¡Tenía cara de niño!

Dicen que Dios murió en Bagdad

Tantas cosas increíbles pasan en este mundo que aún los incrédulos más redomados deben admitir que la certeza y la verdad se abren paso a través de los intersticios más finos de nuestros tiempos. 

Así, por ejemplo, Wikileads hace tiempo reveló miles de documentos confidenciales que forman parte del entramado de la guerra en Afganistán, y recientemente fueron revelados otros cuatrocientos mil más a pesar de las advertencias provenientes del Pentágono y del gobierno de los Estados Unidos.

Por otra parte, un libro sobre las guerras de Obama, cuyo autor es un conspicuo reportero norteamericano, ha merecido, por la cruda realidad que se vive dentro del imperio, la divulgación por Fidel de los episodios políticos que narra y que tienen como protagonistas al grupo selecto, con Obama a la cabeza, que toma las decisiones en la Casa Blanca sobre los rumbos posibles o probables de las guerras en Irak, Afganistán y Pakistán.

Por lo tanto, los secretos tanto del Presidente y sus colaboradores como de los soldados y oficiales en el campo de batalla, dejan de ser material top secret de la Seguridad de los Estados Unidos y se convierten en temas de conocimiento público para los simples mortales que pueden acceder a los medios de información.

Así que no se extrañe nadie que surjan nuevas revelaciones, pues ya está el mundo cansado de tantos secretos bien guardados durante decenios y hasta durante toda la vida, generalmente tétricos e ignominiosos. ¿Acaso no produce repugnancia y merece condena el más reciente descubrimiento de la experimentación en humanos llevada a cabo por personal médico norteamericano en Guatemala, a contrapelo de todo principio bioético?

Ahora no se sorprenda nadie de esta última noticia, que posee, por su naturaleza, toda la esencialidad para ser verídica.

Dicen que Dios murió en Bagdad un día de sol radiante / cazado por una bomba inteligente. / El piloto informó: ¡misión cumplida! / y regresó presuroso a su santuario / situado sobre un enorme portaaviones. /

No se pudo conocer de la ocurrido, / pues todo fue un secreto bajo escombros / que nadie osó descubrir con su mirada. /

Ninguna noticia alarmó a los noticieros. / Cuentan que algo enmudeció aquel infausto día / y que nadie pudo explicar el hecho raro, / el enigma en verdad inusitado / de un Dios desaparecido entre escombros.

Pudo verle en la cruz sólo el piloto / en el centro del colimador preciso, / un segundo antes de soltar el proyectil / que haría después su obra inteligente. / ¡Tenía cara de niño!, pensó el piloto sorprendido / y una sombra de diablura y pena / le invadió los tuétanos y el alma.

De este hecho que acabo de contar según una fuente segura de crédito, sólo falta revelar la hora, fecha, lugar y nombre del piloto. ¿Quién podrá revelarnos estos datos complementarios del suceso?

 wilkie.delgado@sierra.scu.sld.cu



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Wilkie Delgado Correa


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