María Corina, en Barlovento, el taquititaqui, sonó racista y pitiyanqui

  Eduardo Serrano, el gran maestro cantó:

           “Sabroso que mueve el cuerpo la barloventeña cuando camina

              Sabroso que suena el taquititaqui sobre la mina”.

            En las fiestas de San Juan, la barloventeña, en su tierra “de la folía y del tambor”  baila sin cansarse, mueve las caderas al son del taquititaqui sobre la mina, el sudor invade todo su cuerpo, mientras el mozo que le acompaña o sirve de pareja danza con energía a su alrededor. Los observadores, formando rueda, también bailan, cantan y aplauden con alegría. Así es Barlovento, “tierra ardiente y del tambor”.   

               -“Váyase usted al carajo”.

              Así registra la prensa que increpó Elías Juau, candidato a diputado por el Estado Miranda, con muchos cargos ocupados en el gobierno, incluyendo el de Canciller, donde se demanda mucha “sangre fría”, buenos modales y capacidad para golpear verbalmente sin dejar chichones, a María Corina Machado porque esta dijo, sin sutileza alguna, gesto impropio de una dama, “Ya Barlovento no es la tierra de ardiente y del tambor, sino de malandros”.

            Si no hay coherencia entre la apariencia de los personajes y las palabras, si la hay entre lo dicho y el origen clasista de quienes hablaron.

            Barlovento fue la región  donde los esclavos les trabajaron las haciendas a los mantuanos caraqueños. Café y cacao, productos que movieron con fuerza la economía nacional hasta que el petróleo brotó del vientre de la tierra, en gran medida salían de allí de Barlovento. El amo que vivía en Caracas y sus alrededores, pese a que acumulaba riqueza intensamente a expensas de aquella gente arrancada de África, le tenía como simples animales sujetos al cepo, los grillos y el desprecio. Para el amo, todo lo relacionado con el esclavo eran rochelas, jolgorios sus ratos de ocio, diversión; dignos de condena y malditas sus prácticas religiosas donde lo pagano y lo divino se fundían en la magia del encuentro con esta parte del mundo y la cultura primigenia en ella depositada ancestralmente.

            María Corina proviene de aquellas “Águilas Chulas” de las cuales habló Herrera Luque, en su novelística donde la ficción y la realidad histórica se mezclan muy sutilmente, en un ir y venir como velos que se entrecruzan, que fueron personajes, casi una clase social por su abundancia y cultura, que llegaron al país sin fortuna ni disposición para el trabajo creador pero se casaron con las hijas de los propietarios y terminaron siendo la clase parasitaria que entonces y ahora compra para vender y acumular inmensas fortunas. Esa clase, desde el principio, formó a sus hijos en la creencia de los antiguos propietarios y la de ellos mismos, que los esclavos y trabajadores eran maleantes y, en cambio, la vileza del esclavismo, el tráfico infamante y la ganancia fácil por ellos practicados virtuosos.

            ¿Por qué extrañarse que una dama como ella, proveniente de una familia caraqueña acomodada, de aquel origen, vea en la gente barloventeña de ahora la esencia del malandraje? ¿Si siempre ha sido así, porqué incomodarse, sorprenderse ahora que María Corina lo diga a todo gañote y puesta su faz de doña dañera como Barbarita, el siniestro personaje del maestro Gallegos?

            Hay coherencia pues en la ascendencia, herencia cultural y clasista de María Corina y esa apreciación que tiene y expresó sin ambages sobre el pueblo barloventeño.

            ¿Acaso olvidamos ya que la señora Machado, una supuesta dama de la “alta” caraqueña, del este, de donde según prevalece el buen gusto y el refinamiento, al encontrarse de frente con el arañero, el veguero, el carajito campesino de Sabaneta, no tuvo otra salida más ingeniosa e inteligente que llamarle ladrón, poniendo cara de patrona y toda la fuerza que el odio le inspira, mientras el agredido, el tropero, se mostraba sonriente y respetuoso con quien creyó una dama? En este caso el tropero no le brindó su capa para protegerla de la mugre sino que le puso la otra mejilla.

           Si nos apegamos a las viejas formalidades, aquello parecía como decían nuestros viejos “un acabose de mundo”, los venados corriendo tras los perros o los caballos tras las carretas. La dama de alta alcurnia y cuna de seda hacía de vulgar palafrenero, descargador de muelle y el zambo comandante de tropa gentil y caballero como el de la triste figura. Él, cual Don Francisco Quijano y ella, como la ruda fontanera.

            La muy vieja cultura nuestra, no sé si por lo machista, por el cómo las mujeres bellas, atractivas o deseadas le meten las cabras en el corral al más genuino Palomino Vergara, aquel personaje “machote” de Joselo Díaz, o la cultura llegada de Europa que enseñaba a cualquiera que presumiera de caballero poner su capa en el suelo para que la dama en  tránsito no se ensuciase los zapatos, nos inculcó la frase a “las damas ni con el pétalo de una rosa”.

             Pero no. María Corina es de otra estirpe, con ella no se puede. Aquella vez en el congreso, el presidente hizo de caballero mandándole un mensaje que ella mal interpretó. O mejor, respondió a la forma como le enseñaron en su casa y en su clase. Ha estado habituada a mandar y no hay en ella esa incómoda costumbre de pedir perdón, decir por favor, le sugiero. No ella no sabe de eso. Lo suyo es ordenar y al carajo con los faroles. Además, aquel Chávez Frías, no era más que un esclavo de hacienda, un zambo, vestido de personaje importante, lo que a ella sugería un impostor, un malandro.

            Por eso, cuando llegó a Barlovento en busca de los votos, no sé si para ella o para sus amigos, pienso por lo que es, en lo primero, sintió que estaba en el mismo espacio donde los suyos mandaron con el hierro, la azada, el látigo del capataz y el muévanse, levántense coños de madre y largo aquello de malandros.

            Elías Jaua es candidato a diputado, un caballero, persona pasible y poco dada a alzar la voz, lo que le distingue de algunos dirigentes del chavismo; pareciera en veces hasta tímido, pero pese todo eso, al ver a la esclavista de antaño, hija de aquellas “Águilas Chulas”, hablarle a su gente, aquella de la tierra “ardiente y el tambor”, de manera tan soez, se le salió aquello y fue distinto al Caballero Andante que confundió a la vulgar fontanera con una gentil y bella dama y al “Soñador de Sabaneta” que perseguía mariposas y pensaba en la bondad y la belleza, que era él mismo la bondad y la tolerancia personificadas.

            Elías pues no se confundió y pudo percibir lo soez de la fontanera que se coló hasta el palacio elíptico a increpar al presidente.

            Por todo eso, Elías Juau, perdió la paciencia, cordialidad y gentileza. No vio a la dama porque no estaba; o por esas cosas cambiantes de las cuales el Quijote hubo de enfrentar, como las mutaciones del maligno, si vio el ex canciller la verdad de lo que enfrentaba, una figura horripilante, al pitiyanqui blasfemando, al general Kelly amenazando y por eso dijo, tal como exactamente decimos en Cumaná:

           -“Váyase usted mucho al carajo”.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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