“El sueño americano” se enriquece teniendo un hijo allá

Desde hace muchos años, quizás más que todo de los tiempos de la post guerra, aunque según fue formulado a comienzos de la tercera década del siglo XX,  “the american dream” o sueño americano, se convirtió en la panacea de miles y hasta millones de jóvenes del mundo entero que han creído que viajar a Estados Unidos, llegar allí, aunque medien todas las dificultades, privaciones y hasta humillaciones, en fin de cuentas, necesariamente al final hallarán todo lo necesario para alcanzar una vida feliz. ¡Cómo en un cuento de hadas! Como el marinero que después de enfrentar huracanes, olas enormes que amenazan engullirle con barcaza y todo, monstruos marinos  indescriptibles, consigue llegar sano y salvo a la isla de Jauja donde de nada se carece y la felicidad cunde por todos lados y rincones. Tanto embarga esta que uno termina poseyéndola aunque no le apetezca.

             Pese a aquellas historias recogidas por la literatura pero correspondientes a la vida real de incontables jóvenes procedentes de Europa, como aquellos italianos que contribuyeron a convertir el primero de mayo en una fecha heroica o los centroamericanos que todavía a diario emprenden la hazaña de llegar más allá de la frontera con México, en las cuales la cruel represión, fracaso, pobreza y frustración son determinantes, aun así la corriente continúa, como las tortugas que recién salidas del huevo, en una playa previamente escogida por sus madres para el desove, se lanzan al mar con sus escasas fuerzas hacia un rumbo y espacio previamente establecidos, quizás por su determinación genética,  y de los cuales muy pocas, las más aptas, apenas llegarán.

            Quienes hablaron del “american dream”, con posterioridad a la gran crisis de 1929, lo hicieron sobre la base de la recuperación, del reimpulso del capitalismo y la oportunidad que se abría en Estados Unidos a los jóvenes del mundo deprimido antes y después de la II guerra. Se habló entonces de oportunidad para quienes pudieran supuestamente competir, “dentro de un ambiente sin restricciones de orden social, racial y económico”. La gran oportunidad de enriquecerse trabajando. Una carrera ancestral donde muchos marcan la partida y apenas una insignificancia llega a la meta ofrecida porque las leyes del sistema así lo determinan. Pero allí ha estado la oferta, tentadora, aderezada con sabor de facilismo y hacia ella se lanzan con entusiasmo quienes en sus países al ver dificultades, en lugar de optar por vencerlas, lo hacen por aquel espacio donde creen de ellas nada habrá, sino riquezas por doquier para agarrar con gula. Entre lo fácil y lo difícil los más débiles y ambiciosos no tienen dudas.

            La realidad pudiera ser otra. Pese a que quienes manejan las manijas de la vida de EEUU y en buena medida del mundo, en un instante de descreimiento, no habiendo podido reducir los enfrentamientos raciales, pese las luchas por los derechos civiles y verse obligado el “establishment” a hacer concesiones, apelaron a la pantomima de escoger a un hombre afroamericano, hijo de extranjero y nacido entonces en territorio no estadounidense, de presidente, como para compartir las culpas. Es decir, que las víctimas por la intermediación del personaje se convirtiesen en victimarios de sí mismas. A la gente de aquellos pueblos a los cuales siempre han creído inferiores como asiáticos, hindúes, africanos, musulmanes, latinoamericanos y caribeños, no han sido capaces de garantizarles los “derechos” del “americano dream”, salvo a un pequeño universo, tanto que todavía, a los propios llamados afroamericanos abalean sin piedad, ni respeto por las leyes divinas y las del hombre. Se les trata así porque se les tiene como indignos, pese a que, es frecuente, muchos de ellos hasta tuvieron ascendientes entre los guerreros por la independencia. La mayoría de los provenientes de esos pueblos “indignos”, entre los cuales están los latinoamericanos, llegan a la competencia sin igualdad ninguna. En la generalidad de los casos, pese sus credenciales, se les toma para los oficios insignificantes, poco remunerados, aquellos que ningún nacional, menos anglosajón, aceptaría.

            La incompetencia de las clases dominantes en los llamados países del tercer mundo para implementar proyectos liberadores, pertinentes para salir de la pobreza estimula el éxodo. Con el agravante que se llenan de la idea que la causa de aquello no es la que hemos mencionado, además de los mecanismos de dominación imperialistas, sino lo es él mismo, como integrante del pueblo todo, sufrido y marginado.

            Debemos recordar como un hecho curioso que los gobernantes de la IV república, enviaban sus hijos a vivir y hasta estudiar en EEUU “porque este país es una mierda”. Eso decían de la “mierda” que ellos administraban, construían y embadurnaban.

            Entonces, cuando meditan, creyéndolo hacer con profundidad y certeza dicen cosas como estas:

           “¡Este país donde ahora estoy es una maravilla, aquello donde nací es una basura!”, o

          “Me voy de esta vaina porque aquí nada sirve. Allá tendré más oportunidades y lo que es más, mejor educación y mis hijos también las tendrán”.

          Por supuesto, nunca faltará el “tonto” que describa su espacio como anquilosado, decrépito y hundido en crisis, pero pensará que su destino es luchar para que eso cambie.

          De un tiempo para acá, como los blancos anglosajones, hicieron su jugada de hacer de Obama presidente para que los afroamericanos compartiesen con ellos las culpas, por lo menos los venezolanos que uno sepa, están haciendo la suya contra el rigor de la política inmigratoria de EEUU. Jóvenes parejas planean su “escape” a su isla de Jauja, pero se llevan un feto en el vientre. Todo se calcula para que nazca en una fecha determinada. Es el complemento del consabido “american dream”, tener un hijo allá nacido. ¡Qué orgullo! Ya no será el suyo un carajito niche venezolano no nacido en gringolandia, sino uno con la nacionalidad, como la que ostenta un anglosajón allá nacido.  Una carta que diga este niño, pese a que se piense lo contrario, es norteamericano. ¿A mí su padre qué le van a tirar?

            Se van así para que nazca allá porque de paso tendrá el muchachito “mejor educación”. Cantará aquel bello himno y no esa ramplonería de “Gloria al bravo pueblo”, tendrá de héroe y padre de la patria al granjero, corto de entendimiento George Washington y no a ese tercermundista, líder de pacotilla llamado Simón Bolívar. Aprenderá a querer a EEUU, país de la justicia, amante de la paz, respetuoso de la vida y la condición racial y mirar con desconfianza, dejo de desprecio merecido a los idos de acá abajo, y los que acá abajo vivimos, menos a sus padres; y de vaina.

           Claro, tener un hijo gringo, una vaina que ya uno no puede ser, pues apenas portándose muy bien, pudieran llegar a nacionalizados que no es la misma cosa. Pero eso sí, ese hijo, no sólo les garantiza más derechos y mejor puesto en la salida por la competencia y quizás si se portan bien, cosa que nunca han podido hacer aquí, porque esto es una mierda que no vale la pena, la carta de nacionalidad llegará más pronto.

          El pasaporte o la cédula  venezolanos, se guardan en un baúl escondido en el desván o ático, con las vainas viejas, como se ocultan las lacras y si tienen que volver a Venezuela, porque pudiera haber razones para ello, abrirán con asco esos baúles.

          Aquí nunca prestaron el servicio militar, siempre tuvieron la forma de evadirlo, porque ese suelen cumplirlo los más ¨pendejos”; su hijo no se salvará de eso y lo que es peor, le usarán, sobre todo por su origen latino, para ponerle en las primeras líneas, como carne de cañón, en cuanta guerra injusta “su” país emprenda; quizás hasta contra el mismo donde nacieron sus padres.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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