Juan Guaidó tiene que ser sometido por la fuerza y arrestado

¿Va usted a creer que si un Juan Guaidó insurge en un país como Irán (donde sus dirigentes y cultura no juegan políticamente con medias tintas), autoproclamándose como el nuevo presidente, estaría contando ahora su fantasiosa hazaña? Como dijo en su tiempo el Fiscal General de la República de Venezuela, Ramón Escobar Salóm: "[…] tiene que ser sometido por la fuerza y arrestado […], 12 de abril de 2002, cuando el golpe de Estado de Pedro Carmona Estanga contra Hugo Chávez Frías, refiriéndose al gobernador del Táchira de entonces, Ronald Blanco La Cruz, reacio a reconocer al golpista, presunto presidente de una tal transición.

Pero imagínese a otro país donde se dé la autoproclamación, por ejemplo Arabia Saudita, Israel, Siria, EE.UU., Cuba, Corea del Norte, China, Rusia o Colombia, éste último para no ir tan lejos… En tales, el infortunado habría sufrido desde una horca, pasando por la silla eléctrica, hasta el fusilamiento o descuartizamiento (Colombia es un narco-Estado), ello legítimo y legal, según contexto jurídico de cada Estado. Por supuesto, hablamos de una autoproclamación apadrinada por una significativa potencia como los EE.UU., tendente a defenestrar poderes legítimos y voltearlos a su conveniencia.

Algunos, filosóficos, dirán: como preguntas, te respondes; cada país es un mundo y tiene su modo temperamental o histórico para responder. En Israel priva la Ley del talión, por ejemplo, y Colombia es un narco-Estado; además, no se vive en una aldea global con una ley única para regular comportamientos, no obstante la existencia de argumentos universales como los derechos humanos y políticos.

Otros, ciudadanos del mundo, dirán que la cultura, esa acumulación de saberes y modos en el tránsito del tiempo, determina la vida humana; ergo, en su criterio, es completamente legítima la ablación de clítoris o clitoridectomía en países como Egipto, Etiopía o Indonesia. Es decir, la misma opinión que la del filósofo anterior.

Algunos otros, un poco más estúpidos y opositores, exclamarán que Venezuela, sede de Guaidó, no alcanza condiciones de país como para refutar lo que ordene el padrino, los EE.UU. Si Venezuela es una dictadura o colonia y no está bien a la vista del tío Sam, no habrá cultura ni historia ni leyes que valgan: ¡hay que obedecer al dios ungido! Estos últimos opinantes son los monárquicos, los que se habrían sentado a la derecha del parlamento francés durante las revoluciones de antaño, seres que requieren fuetes, órdenes y mandamases para la existencia, incapaces de autonomía.

Lo cierto del caso es que esta verruga vaginal llamada Juan Guaidó está libre y, aun más, conspirando, al grado que ya recorre los estados venezolanos en medio de una especie de campaña preelectoral 2024, haciendo metástasis con su prédica delictiva. Su modo de extirpación, consecuente o no con el ser venezolano (bochinchero o nihilista), tendría que ir más allá de una temperancia cultural, apegada simplemente a los principios constitucionales vernáculos, que por locales no dejan de participar de lo universal progresista. Su no extirpación golpea al país, lo sitúa como cobarde e insuficiente en su estructura jurídica, suerte de colonia manejada desde el exterior, temerosa de la furia estadounidense, quien puede decidirse por un golpe infalible de Estado o invasión. ¿Qué habrían hecho con este homúnculo político en los mismos EE.UU.? Los que opinen que no hay que detenerlo y manejarlo bajo un criterio político y hasta diplomático (los guantes de seda), más allá del abucheo constitucional, cercenan la patria de los libertadores de América y la retratan como una criatura incompleta. ¡Figúrense: la Venezuela bolivariana en esos trances, sin cojones, indeterminada a dar pasos para su segunda independencia!



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Oscar J. Camero

Escritor e investigador. Estudió Literatura en la UCV. Activista de izquierda. Apasionado por la filosofía, fotografía, viajes, ciudad, salud, música llanera y la investigación documental.

 camero500@hotmail.com      @animalpolis

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