Chávez y su circunstancia

¡Abril!, ¡Abril!, mes humillante, doloroso, desgarrante, al sentir qué, algo que teníamos adentro del alma se alejaba, nos dejaba solos, nos abandonaba; y a la vez de una alegría desbordante, gratificante, al darnos cuenta qué lo que creíamos perdido para siempre ¡Llegó!, ¡Llegó!, ¡Llegóóó! Ese es nuestro Abril.

La historia, según sostiene una forma de pensar, no es la consecuencia de la voluntad y del quehacer de un hombre. Los héroes y antihéroes, los caudillos, las figuras proceras, son efectores de un proceso social obligante. Sin dejar de creer que el pueblo venezolano, además de ser expresión de su tiempo y de su espacio está limitado por ambos factores, no podemos olvidar que el pueblo es el único capaz de modificar su circunstancia, sea para destruirla y envilecerla, o para elevarla dentro de sus posibilidades. Si ellas condicionan la actitud y conducta del pueblo ante lo individual y lo colectivo, es él quien las hace y modifica. Al variar éstas, al no corresponder a la realidad social siempre cambiante, no sólo se hicieron inadecuadas para “hacer la dicha del mayor número de gente”, sino que fueron matrices de conflicto y sufrimiento. Cambiar, dar el salto, modificar las instituciones, renovar, revolucionar, adolece siempre de prontitud, a pesar de ser la única manera cuando el cuerpo social ha claudicado.

Son un grupo de hombres, o un hombre en particular, quien con sus desvelos, valor y talento determina el cambio de las instituciones. No es tarea fácil ni grata la del revolucionario. Es dura, cruel, preñada de peligros. La mayor parte de los individuos por víctimas que sean de las condiciones socioeconómicas, tienden a perpetuar lo existente. La posibilidad, raíz del progreso e hija dilecta de la revolución, engendra angustia inminente y concreta en el hombre común. Esta tendencia a detener el tiempo y a congelar lo estatuido, se acrecienta de abajo a arriba en los diversos estratos de la pirámide social. Y es comprensible que así lo sea: la historia del pueblo venezolano progresa hacia la supresión o reducción de los privilegios. De ahí que no exista grupo más refractario al cambio que aquel que configura el vértice de la sociedad. Los grupos medios, y en especial dentro de una sociedad opresora, no son sustancialmente diferentes. Posibilidad que se acrecienta en esta Venezuela, que está ayuna de valores en sus cuadros dirigentes. Esta es la historia de innumerables plutócratas de nuestro tiempo. Sobornada la voluntad de transformación de los que abajo pugnan por transformar o amordazados los irreductibles, la voluntad de reestructuración más que una proeza es una temeridad heroica, ante la cual hay que inclinarse y en particular si el esfuerzo es coronado por el éxito.

Los cambios políticos e institucionales generados por el Comandante Chávez, como conductor del Proceso Revolucionario triunfante, no son pura expresión de una coyuntura histórica. Los mandatarios y más aún en las sociedades subdesarrolladas, si están limitados en su gestión por las condiciones socioeconómicas, siempre existe dentro de ellas un campo de libertad de amplio espectro donde el gobernante, como expresión de su voluntad, puede conferirle a su acción matices del más variado y opuesto signo. Juan Vicente Gómez, por su peculiaridad personal no sólo estanca el proceso evolutivo de nuestro pueblo, sino que lo retrotrae a niveles históricos anteriores a Guzmán Blanco, déspota ilustrado, que con todas sus lacras introduce cambios sustanciales en las instituciones caducas y patriarcales que se arrastraban desde la época de la Colonia. El puntofijismo por la calaña de sus personajes lo envileció, corrompió y retrogradó. Chávez es el brazo ejecutor de una voluntad colectiva, subyacente y viva que busca su forma. El socialismo del siglo XXI surge, de acuerdo a esta interpretación, por el esfuerzo de Chávez. El verbalizó lo que estaba informulado y asiste al alumbramiento de lo que está por venir.

Los individuos egregios, llámense líderes o gobernantes pueden al igual que enzimas acelerar, congelar o degradar los procesos sociales. Páez estancó la evolución; a quien vocea Juan Vicente González: “Miserable, has borrado con tu conducta la leyenda que te forjó mi cariño”. Guzmán la fustigó para que avanzara. Juan Vicente Gómez la hizo retroceder. El puntofijismo entregó el país a las transnacionales extranjeras y nos condujeron a la miseria. Los gobernantes como parecen señalarlo los hechos, no son pues, puros efectores inertes del medio social que los contienen. Así como pueden frenarlo, desvirtuarlo y retrogradar pueden señalarle otros derroteros e iluminarlo con su acción y con su prestancia poniendo en marcha fórmulas nuevas en el quehacer social. En la medida que un líder asuma este papel de encender y de conducir un Proceso Revolucionario, como lo está haciendo el Comandante Chávez, se hace acreedor al título de creador de un sistema y de una época. Profundos cambios se están introduciendo en nuestras instituciones.

El Comandante Chávez, además del don de mando, tiene las características de todo gran jefe y conductor: “Su desinterés es igual a su generosidad”. Generoso hasta el exceso. En la riqueza y en la pobreza no vacila en compartir con el pueblo sus precarios bienes. Chávez además de estadista es un gran pedagogo: que al paso desgrana, juicios y sentencias correctivas, cuando se dirige al pueblo o a sus colaboradores en toda actividad y en todo momento, disfruta de la lectura de obras de contenido social que no son ajenas a la política; le place extraordinariamente conversar con sus viejos y nuevos amigos, abandonándose a la espontaneidad sin importarle si lo que dice y hace desmejora su imagen. No hay nada que lo fatigue más que un adulón, un chismoso o un intrigante; el rostro de Chávez es un libro abierto que no oculta simpatías y animadversaciones. Es muy chanceador y se burla con gracia de sus contendientes políticos. Por lo general, es afable, jovial y expansivo; como buen llanero llano en su lenguaje y trato, desposeído de afectación o de cualquiera otra causa que robustezca su jerarquía y rango. Es un trabajador incansable, como lo observamos diariamente o cada vez que se producen emergencias políticas. En esos casos abandona su actitud de bonachón para enfrentarse al problema. Un hombre que lee, que escribe, que carece del voraz apetito de gobierno y mando que sus detractores políticos le señalan; es una vida dominada por la voluntad de ser útil al pueblo y al país, capaz de doblegar sus más caras tendencias y afectos si sus ideales y su obra así lo exigen. Quisiera ser un ciudadano corriente: deambular por el país libremente saludando a todos, oyendo sus saludos, necesidades o reclamos. El precio del poder es la soledad de la multitud, “el hombre mientras más hombre es, más sólo está”. Pero Chávez tiene su manía y esta manía es que el socialismo prosiga su camino. Es su obra. Una obra ciclópea, que en medio de las luces que lo alumbran, exige inclemente sacrificio para no caer en desvaríos. Chávez, como todos los grandes estadistas, es un ser de mirada larga en pugna silenciada, con muchos de sus colaboradores boliburgueses atentos al fin o al beneficio inmediato. Es singularmente honesto en materia administrativa y sinuoso en el respeto que le merece la Constitución Bolivariana, de la que es artífice. Su objetivo es la consolidación del socialismo en Venezuela. Antes de Chávez Venezuela era realmente diferente.

El socialismo es la conciencia del proceso que, por lo regular, se cumple inconscientemente muy adentro en las entrañas del pueblo, y la conciencia de un proceso cualquiera no los provoca. El pueblo no quiere que piensen por él los que lo explotan, revelando que van adquiriendo conciencia de su dignidad humana, mientras parece que enerva a la burguesía un horror a la verdad. Lo propio del pueblo es acomodar el ambiente a sí, hacerse un mundo, y no acomodarse al que encuentra hecho. Si hubiéramos seguido en el sistema puntofijista no saldríamos nunca del miserable estado en que nos encontrábamos.

El Comandante Chávez es un hombre que mira más allá del horizonte. El socialismo como sistema político-social no es cuestión a corto plazo. Es obra de muchos años. Y el mayor peligro para él es que el socialismo degenere en una dictadura de partido. A estas alturas de la vida, con plena conciencia de su destino y papel en la historia, por más que considere que el PSUV es el instrumento más firme para consolidar el socialismo, no es la victoria en los comicios su primer objetivo, aun qué, muy necesario. Por eso no descansa. De ahí que por grande que sea su empeño continúe ojo avizor, saltando vigilante para dar apoyo o para hacer de corrector cada vez que su obra lo requiera. Consciente de su ascendencia sobre el partido, y en la gran mayoría del pueblo. Sabe que su participación en las cosas del Estado Nacional es imprescindible.

El régimen puntofijista que insurge en 1960 y que por cuarenta años regresa al país, en muchos aspectos, a la era gomecista o perezjimenista, no pueden sin embargo, evadirse a compromisos sociales establecidos por el gobierno de Isaías Medina Angarita. Los gobiernos puntofijistas no aportan, cambios sustanciales dentro del sistema político establecido por las dictaduras. Ya sus palabras difícilmente persuaden al pueblo. No encajan. No llegan. Apenas cambios de nombres y de estilos de gobernar. En las tres últimas décadas observamos, la mengua progresiva de su caudal electoral. El pueblo cambia, madura, evoluciona. La sumisión política ya no es tan incondicional al hombre como a la idea. El puntofijismo ya no tiene vigencia dentro de los sectores de las clases populares y en buena parte de la clase media del país. Cuando llegó el Comandante Chávez, ese día, los partidos puntofijistas rompieron su “unidad” desencadenando la más grande y genuina revolución, posterior a la independentista.

Las limitaciones proselitistas de las izquierdas “muy democráticas y trasnochadas” para comunicarse con el pueblo fueron sin duda imposibles o negativas: la procedencia social de sus dirigentes, de la media y de la alta burguesía, buena parte de ellos. “El yo en tu caso” base de la empatía y de la acción incitante no funcionó en este caso por la disparidad de actitudes, que se proyectan hasta en el contenido de las palabras. El timbre de la voz y la conformación del gesto. Chávez por lo contrario siempre lo tiene presente y actúa en consecuencia estas diferencias determinadas por la clase, educación y origen. Después de salir de la cárcel. Su primera acción proselitista cuando recorría el país en camiones, o “en lo que fuera”, para reestructurar el partido MBR-200 con que instrumentaría su acción para tomar el poder, y hacer del socialismo una realidad, fue directamente sobre el pueblo llano de campesinos y trabajadores.

Chávez siente, piensa y habla en venezolano. Hoy día, y desde el 4F92, la empatía, la comunicación entre Chávez y el pueblo es total. Conjura con su lógica, dichos y acentos las diferencias de clase, casta y procedencia. He allí la razón de su carisma. Expresa y conduce con acierto el sentir y las necesidades del pueblo, porque todo el pueblo está contenido en él.

“Los hombres probos, si tienen conciencia histórica de su época, miran con serenidad lo que vendrá y no descansan hasta conseguirlo”.

Salud Camaradas.

Hasta la Victoria Siempre.

Patria Socialista o Muerte.

¡Venceremos!


manueltaibo@cantv.net




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Manuel Taibo


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