Operado por la OMPI

Lavado global de cerebro

El surgimiento de la OMC, en 1994, coincide con la posición más fuerte del imperio unipolar de los EE UU, una vez derrotada la URSS y desmantelado el socialismo en Europa oriental. Ya en China se había iniciado el proceso de restauración del capitalismo que dio origen a la política actual de “un país, dos sistemas”, de modo que el imperialismo triunfante podía darse el lujo de imponer con mucha fuerza el régimen neoliberal, cuyo reglamento de colonias es el acuerdo de Marrakech, y posteriormente, con los acuerdos ADPIC (TRIPPS, en inglés), se dio inicio a la profundización de la dominación imperialista en lo concerniente a la propiedad intelectual.

La OMPI es un organismo especializado de las Naciones Unidas que trabaja bajo estrecha sumisión a la OMC, y su financiamiento depende mayoritariamente de las empresas transnacionales que tienen intereses en la propiedad intelectual. El que paga manda, de manera que ese organismo es, de hecho, un procurador global que protege los intereses de las grandes corporaciones, y su modus operandi se basa en el lavado global de cerebro practicado contra los funcionarios de propiedad intelectual de todo el planeta.

Con la credencial de las Naciones Unidas, un puñado de abogados poseídos por la codicia, con la misión de proteger el mercado global para las corporaciones que les pagan, se dieron a la tarea de crear y dictar cursos sobre patentes, marcas y derechos de autor, en los cuales enseñaban, a los ingenuos funcionarios de propiedad intelectual de todos los países, cómo someterse a los tratados, en detrimento incluso de los intereses de sus propias naciones y de la salud de toda la humanidad.

Los chips fueron grabados, los discos duros de las mentes ansiosas de conocimientos fueron formateados de acuerdo a los intereses de las corporaciones y de allí salieron, con una idea de “la realidad”, muchos funcionarios que reproducían en la palabra y el hecho lo aprendido.

De esa manera, el planeta entero se convirtió en un mercado cautivo de los productos de las empresas transnacionales, las cuales dictaron los tratados, condicionaron las leyes y mediatizaron a los funcionarios.

Hoy en día la situación comienza a moverse, e incluso en el seno de la Organización Mundial de la Salud, existe un razonable grado de conciencia acerca de la contradicción entre las patentes farmacéuticas y la posibilidad de acceso a los medicamentos para los países más pobres, que para las corporaciones son “mercados” inservibles, y por lo tanto no producen nada para esos países que no pueden pagar.

Sin embargo, a pesar de estar presenciando la situación, los mensajes profundamente grabados en el inconsciente de muchos funcionarios siguen haciendo efecto y muy pocos han tenido la conciencia suficiente para deshacerse de la influencia, letal para su inteligencia y su conciencia, de las “enseñanzas” introducidas por medio de lavado de cerebro.

En este tiempo, cuando el capitalismo mundial se debate en una crisis estructural, cuando las corporaciones necesitan inventar pandemias con las cuales asustar a la gente del mundo para vender sus medicamentos inservibles y obtener ingresos para flotar económicamente, es el momento para que una nueva doctrina sobre propiedad intelectual insurja en el planeta y permita a la gente abrir los ojos a la realidad para tomar decisiones que privilegien, antes que nada, la existencia misma de la especie humana y el ejercicio de sus derechos fundamentales, tanto a la salud como a la cultura, y el acceso a los beneficios que produce la investigación científica para aumentar el nivel de vida.

Pero para eso es necesario que los Estados regulen la investigación científica y se encarguen directamente de aquellos procesos investigativos que se refieran a medicamentos, alimentos, y en lo cultural, que permita el acceso masivo a las creaciones artísticas y literarias, que las ciencias y las artes sean extraídas de los sarcófagos transnacionales que las transformaron en mercancías para que, libres de la codicia y con el abono de la creatividad humana, se conviertan en elementos de progreso y evolución de la humanidad, garantizando un nivel de vida justo para todos.

Para lograr ese avance es necesario un sistema político y social que privilegie lo humano sobre lo mercantil, que libere los poderes creadores del pueblo. Hace falta el Socialismo.



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Andrea Coa


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