San Antonio del Táchira, la infraestructura muerta

Un poco antes de la conmemoración del Bicentenario del inicio de la Campaña Admirable, muchos quisimos que esa fuese una conmemoración a toda pompa, porque en ese pequeño poblado de unas 175 casas y que Bolívar, en ese momento Jefe del ejército de la Nueva Granada acampado en Cúcuta después del triunfo apoteósico en esa histórica batalla, llamó Villa Redimida de San Antonio de Venezuela, bien merecía ese reconocimiento por su valentía. Recordamos que esta Villa aportó al menos un hombre por cada casa habitada, a la Campaña Admirable. Nunca hicimos el esfuerzo de saber cuántos regresaron después de ayudar a rescatar la República a disfrutar del cristalino rio que otrora fue, y sobre el cual Bolívar dijo que "no sabía si une o desune a Venezuela de la Nueva Granada". El caso fue que ese evento se convirtió en una entrega de un medallero interminable a los militares presentes que por alguna razón se consideraban herederos de esas luchas. Soy de los que piensa que fue inmerecido, que el Pueblo no fuese el homenajeado. Todavía reverbera mi sangre patriota del malestar. Era ese el momento de ver el pasado y mirar al futuro.

Pues el futuro llegó, cuando a partir de las asonadas contra Venezuela, preparadas por la oposición venezolana al gobierno de turno en alianza con la peor de las castas de la política colombiana, el uribismo, forzó a una ruptura en materia de fronteras y se produjo el cierre de la nuestra, con consecuencias de dos tipos: La favorable fue que se frenó la coacción política-militar desde Colombia y la desfavorable fue que marcó el comienzo de la muerte de la frontera más activa de América Latina y en consecuencia, se rompe el hito de la hermandad entre dos pueblos históricamente inseparables.

¿Cómo era la vida en la Villa Redimida de San Antonio de Venezuela? Lo que he sabido de la historia es interesante, fue un pueblo militante en la revolución comunera y también en los acontecimientos libertarios. De eso hay muchas crónicas por realizar. Bolívar pudo hacer estado en mi pueblo unas diez veces, entraba y salía, aguardando con responsabilidad el permiso del Congreso de la Unión de la Nueva Granada para invadir a Venezuela, en procura de su libertad. Allí comienza esa hermandad entre los Pueblos, cuando unos 150 militares nacidos en la Nueva Granada, formados, estudiados y convertidos en guerreros fueron enviados a las órdenes de Bolívar para apoyar esta gesta libertaria. Pues entonces, esta Villa era un pueblo feliz, porque los pueblos que apoyan la libertad son felices. De mis tiempos recuerdo su crecimiento lento y progresivo, el paso de calles empedradas hermosas a asfaltadas modernas, sin permitir el asfaltado antes que las aguas y cloacas no estuvieran resueltas y así fue. Se embaularon drenajes naturales, y mi pueblo amado llegó a atener más escuelas que bares, luego cambio esta proporción, producto de las influencias de nuevos estilos de diversión. Se rescataron los carnavales y luego de casi 10 años de existencia, el Liceo finalmente llegó a cubrir todos sus espacios con estudiantes, porque fue diseñado para el futuro. En 1968 cuando egresé de bachiller, la infraestructura disponible estaba ocupada solo en un 50 %.

Los inversionistas locales, contando como locales a la la familia japonesa de los Yonekura, hicieron los primeros edificios sólidos, llegamos a tener las oficinas de correo y telégrafo más modernas de Venezuela... y luego se hizo una ciudad industrial, con mucho trabajo, tanto que la mano de obra local no daba abasto y los hermanos colombianos trajeron sus experiencias en confección de zapatos, jeans, ropa de todo tipo, morrales y pare de contar.

De mi pueblo, se llegó a decir, que no existía el contrabando, porque todo fluía de un lado a otro como algo natural. También cuando apresaban a alguien por contrabando se decía que ese término lo inventó la Guardia Nacional. Esa forma de comercializar hizo crecer la economía, por encima de lo que siempre los políticos de ambos países, Colombia y Venezuela, hablaban en sus reuniones sobe Integración Fronteriza. También llegó el negocio del narcotráfico sobre el cual Venezuela no tenía preparación para controlarlo, la experiencia del tráfico fue colombiana de nacimiento. Luego vino el paramilitarismo, también la presencia de las FARC y el ELN de Colombia, mi amado pueblo me resultaba esquivo, se fue tornando violento en su discurso y en su accionar. Hasta mis 25 años de edad solo se supo de tres muertes violentas, luego, en una sola noche 11 jóvenes fueron masacrados jugando futbol, por encargo del paramilitarismo. Se comenzó a pagar vacuna, toda la degradación del capitalismo vecino se vino a mi pueblo, pero mi gente fue resiliente y los equivocados eran otros que llegaban a montar sus negocios sin amor por el pueblo.

Pego un brinco y llego a los acontecimientos del musical, del intento de burlar el resguardo de los puentes etc. todo un bochorno político que sobrepasó la actividad de los responsables de ambos Estados. Desde esa época hasta ahora, casi diez años, el pueblo de mi niñez y juventud se fue convirtiendo, en desolación, tristeza y pobreza. Con esa infraestructura abandonada se podría contribuir a disponer de una balanza comercial equilibrada con Colombia. Pero no ha sido así. Los negocios se hacen desde el gran capital de ambos países, ubicados en centros del poder político y empresarial, por mi pueblo pasan camiones de carga, que no se sabe que llevan o que traen, pero lo único que dejan son las vías destartaladas. Yo, ahora solo voy a los entierros de mis familiares, es como ver también o imaginar a un pueblo que está muriendo junto a sus gentes.

Cualquier propuesta de reactivación de esa frontera entre Venezuela y Colombia, en estos tiempos de campaña electoral por las presidenciales, por la famosa silla de Miraflores motivará el voto para unos u otros. El gobierno lleva a cuestas la casi muerte de mi pueblo, que reconozco como hombre de la izquierda que soy; la oposición lleva a cuestas su irresponsabilidad promoviendo actos contra su país desde Colombia. Todavía, unos y otros pueden rectificar, que allí hay un pueblo deseoso de rescatar su capacidad productiva y comercializadora.

Entre tanto, esa infraestructura productiva puede declarase muerta.



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Miguel Mora Alviárez

Profesor Titular Jubilado de la UNESR, Asesor Agrícola, ex-asesor de la UBV. Durante más de 15 años estuvo encargado de la Cátedra de Geopolítica Alimentaria, en la UNESR.

 mmora170@yahoo.com

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