Ahora la cogieron con Samuel Moncada

¡Oh no, my ambassador! Mear fuera del perol. Usted embargado. Usted ser parte del dictador Maduro, por lo tanto: no poder acceder a nuestros productos, ustedes estar infestados de un mal político que acá no tener cura y, no poder comer nuestros helados y, más si ser de chocolate, ustedes no producir cacao, por eso tener que pedirnos cacao -eso ser caca-, nosotros inventar el hielo de los glaciares y, como aislado debe y tiene que andar con guayucos como indio venezolano feo y cuarteado de flojera que es de ese país de la mierda que, además de ser productor de droga, también servir de tránsito, para después drogar a nuestro pueblo de inocencia compostura de rancia y recia filantropía que no querer drogas, sino muchos dólares, no importa cómo lograrlos si sirven para disfrutar las "compensaciones" del capitalismo que en nada es salvaje que, más bien le da mucho vigor al mundo y lo pone a girar a como le dé la gana a nuestro amurallado presidente Trump que, ve el Universo como un negocio en redondo que, para comer, defecar y lucir, nada más nos sirve.

Nosotros ser felices, inmensamente felices, poderosamente felices. Quitamos y ponemos gobiernos sin ponerlos manos arriba y, son corruptos mejor no puede ser -oh, very well-. Ustedes son indios de alma y corazón que nacieron para obedecer y recibir espejitos para que vivan de sus males. Nosotros imperio. Nosotros ser fuertes. Nosotros los resortes que mueve toda América que nos cagamos en su alma y cuando no en su modo de ser que contamina nuestro país, nuestro hermoso país que no vive drogado de miseria y, le mete dólares por los ojos de nuestra ilustre imaginación pensando en pajaritos preñados con actores excelentes -en eso sí- que le dan vida a la personalidad inquietante a Versace que funde al mundo de un machismo desconocido y directores de orquesta que nos place la sublimidad de estar acá entre nosotros. En cambio ese Maduro ser: rencoroso, odioso como un río que quiere correr a sus anchas que pone en peligro nuestras profundas palpitaciones de país liberal de profanas tranquilidades que no fundimos el terrorismo y nuestras armas son la razón del bien pensar y, sólo unos locos se pueden matar entre ellos -acá no ocurre eso-, ponemos a girar a las exterioridades de convivencia en simulacro, en su pleno equilibrio de superioridad y, ¡usted es un don nadie, my ambassador!, que vive en nuestro país de nuestro glamur, somos el país de los sueños tirantes que equilibramos las torpezas de otros y, usted nos quiere remover nuestras entrañas facultativas desde la ONU y, ha pasado la raya amarilla de nuestra confianza al violar nuestro desvelo de país pacificador oportuno.

Usted viola la paz que nos recubre al ser de la camada de Maduro que ven al mundo vestido de rojo, disfrazados de lo que no son y al ser descubiertos sudan de miedo cuando no alborotan la colmena de la desesperación sin contar con la amistad y la buena voluntad de nuestro presidente constitucional que, cambio a Citgo -no por un espejito- sino por el bienestar de su mercadotecnia de popularidad que, cada vez que su público lo requiera se desnuda y enseña sus atrayentes nalgas que lo politizan como un tigre enmascarado y, ése es ambassador la personalidad que persigue nuestro sistema que nace poca veces en la Historia y, Guaidó juega limpio, tan limpio que se que metió a la América Latina en el souvenir de su atracción y lidera su cordialidad como un potro salvaje -¡Dios salve a Guaidó!- que Trump lo sueña despierto roncando de bríos en la Casa Blanca.

Tiempos que se van no vuelven y ahora le correspondió a Samuel Moncada, a quien no conozco, pero si a su señor padre con el que compartí noches de trabajo en el Juan Vicente González, nuestro vigilante de años que nos dio ánimos para escribir y, el viejo Samuel Moncada mejor persona a mi entender, siempre fue una profesor sencillo, de fácil amistad y, como los años siguen y, tras de los años un sentimiento se percata que vale la pena vivir cuando se trata de comprenderla y arrimarse a ella como el fogaje que nos deja la imaginación que nos acompaña que, de cada pedazo de tiempo vivido un despertar nos queda.

A Samuel Moncada quisieron comérselo vivo, querían estropear su entereza de servidor comprometido con Venezuela, defensor de lo humano y, ellos como verdugos que están en todas partes, le molesta que la acción de las ideas de un hombre se subleve con su voz y con su pausa y, la torpeza se ironiza y quema la redes en esa hoguera de estúpidos que comen con la vista y se bañan de la ilusión de ser crueles al querer lastimar a otros con el rencor que los cubre y, se impacientan como ciegos ignorantes que viven trasquilados, fermentando la superioridad de ser cada día más idiotas y, Samuel Moncada ni su hijo se molestaron, ni se fueron a tirar puertas, ni a pagar penitencias a los desertores y torturadores de la paz, sino que, tranquilamente cada uno: helado en mano se fueron al frente de la Casa Blanca y, como el que ve de reojo un marciano en calzoncillo, pasaron varias veces sus lenguas -una y otra vez- por el cono de su helado con tanta fuerza que el puto Trump que, en ese momento dormía y soñaba que era el emperador Calígula despertó, y gritó: mierda, Guaidó me jodió.



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Esteban Rojas


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