La mentira como arma de destrucción masiva

“Con capa de letrado

anda mucho asno disfrazado”

 Pierre Beaumarchais


“Una cosa es creer en la electricidad o en

la energía nuclear y otra muy distinta

es creer en creer en la Virgen María”

 Fernando Savater

Aunque a muchas personas les cuesta mentir, para otras es algo así como un juego de mesa o un deporte. Los pensadores de un ayer lejano les parecía un vicio terrible, un pecado que hasta hecho por humildad como pensaba San Agustín, por una persona inocente u honesta, lo convertía en pecador; otros decía que además de un vicio del alma, era una cobardía, i en los Salmos de la Biblia no se salva nadie, puesto que asienta dogmáticamente que todo hombre es mentiroso, salmo hecho realidad en la actual oposición venezolana. Sería larga la lista de los filósofos, escritores, poetas i hombres notables intelectualmente que no condenaran la mentira, hasta que primero apareció Voltaire, el genial Francisco María Arouet diciendo que “la mentira es un vicio cuando con ella se causa un mal; i es una gran virtud cuando causa un bien” i más adelante cuando Oscar Wilde, apuntando que “mentir bellamente es un arte” con lo cual el “pecado agustiniano” se fue haciendo cada vez más inocuo (pecado venial), la iglesia lo adoptó sin considerarlo pecado i hasta en medicina introdujeron lo que algunos llaman una mentira piadosa. Por eso el Imperio Vaticano i los políticos oligárquicos, de los cogollos, cúpulas i gobiernos aparentemente democráticos como el de los Estados Unidos, mienten siempre, i como pecado mortal, tal las mentiras para invadir a Irak.

Por eso, hoi en día, pocas personalidades pueden decir lo que expresa Savater: “Quizá mi indignación soterrada proviene del asco ante la mentira, que siento con anticuad intensidad”, agregando que no ignora lo endémico de esta dolencia de la humanidad. I mezclando aquí un poco más de seriedad filosófica en medio de un artículo que llama al humor, repito con Savater: Los seres humanos mentimos con la misma naturalidad con que respiramos. Mentimos para ocultar nuestras inseguridades, para hacer que otros se sientan mejor, para sentirnos mejor nosotros mismo, para que nos quiera la gente, para proteger los niños, para librarnos del peligro, para encubrir nuestras fechorías o por pura diversión. La mentira es un auténtico universal: se practica con destreza en el mundo entero. Aún así, la mentira no sólo me repugna, sino que también me asusta”. Como vemos, en parte tienen razón Voltaire i Wilde; pero en verdad la mentira debe ser evitada hasta para cosas triviales o de engañoso bien, aunque eso no se les puede pedir a quienes no conocen la ética, se olvidan de los demás i los consume el egoísmo. Por eso hacen el ridículo i hasta pueden hacer reír.

Esta idea me llevó a repasar un corto trozo de buen humor, de mi admirado tocayo Roberto Malaver, a quien su suegra critica porque dice posiblemente que él tiene un “mal ver” de la situación revolucionaria del país, pese a la cercanía al otro Roberto Hernández Montoya, con su computadora mejor configurada i dotada que la indestructible del guerrillero R. Reyes i los hermosos consejos llenos de belleza por todos lados de Cyntia Machado Zuloaga. El escrito de Malaver es el titulado El vendedor de rumores, donde un entrevistado en el programa que siempre cierra Enrique Mendoza -“tan asqueado de la mentira” como Savater- tiene una capucha para conservar el anonimato i que nunca se sepa de donde provienen los rumores que obviamente son mentiras; rechazando el encapuchado que no se trata de un propagador de rumores sino un vendedor de rumores, puesto que la gente adinerada los compra i pagan espléndidamente. Esto está en el libro Contragolpe del Humor.

 Este personaje pertenece a la ASOCIACIÓN DE RUMORISTAS NACIONALES, donde ni ellos mismos se conocen pues asisten encapuchados. El entrevistado explica i pone ejemplo de cómo se riegan los rumores de un golpe, i otros similares, aunque admite que hai algunos que no prosperan nada porque la gente se niega a admitirlos; como cuando trataron de expandir el rumor de que, Carlos Ortega, el hombre del bigote jugando bingo, era un hombre honrado i trabajador, cosa que sucedió con otros como con Ledezma. De modo, pues, que sin creer en San Agustín, ni en la iglesia ni en el Pentágono, ni tampoco en la noción de “pecado” que Russell consideraba la peor de toda la historia, debemos rechazar los rumores i las mentiras, tal como las que actualmente se tejen alrededor de la figura del Alcalde-Gobernador de Maracaibo-Zulia, los disparates acomodados de los juristas opositores, sobre la descentralización i los retos absurdos. Creo que hace mucho tiempo, los de la Asociación Rumoristas Nacionales, se han quitado las capuchas; mienten descaradamente o con la cara mui ruiseña o arrecha. “Con capa de letrado, anda mucho asno disfrazado”. Por eso la mentira, es un arma de destrucción masiva i está en los medios de comunicación social, sin ética i sin patriotismo.


robertojjm@hotmail.com

 

 

 




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Roberto Jiménez Maggiolo


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