tablero global donde Washington pretende mantener su hegemonía.
La narrativa de “defensa de la democracia” es apenas un velo que encubre la disputa por el acceso y dominio de estos bienes.
No menos peligrosa que las sanciones es la guerra simbólica. Los grandes medios internacionales reproducen una imagen distorsionada de Venezuela, invisibilizando los avances sociales y magnificando las dificultades.
Esta estrategia busca desmoralizar a la población y aislar al país en la arena internacional, configurando un cerco político y cultural que acompaña al cerco económico.
Frente a estas amenazas, Venezuela ha demostrado capacidad de resistencia y creatividad. La diversificación de alianzas internacionales, el fortalecimiento de mecanismos regionales de integración y la apuesta por un modelo económico más autónomo son respuestas concretas que desafían la lógica imperial. Además, la conciencia crítica de nuestro pueblo, forjada en años de lucha, constituye un escudo intangible pero poderoso contra la manipulación externa.
Comenzar 2026 bajo la sombra de las amenazas imperiales no significa resignación. Al contrario, es un llamado a profundizar la defensa de la soberanía, a consolidar la unidad nacional y a reafirmar el compromiso con un orden internacional más justo. Venezuela no es un territorio a ser administrado por potencias extranjeras, sino una nación con voz propia, historia digna y futuro independiente.
La batalla continúa, pero también la esperanza: cada intento de sometimiento reafirma nuestra convicción de que la libertad no se negocia, se ejerce.