A Maduro, periodistas, trancaron el serrucho. ¡Sin habla!

Político que no hable y largo, no tiene vida. Entre nosotros los venezolanos, para no meternos con otra gente, cada quien en lo suyo, creemos que el político debe saber de todo y bastante. Y lo más curioso y hasta peligroso, es que el político de eso está convencido. Ante nada calla o "pasa agachao", y cuando sobre algo le preguntan se guinda y habla de lo que sabe y no. No importa que quienes conocen del asunto lo califiquen como un disparatero, hablachento, discurseador de medio peso que confunde una cosa con otra. De esos, en Venezuela, ha habido y hay una fauna completa. Por ahora, basta con pocos ejemplos, Rosales, Capriles, Guanipa, estos de la oposición, porque en el gobierno, si bien hay muchos y muchas, lo habitual, asuntos de escuela y unidad, es que el presidente hable por todos.

Que un político de esos, siempre "preocupado por llegar a las masas", piense y se atreva a decir como Sócrates "Sólo sé que no sé nada", es especie que por estos lados no se da. El "líder" cree que debe tener todas las respuestas a mano y ellos de eso, a la multitud han convencido, por eso aquél, no calla ante nada, pospone respuestas o se remite a quienes de cada asunto particular si conocen por aquello de "es su especialidad"; no, eso sería perder credibilidad y prestigio. ¿Qué alguien sepa más que él? ¡Zape! La humildad para nada le vale. Cuando mucho, si es de verdad un líder relancino, eso hacía con frecuencia Betancourt, se vale de alguna artimaña para en un intermedio indagar con alguien conocedor que le sople rapidito y no dejar sin respuesta alguna interrogante.

Nicolás Maduro no se sale de ese molde elaborado o personaje de la política venezolana y hasta de la picaresca criolla. Se empeña en mostrar que "se las sabe todas" y de todo. Es experto en economía, historia nacional, de lo inexistente y ¡vaya usted a saber de cuánto sabe! Discursea sin medir con exactitud lo qué dice y menos preocuparle entre tanta gente que le escucha haya no uno sino muchos, agarrándole gazapos o inexactitudes. Es poco dado a abordar cada asunto con el cuidado de quien sabe que no sabe o poco sabe y debe decir lo menos posible para no entrar "en pozo hondo".

Pero ayer, en su comparecencia ante la prensa extranjera, como si se le trancó el serrucho ante dos muy particulares preguntas, como cual "conchas de cambur", dejadas premeditadamente, le hicieron reporteros que allí concurrieron.

Ante esas dos preguntas, de mucho interés para los venezolanos, tanto que atienden a la esencia de lo que ahora les preocupa, y lo relacionan con la conducta del sector opositor que se guinda ilegalmente en cosa juzgada como los artículos 333 y 350 constitucionales, el presidente optó por hablar a cántaros presuntamente de la primera sin decir nada -¡magia de esos políticos de los cuales hemos hablado!- y la segunda, como decimos en el argot beisbolístico, la pasó por bolas o mejor la ignoró, como si no la hubiese escuchado.

Entones, en aquella comparecencia, salvo decir estar dispuesto "quizás", a volver a la OEA en caso de la renuncia de Almagro y dialogar con representación del gobierno de Estados Unidos, lo demás fue llenar aquel recinto, las redes de transmisión, de palabras y conceptos ya antes repetidos. Por supuesto, como es habitual, sus técnicos "se cuidaron que el volumen de aquel torrente de palabras, como siempre, alcanzase el más alto nivel".

La primera de las preguntas califiqué no sólo pertinente sino de recoger la esencia de lo que a la gente le preocupa y le viene preocupando desde tiempo atrás y lo que el gobierno y hasta la oposición misma eluden.

Interrogó el periodista nada más y menos sobre la economía nacional. Sobre qué dicen las cifras acerca del primer semestre y cuál es el balance entre lo sucedido y lo ofertado por el gobierno cuando habló que sería este el año del despegue hacia la meta de romper con el rentismo y de un montón de motores que ya no se nombran porque cómo que están herrumbrados.

El hablador a ráfagas, el encantador de serpientes que jura es, se sintió como cuando estando en dos y dos, al bateador le lanzan una bola lenta y de repente esta baja. Es decir, para decirlo como suele suceder, se quedó sin balance o no saber qué decir. Por primera vez dijo no saber nada, pues espera como cualquier ciudadano, que el BCV en breve dé las cifras, unas por cierto que ha dejado de dar con la frecuencia debida, más cuando el INE, aquel de nuestro viejo amigo Elías Eljuri, perdió el habla.

Repuesto de la sorpresa, alguien pagará por esa imprudencia, volvió a hablar de la caída de los precios del petróleo que ese día habían vuelto a la baja, la guerra económica y a una tabla salvadora, las guarimbas opositoras. Nos soltó el discurso consabido del rentismo petrolero; lo único que no pudo, como era frecuente en la IV República, fue echar la culpa al "gobierno anterior". Pero sí a quienes la oposición le hacen, quienes en verdad responsabilidad tienen y mucha; pero ellos hacen justo o creen su deber para asirse del coroto.

Pero como suelo pensar, nada concreto dijo de lo que hará, está haciendo ni menos cuándo sabremos de los resultados. Y me sumergió más en el pesimismo cuando le escuché decir, con convicción profunda, entrega su alma y fe en las bolsas del CLAP de Bernal que son como esas "aves peregrinas", sólo que estas tardan, pero llegan.

Llegó la segunda pregunta. Tuvo esta, como la anterior, la virtud de mostrar a cualquier persona acuciosa y prevenida, que en eso de la "dictadura de Maduro" es una historieta y barata. Un dictador "no se deja echar esa vaina ni de vaina".

Primero, las preguntas solicitan con anticipado los encargados de regular la información, asunto que preocupa a los dictadores. Eso se hacía por ejemplo, por sólo mencionar algunos pocos emblemáticos, cuando Pérez Jiménez, Videla, Pinochet y hasta el "padre de la democracia", Rómulo Betancourt. Pregunta y preguntador importuno no entraban al salón y el "presidente" no experimentaba el mal momento de encararlos.

A Maduro le hicieron la primera y pasó trabajo. Propiamente no la respondió porque a nuestro parecer no hay forma de hacerlo a satisfacción de la gente afectada. Tenía que ver con producción que no arranca, motores fundidos al arranque, inflación que crece como monte y escasez donde los inatrapables duendes hacen de las suyas. Sólo se limitó a hablar largo y tendido como "los buenos políticos".

Dije entonces, llegó la segunda. Presidente, habló el periodista sin dejar de pesar sus palabras, sabiendo bien el "cohetón" que se proponía lanzar, "¿Ha pensado usted la opción a tomar en caso que en la elección constituyente sólo concurra el 20 por ciento de los electores? ¿No le preocupa que eso reste soporte legal y complique más las cosas en Venezuela?"

¡Buena pregunta! Díjeme a mí mismo.

El periodista acompañó la pregunta de otra, tan de poca importancia frente a ella que no recuerdo el contenido. El presidente empezó a responder, tal como lo advirtió, "la otra", formulada en segundo término. El típico político tomó la palabra, habló y habló hasta el cansancio. Uno, porque no fui yo solo, de eso estoy seguro, no le escuchaba esperando que le entrase a la primera. Pasaron los minutos, largos y como demasiado, cuando "creímos quizás se había cansado" de darle pases al toro para entrar a sus espacios y al instante supremo de la muerte, calló y dio las gracias a quien le había interrogado.

¡Nos quedamos con los crespos hechos! Como si la película, aquella del celuloide, tal como se cuenta en "Cine Paradise", se hubiese quemado.

Nada dijo sobre aquello. No conviene adelantar los tiempos, ni pasar del primer tercio de la corrida al tercero de la muerte del toro. Pero esos asuntos, el de la economía y lo que vendrá después de la elección constituyente, que Diosdado describe como la "noche de los cuchillos largos", una visión como necrofílica, la misma extremista del bando opuesto, preocupa sobre manera a todos. Mientras tanto, el presidente que suele hablar bastante, calla.

A Maduro, los periodistas, como si le trancaron el serrucho.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

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