No soy homofóbico, pero tampoco gay. Creo en una sociedad con exclusión

Decir que lo humano no está atiborrado de mitos, de invenciones malsanas, de realidades esculpidas orgullosamente en nuestras mentes desde que somos niños y niñas por unos seres privilegiados que son nuestros padres (fragmentos de un discurso que luego conformarán nuestro oscuro e imperioso inconsciente), en primer término, y luego por la sociedad que también modelara a nuestros padres, sería despreciar una verdad esencial.

Hace poco leí unas curiosas declaraciones del ciudadano Capriles, donde afirmaba todo lo contrario a lo que delimita el epígrafe; es decir, que no era homosexual, pero tampoco homofóbico y que creía en una sociedad sin exclusión. “Si fuera homosexual lo diría. No me siento aludido”, fue una de sus afirmaciones a una cadena internacional de noticias estadounidense, harto “homofóbica”, quizás pensando que Venezuela es revolucionariamente homosexual… “Yo soy una persona que respeta las minorías. Creo en una sociedad sin exclusión. Soy un defensor de los derechos. De los que puedan ser homosexuales, lesbianas, etcétera”. Que su visión ideológica es de izquierda también afirmó el ciudadano Capriles, quien me resulta particularmente contradictorio por cuanto él sólo respeta la minoría que presuntamente lo respalda, pero desconoce (con dureza de “homofóbico”, porque dentro de ella hay gays que pudieron morir baleados) la mayoría que lo rechaza, y no precisamente por homofóbica. Así pues que, el ciudadano Capriles no sé en base a qué extraña convicción democrática respeta la minoría, en desmedro agresivo de la mayoría… Incluso la irrespeta de manera tal, que al perder invitó de inmediato a su minoría a que saliera a la calle para que descargara, contra la mayoría una arrechera, que a todos destellos lucía “homofóbica” además de criminal. Una verdad objetiva, independientemente de ser o no homofóbico. Pero me causó curiosidad que dijera que si fuera homosexual lo admitiera, y que, por tal razón no se siente aludido, cuando dicen que es. ¿Pero será esto verdad? Y la duda nace por la sencilla razón de que siendo un convicto neo fascista neoliberal, sin embargo significa (no es que lo diga), que es revolucionario. Entonces, ¿no es aplicable esta estructura mental a ambos escenarios, donde uno de ellos resulta manifiestamente falso? Porque, además dice que respeta los derechos de los que “puedan” ser homosexuales, sin aclarar sobre los que ya son... Aquí pudiera operar la hipótesis de que los que son han sido, pero que, los que serán por supuesto que también tuvieron que ser... ¿O no? Es decir, el ciudadano Capriles con su particular razonamiento da a entender que ser gay es un asunto de decisión. Una opción… ¿Una puerta abierta? Pero pudiera decirse lo mismo de la condición de revolucionario como una simple decisión; como una opción. Indudablemente que el ciudadano Capriles ya se declaró formalmente revolucionario. Esperemos a ver, si se declara lo otro.

Pero a propósito de la homofobia. El, o la homosexual, ¿nace o se hace? ¿Depende la homosexualidad de una responsabilidad individual? ¿Se sabe lo suficiente acerca de las causas de la homosexualidad para que pudiera afirmarse que hay una respuesta científica a ella? ¿Es la homosexualidad una opción libremente elegida que incluso puede ser rectificada? ¿Es la homosexualidad genética; innata? ¿Son los niveles hormonales los agentes responsables de la orientación sexual? ¿Depende la homosexualidad del tamaño de un área del hipotálamo? ¿Tiene la homosexualidad un origen psicoanalítico, o conductual en el hombre, que es sobre quien más se estudia?

Y desde el punto de vista psicosocial, qué masculino pudiera decir con absoluta honestidad que no ha sido formado homofóbicamente. ¿Es qué en la inmensa cantidad de los casos, sus verdades de identidad sexual -subsiguientes premisas de su vida- acaso no se formaron por inspiradores comentarios familiares y extra familiares hechos en la mismísima pata del moisés?: “¡Ay, qué bello el pipí de mi nieto”, que al mes de nacido se copiaba de la abuela materna al notarse que el bebé se reía con inusitada alegría al registrarlo en su insipiente conciencia. O cuando el papá le decía a sus amigos, presuntuosamente: ¡Coño, ese muchacho salió a mí en la carga! Y dígame cuando llegaban las tías rocheleras, con sus amiguitas, no menos, y le preguntan al bebé, ñongamente: ¿Para quién es ese pipí tan bello, nené? Contestando la mamá por allá, no sin algo de exaltación: ¿Y para quiénes va a ser, pues? ¡Para las muchachas! ¿Verdad, papi? Escuchándose un concierto de risas en diversos y rítmicos tonos. Y el bebé riéndose y abanicando los brazos con deleite, cuando registraba lo prospectivo de tales comentarios. O sea, la conclusión es que uno se levantó con la muy firme convicción de que el pipí es ineludiblemente para las muchachas. Porque se generaba tanto revuelo, tanta ceremonia en torno a él, que en una oportunidad le escuché a una madre una expresión que me causó mucha gracia: ¿Verdad que el pipi de mi hijo parece italiano? ¡Y vaya usted a saber por qué. Pareciera por tanto, que cuando nace un varón, lo que ciertamente nace es un pipí; o mejor, un falo. ¿Y para quiénes es ese pipí, pues? Fijémonos, por tanto, con la primera certeza con la que tal vez nace un varón que se respete. Entonces, ¿no resulta psicológica y culturalmente ilógico, para un varón formado así, ver a otro con un pipí que no decida, con franca convicción, ofrendarlo única y exclusivamente a las muchachas? ¿Resultaría propio de malvado ver eso como raro y hasta anormal, y que por tanto, en principio se rechace? ¿Y no sería incluso más justificable, si viera que ese otro pretende que tu pipí lo orientes absurdamente hacia él? No hay duda que este prejuicio resulta harto peñascoso. DRAE: “Prejuicio. m. Acción y efecto de prejuzgar. || 2. Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”. Porque, ¿cómo se define en principio la homofobia? Veamos de nuevo el DRAE: “Homofobia. (Del ingl. homophobia). f. Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales”. Un adjetivo entonces conforma su única premisa semántica: que la aversión (el rechazo o repugnancia), sea obsesiva. “Obsesión. (Del lat. obsessĭo, -ōnis, asedio). f. Perturbación anímica producida por una idea fija. || 2. Idea que con tenaz persistencia asalta la mente”. ¿Resulta fácil entonces toparse en la vida con un hombre averso obsesivamente hacia los homosexuales? Tal razonamiento me hace concluir, que con respecto al impacto del término homofobia, pudiera haber cierto aspaviento. Incluso descarto que la humanidad sea homofóbica, salvo ciertos grupos obsesivos con la pureza conceptual de la especie humana. Es más, pudiera resultar que un hombre que se considere homosexual y que además haya dado muestras indubitables de esa condición, y que sin embargo, no se declare abiertamente, pudiera resultar homofóbico contra sí mismo, lo cual sería el colmo de la homofobia. Y creo recordar, en tal orden de ideas, que el pensador francés de izquierda, Michel Foucault, casi llega a consumar el suicidio por depresión debida a su homosexualidad. Por negarse, quizás a reconocer o aceptar su condición homosexual. Y, sobre si son o no excluidos incluso como minoría, volvamos al DRAE: “Excluir. (Del lat. excludĕre). tr. Quitar a alguien o algo del lugar que ocupaba. Excluir a alguien de una junta o comunidad. Excluir una partida de la cuenta. || 2. Descartar, rechazar o negar la posibilidad de algo. Los datos excluyen una hipótesis contraria a ellos. || 3. prnl. Dicho de dos cosas: Ser incompatibles. MORF. conjug. c. construir. Entonces, ¿son excluidos positivamente los homosexuales, o ellos se auto excluyen? Habría que determinar eso con precisión, inclusive, para descartar el aspaviento.

En tal sentido no deja aún de impresionarme, por lo calamitosa que fue, la vida de Oscar Wilde (del socialista utópico, como lo calificara George Orwell en algunas breves notas), brillante joven irlandés egresado del Magdalen College de Oxford, mención Summa Cun Laude en Bachelor of Arts e hijo de una exitosa escritora nacionalista de la causa irlandesa y de un sensitivo médico otorrinolaringólogo que dirigía un dispensario en Dublin que atendía indigentes, y que también escribiera sobre temas arqueológicos y de folclore. De allí pues que, lo de escritor podía ser en Wilde genético, quedándome la duda sobre su homosexualidad, aparentemente sobrevenida y escandalosa, por haberse manifestado en época victoriana, de marcados valores puritanos donde se le daba extrema importancia a la moral y a la fe, con rígidos prejuicios y severos vetos. Porque, es que luego de graduarse y de haber regresado a Dublín, Wilde se enamoró a los 23 años perdidamente de una mujer que lo rechazó por otro, despecho que lo impulso a dejar Irlanda permanentemente. En Londres conocería a una hija de un consejero de la reina Victoria, a quien luego de una conferencia que diera, le pediría matrimonio para terminar casándose en 1884, a la edad de 29 años. La pareja tuvo dos hijos. Y no habría que dejar pasar por alto que, las 250 libras de dote de su mujer, les permitirían vivir con bastante holgura.

Pero, ¿qué pudo haber pasado para que, en 1895, en el esplendor de su carrera su vida tan normal de hombre hasta entonces diera un giro tan drástico para terminar en unos amores homosexuales con un díscolo joven de nombre Lord Alfred Douglas, quizás mejor conocido como Bosie, que incluso lo llevara a la cárcel donde le escribiera una dramática carta que se conoce como De Profundis? (Acto mediante el cual se reza el salmo 130 de la Biblia, un salmo penitencial: “De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo. Señor, oye mi voz; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica”). En dicha carta no sólo con mucha belleza literaria, sino con un dramatismo que conmueve, Oscar Wilde le recrimina a su amante todo lo que una mujer, enajenada a un indigno amor, pudiera reprocharle a su amante egoísta, desagradecido, desnaturalizado. Y olvidaba que un estrecho amigo suyo, Andre Gide, poeta francés Premio Nobel de Literatura en 1947, también homosexual y comunista breve, igualmente casado y con hija en dos matrimonios (el primero de ellos, con una prima que no llegara a consumarse), le escribió una no menos conmovedora carta a Wilde sobre su De profundis, donde le dice cosas como las siguientes: “En el proceso nunca fingió ante el tribunal, habló desde su realidad, y no desde la realidad de los heterosexuales”. “Una noche me confió que había puesto su genio en la vida y solo su talento en sus obras”. “Recuerdo el paseo por uno de los barrios más feos de la ciudad. Ahí, donde estaba aquel hotel, una casa de doble entrada donde nos esperaban los dos adolescentes. Esa noche descubrimos mutuamente nuestras vidas, aquella parte de las raras costumbres”. “Pocas son las civilizaciones donde se admite la homosexualidad. A diferencia de la Gran Bretaña, el Código Napoleónico no tiene ninguna norma que reprima la pederastia. En nuestra cultura hay una repugnancia instintiva hacia la homosexualidad. La sociedad nos obliga a mantener una actitud hipócrita con relación a nuestras costumbres, de lo contrario somos criminalizados. Cuando se sospecha de alguno de nosotros se prefiere ignorar. Fingir, prestarse al juego hipócrita. También reconozco que el rechazo social está vinculado a la acusación de pervertir a otros. Todas nuestras faltas son juzgadas con una injusta severidad”.

¿Pudiera explicarnos entonces algún camarada homosexual, qué pudo haberle pasado tanto a Oscar Wilde, como a Andre Gide, incluso, en base a su propia experiencia? Y también si considera que pervierte a otros, como quizás considera Gide que, con Wilde hiciera con aquellos dos adolescentes “bellos” en aquel hotel de unos de los barrios más feos de Argel, estando ausente lord Douglas, que por cierto aquella noche fue traicionado. Por cierto recuerdo haber leído un cuento intitulado Barricada, ganador de un concurso literario patrocinado por la clínica Metropolitana, cuya autora es Delia Arismendi, que toca sin ningún miramiento el tema sexo diverso (en su caso, el de un transexual) bien escrito, aunque el lenguaje que lo tejiera fuera de una quizás extravagante explicitud. Yo le preguntaría a mis camaradas sexo diversos, ¿lo que se relata allí es ficción, o es acaso un día a día? Y a propósito: los invito a expresarse, a escribir sus experiencias en medio de una Revolución humanista, que sabe apreciar la condición humana en sus diferentes y variadas dimensiones de la experiencia individual y colectiva. Anímense. Queremos conocer más el alma de un sexo diverso, porque no dejó muy bien parado en nuestro ánimo los videos proyectados en la Asamblea Nacional. Ah, y fíjense cómo comienza el cuento: “De por sí ya la vida es jodida, mi gordo, pero si eres un maricón puteándose en las calles con la mierda de hombres que le toca a diario, la cosa se pone peor”. Y como termina: “Y no se puede hacer nada, porque el amor no escoge dolientes, ¿verdad? Ay, anota eso también, papi, que me quedó bello, “el amor no escoge dolientes”… Determinante, ¿no?

Además manifestó a CNN, el ciudadao Capriles, su deseo de tener una familia: “Quiero tener mis hijos, pero he dedicado mi vida a servir a los demás ¿En qué tiempo me caso? ¿Qué mujer se cala que yo trabaje de lunes a lunes?, se preguntó.

“Mi vida está tan volcada a lo que hago, que lo personal ha quedado a un lado y así lo asumo”, finalizó.

Por eso es que contrario al ciudadano Capriles, no soy homofóbico, pero tampoco gay. Y sí creo en una sociedad venezolana que excluya algunas cosas, como por ejemplo: la estulticia y la farsantería.


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Raúl Betancourt López


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