Una pregunta sin respuesta en los libros de la Tierra

Tristemente, fue imposible celebrar el 22 de abril "Día Mundial de la Tierra", y no fue posible festejar el 23 de abril "Día Mundial del Libro", porque ayer un reguetonero nos robó el iPhone 75, un neonazi nos robó la Playstation 33, y un polígloto nos robó el salmo 109.

Las cámaras de vigilancia en el hotel de Las Vegas, grabaron en altísima definición el iracundo momento del robo, y el video sin editar circula en todas las tridimensionales redes sociales.

Si deseas reproducir el video del robo en Youtube, necesitas descargar la versión estable de Chrome 421, y preferiblemente usar el sistema operativo Windows 150 para equipos de sobremesa, aunque para teléfonos móviles se recomienda utilizar la plataforma de Android 297.

Drogándonos para desmemoriar la amargura del robo, sabemos que hay una amarga interrogante revoloteando en las páginas del Mundo, que no tiene horario de vacaciones ni fecha de asueto en el calendario.

Mientras la tecnología desvirga a la ramera, usted no puede saciar el hambre y calmar la sed de revancha, porque la pobreza que sufren millones de compatriotas latinoamericanos, es un cancerígeno idioma que se verbaliza con el compás de sus zapatos rotos, para no compaginar con el inmerecido pasodoble de nuestra desafinada felicidad.

Alguna vez te has preguntado dónde cagan los vagabundos.

En tu casa no lo creo, porque si tienes el egoísmo de una casa, entonces no vives en la soledad de la calle, y para responder a mi pregunta con plena sinceridad, necesitas ser toda la suciedad de la calle.

Es una suciedad que ronda la mente del esclavo, y no se puede limpiar el espíritu de la injusta realidad, porque la violencia del treinta y uno de diciembre, es la misma violencia del primero de enero.

La colorida euforia de la pirotecnia en el horizonte callejero, no revienta los tímpanos del furioso trueno de la solidaridad, y los días son tan largos para los indeseados hijos de Eva, que el longevo sol se muere arrugado en la nauseabunda oscuridad.

Pero cómo saber si soy un vagabundo. Si ves a un perro de la calle comerse la basura de esa calle, y sientes envidia porque ese cochino perro de la calle, se está comiendo la basura que podría ser tu comida, entonces definitivamente eres un vagabundo.

Yo no deseaba herir tus sentimientos, yo no deseaba empezar de nuevo, yo no deseaba abrir la puerta y embelezarme en la desgracia.

Animal, borracho, traidor. Allí había mucha más basura que conciencia, y un paso en falso era suficiente castigo de madrugada, como para soñar sin el amanecer de los sueños conquistados.

No fui el testigo, no fui la víctima, no fui el protagonista.

A veces la vida pasa tan rápido, que tus ojos no discriminan la marginalidad del infortunio, y terminas sintiendo lo que nadie se atreve a sentir, y terminas mirando lo que nadie se atreve a mirar.

Aquellas fresas silvestres te cayeron muy bien por la retaguardia, pero su punto y final no fue el final de mi historia.

Usted regresó al bendito seminario de la bienaventuranza, para cagar el poquito de miedo que simulaban las mulas. Pero yo regresé a la calle de la amargura con la lengua tan quemada, que no recuerdo si su anécdota fue una maldita falta de respeto, o si el respeto se gana solo con una sotana de suave algodón.

Dígame si las hojillas nacieron para cortar las venas, o si las venas nacieron para ser cortadas por las hojillas.

Querido amigo de los molinos, yo sé que me usaste como águila al viento. Me usaste con total alevosía y soberanía, para hipnotizarme con un osado ombligo de sinsabores.

Fui tu carnaval durante la melancolía vespertina, y predicar el verbo de los dioses con el estómago espiritualmente vacío, te convierte en un miserable adulador de culos, que siempre puede cagar y sonreír al mismo tiempo.

Quisiera verte apaleado por el frío de la indiferencia, quisiera verte atrapado en los recuerdos del pasado, quisiera verte caminar sin rumbo por la hostilidad de la plaza, para que comprendas la diferencia entre el equinoccio y la equivocación.

Yo deseaba alimentarme de tu consagración, pero pasaste de largo y te fuiste por el patio trasero. Te llenaste de orgullo, invocaste a la policía, y adiós al baile de los bailadores, porque mientras regalabas las mentiras del jarabe de palo, yo soñaba con romper el travesaño de tu inmundicia.

Pero el ciego no puede ver, pero el sordo no puede escuchar, pero el mudo no puede hablar. Por eso escribo la demencia, por eso escribo la locura, por eso escribo la verdad.

Te juro que estoy arrepentido de corazón, aunque mi arrepentimiento vale menos que un centavo roto. He allí el dilema que empaña el claroscuro del destino, porque las rosas realmente son las espinas de las rosas, y si amas ver el sol en una lluviosa tarde de marzo, entonces puedes coquetear con las musas de la sacra libertad.

Cuatro paredes no pueden llamarse libertad. Cuidado y llevas años preso en una rutinaria cárcel, y luego piensas que yo soy el hacedor de la mala suerte.

A veces las impresiones engañan a las facultades mentales, y siempre hay buena química en una segunda opinión, para no precipitarnos en el ardiente llanto de la tragedia.

Hay tantas cosas buenas en la vida, y hay tanta cosa mala dentro de mí. Es tan fácil ser la noche, pero es tan difícil ser el resplandor.

Pasan los años, y los miedos no me dejan vivir en paz.

Quisiera estar ahí contigo, pero simplemente no puedo estar allí contigo.

Estoy demasiado contaminado emocionalmente, como para sentarme y agradarte con una cálida sonrisa de benevolencia, mientras mi mente me carcome el cielo y me vomita la desnudez del infierno.

Dormir eternamente hasta morir durmiendo, correr sin parar hasta morir de cansancio, retroceder el tiempo para volver a nacer en el tiempo. Mi depresión es tan patética, que no quiero curarme, porque si me curo, no sabré qué hacer con mi vida.

Estoy acostumbrado a sufrir, y aprendí a condenarme en el sufrimiento. Si intento ser azul cielo, siempre pasa algo que me devuelve el rojo infierno.

Creo que yo soy un hijo del demonio, porque he intentado rehabilitarme, pero no puedo huir de mi propia maldad.

No puedo cagar el origen de mi desconsuelo. Una revelación del luminol que habita en mi oscuro corazón, y te juro que brillará por siempre la sangre del cordero.

Quisiera cenar con ustedes, hablar con ustedes, brindar con ustedes, vivir con ustedes, y sentirme parte de ustedes, pero yo soy la nube negra que destruye la felicidad.

Me siento culpable porque me alejo, pero más culpable me siento cuando me acerco, y el pensamiento del suicidio me dice que yo tengo la solución en mis manos, pero mis dedos necesitan un par de manos para escribir el ruido de la tragedia.

Me cansaré, me dormiré, y volveré a despertar. Otro día de porquería en el mundo del vagabundo. Días que no puedo evitar vivir, días que se van y no vuelven. De fracaso en fracaso, y enfrascado en una crisis existencial que no puedo superar.

Estoy tan triste, tan desesperado, tan humillado. Yo no quiero morir, pero no encuentro una digna razón para vivir.

No quiero secuestrar el cebo de tu ganado, porque los vagabundos no sentimos la codicia del ladrón, pero el sebo que me ofrece el Mundo no me satisface en la vida, y la promesa de vida eterna que me ofrece el pan del paraíso, parece tan lejana que no tendré fuerzas para vivirla.

Otra vez soy el limbo, otra vez soy el laberinto, otra vez soy la pesadilla. No tengo amigos, no tengo enemigos, no tengo nada. Siento que soy la piedra de una arena movediza, y cada día me hundo un poco más en mi propio letargo. Cada día me hundo más, cada día me pierdo más, cada día me marchito más que una flor marchita.

Ni siquiera los gusanos querrán comerme, porque soy carne maldita, soy espíritu envenenado, soy la mala noticia de la vida.

La muerte no me busca, porque estoy muerto. Me siento un hombre confundido, sin sueños, sin futuro, sin esperanza.

Cuando se muera mi madre, me moriré, y estaré feliz por segregar el dolor de mi muerte.

Te pido perdón por mi vileza, pero yo no elegí el martirio del castigo divino, y supongo que merezco recibir tanto castigo, porque soy el dueño de los peores pensamientos que fragua la Humanidad.

Pensamientos que se cagan en el sanitario de una deshumanizada gasolinera, donde el fuego capitalista se defeca con la escatología consumista, y los viajeros no comparten un miserable bocado de sus nuevas aventuras, porque aunque aprovechan la somnolencia de la tienda de abarrotes, no pueden pagar el precio de la mediocridad que impera en sus neuronas.

Pero la cruz del calvario pasará, y yo también pereceré. La enfermedad llegará antes que llegue la vejez, y cuando finalmente tenga ganas de resucitar para vivir la hermosura de la vida, ya no habrá latido en mi corazón para vivir la hermosa vida.

Yo siempre he sido un destiempo, porque en mi vida todo llega antes o todo llega después, pero nada llega en el momento justo.

Dicen que el tiempo de Jehová es perfecto, pero yo soy un imperfecto y hediondo vagabundo.

Yo sé que existen personas justas, pero no conocí a nadie justo. Me hubiera gustado enjuiciar a los injustos y justificar a los justos, pero soy un maloliente prisionero que aprendió a divagar en la derrota, y con cada etílica derrota me sigo acobardando en la absurda supervivencia.

Quisiera saber cuántas veces he gritado el coro, que se melancoliza en la canción "Fall to Pieces" de la banda Velvet Revolver. Supongo que soy más rocanrolero que vagabundo, o tal vez hay un vagabundo en el alma de todo buen rocanrolero.

Pero yo creo que el vagabundo es un enamorado de la calle, que profesionalmente ejercita su carrera todos los días y sin descanso.

Sí, me gusta reconocerlo. Soy un enamorado de la calle. No soy un vagabundo, simplemente soy un enamorado de la calle, que ríe y llora como tú, que vive y se desvive como tú, que apunta y dispara como tú.

Esas dolorosas balas penetran el cuerpo con fatal rapidez, pero son muy difíciles de sacar del alma. Yo llevo muchísimos años baleado en la calle, tiroteado de los pies a la cabeza, fusilado por el chisme del pueblo, y a nadie le importa mi profunda herida abierta.

Me has visto tantas veces en tu casa, que aprendiste a olvidarme por culpa del alto índice de desempleo, aunque nunca te atreviste a mirar los ojos del vagabundo.

Por eso tengo más pólvora que sangre, tengo más cicatrices que lamentos, tengo más sal que el salitre, tengo más esperma que el candelabro, tengo más pasión que el pez.

A veces pienso que el corazón es una maldición, porque los peores sufrimientos se resienten en el corazón. El dolor de corazón es sencillamente insoportable. Una hambrienta anaconda que te enrolla, que te aprisiona, que te asfixia.

Vas muriendo lentamente, y aunque en el sabor de su boca descubriste el secreto de la vida, ya no puedes liberarte de las mentiras que se devoraron tu corazón.

Mientras muero, el Universo se divierte. Él solo piensa en expandirse, mientras su hijo agoniza de rodillas en la cama de hormigón. Las estrellas están muy lejos como para pretender rescatarme, aunque están muchísimo más cerca que la luz de mis padres.

No se nace siendo vagabundo, porque para ser un enamorado de la calle, primero debes caer a pedazos como un vagabundo, para luego enamorarte de las ratas, de las sanguijuelas, de las cucarachas, de los excrementos y de los desamores.

Aquí no hay fe, aquí no hay evangelio, aquí no hay cambio, aquí no hay clemencia, aquí no hay milagro.

Somos adictos a la suciedad de la calle, y nuestro refugio es la libertad de la calle.

Mendigamos un poco de atención a los clásicos rufianes, que huelen más bonito que un costoso perfume de estiércol.

Son las vanas palabras de un barbudo vagabundo, que no consigue sacarte una lágrima de cocodrilo, porque hay mucha maleza en la tierra del pantano, y porque hay poca belleza en las cuatro manchas del tejado.

Nos acostumbramos a sobrevivir en una sociedad plagada de vagabundos, y es normal sentir lástima por la desdicha ajena, pero no es normal ridiculizar nuestra propia desdicha.

Ahora que no soy capaz de confiar en nadie, ahora que no puedo resistir la tentación del acariciado pecado, y ahora que no tengo energías para vengar las vacilaciones, tan solo puedo caminar como un loco peregrino, que camina sin rostro y sin huella por el desierto, esperando que la brisa del mar me siga torturando en casa de tulipanes rojos, que abren sus alas sin temor de volar en la inmensidad de la llanura, mientras yo sigo resignado a escalar el abismo de la más alta montaña.

Las cosas jamás van a cambiar en mi vida, por lo que será mejor vagabundear por las calles de nuestro vecindario, intentando cagar la sabiduría en un rinconcito del huerto abandonado, y sabiendo que el amor se compra y se vende como la mejor ilusión del destino.

Soy tan iluso como una ilusión pasajera, y de vuelta en mi castillo de placeres y castigos, abriré la ventana y reviviré mi fatal odisea.

Voy a cagar sobre mi tumba del cementerio. Una anónima tumba que brilla en la tiniebla de la medianoche, pero que se esconde en el anonimato del vetusto mediodía.

No puedes ver el color de mi lápida. Primero tienes que extirpar el ego de tu vida, y luego comprenderás que la vida es un cementerio de tres vagabundos.

Los vagabundos cagamos sobre las tumbas de aquellos legendarios dioses, porque no hay ser querido que recuerde la vagabundísima vagabundez del vagabundo, y porque todos los nombres y todos sus apellidos, son insignificantes letras que no representan el honor y la majestad de sus huesos.

Huesos que resisten la edad de los huesos, huesos que no rompen el silencio de los más inocentes, huesos que agrandan el peso de un costal de basura.

Creo que soy basura animada, y hasta las ánimas del purgatorio se cuestionan el motivo de mi existencia. Quieren verme pronto en el sótano de sus laureles, pero yo quiero seguir escribiendo desde la ventanita del ático.

He cagado alrededor de los cuatro puntos cardinales, y puedo asegurarte que la vida no tiene sentido de la vida. Es tonto pelear batallas perdidas, pero supongo que la vida es una tontería que todos deseamos ganar, como si fuera el mejor billete de la lotería.

Por eso los árboles nunca duermen, porque no quieren despertar llorando en la madrugada, como aquellos vagabundos que ensombrecen la bellísima sombra del árbol.

Ángeles que se durmieron y terminaron enamorándose de las calles. No pudieron ser la epifanía de la victoria, y ahora cagan como los peores animales del circo.

No cierres los ojos por la noche, cambia la almohada por una áspera pregunta, y no habrá semáforo que ilumine el rostro del vagabundo.

Tan solo habrá una fresa silvestre, tan solo habrá una sotana llena de sangre, y tan solo habrá un crimen sin criminal.



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Carlos Ruperto Fermín

Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo Impreso. Egresado de la Universidad del Zulia en Venezuela.

 carlosfermin123@hotmail.com

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