La Libertad en el banquillo

“Dejar hacer” versus “Ser en el hacer”

A cierta curiosidad que ha despertado la expresión que algunas veces muestro en algunos artículos, se me ha emplazado explicar algo al respecto, vía distinta que no “se laberinte” y de algún modo sirva para llegar a puerto seguro, dado que siempre la duda mella el meollo de la discusión, enerva la impaciencia, dado que a veces las explicaciones proporcionan más dudas antes que satisfacer, y se desea algo que parta de cierta vía segura y sirva de “mapa” al país que aborda, que no es otro que el de la felicidad humana posible. Hablo de La Libertad. Claro, lo que puedo ofrecer es apenas esbozo de cartilla que en mi vida han procurado ciertos estudios, conclusiones, no pretendo ser “La” cartilla, o el ábaco, sólo espero satisfacer en algo tan sutil e importante. Recomiendo leer lento, dado que no podré sino dar una apreciación de gragea, sintetizada.

La primera expresión del antetítulo: “Dejar hacer” es más conocida en francés “Laisser faire” o permitir el hacer que se desee. Es en realidad la marca de fábrica de una concepción que proviene de muy antiguo, al entronizarse la esclavitud como motor de las nuevas visiones que nacían al calor del mortal metal, desplazador de un mundo que desconocía de ganancias extras de faenas de trabajo sobre-explotadas, de modo que para llegar a este punto hubo que nacer del placer al trabajo, pasándose al deber del trabajo y éste sin mucho aspaviento escaló posiciones de mando que ocasionan las invasiones, enrocando con bisturí las faenas de rigor a rigurosas faenas de castigo para el vencido, sometido, esclavizado. La conciencia de obedecer el conocimiento que habría madurado cualquier estructura social, pasó a ser obediencia al mandato, donde el conocimiento del vencedor era lo único a acatar so pena entre otras, de muerte. El invasor per se no posee más herramienta para envanecerse en el poder que su propio poder de dominio sobre la vida humana vencida, envilecida.

La amenaza disuasiva será la proyección en las estructuras sociales vencedoras, al punto que tengo la certeza que el metal bronce, hierro, acero, con el añadido de la pólvora, y la radiación atómica, química, biológica con los siglos, arrebató dizque con “astucia” –o eso supone-, el tiempo a la vida, para proseguir su perpetuidad en el poder sobre lo vital terrestre. El conocimiento que promulga es por tanto, la vía que pueda perpetuar su poderío. Dizque “poderío”.

El vencedor tarifó a los vencidos reglamentándolos, y en fila india han caminado hileras humanas como los granos de arena en el mar tras el encanto de la felicidad, que de un “vivir el hacer”, se trasmutó en “desear ser” el que manda, pues es el que hace lo que le place, y a sus anchas permite hacer a quien “lo merezca”, que ser el jefe es el objetivo de alcanzar la felicidad. Las relaciones dentro de una estructura social que vive para el sostén de sí misma, son libres sin que los partícipes vean que exista otra relación, sin buscar más allá. En otra estructura, invasora y poseedora de los vencidos, los que mandan además de atesorar excedentes del trabajo de los derrotados, crea murallas para imposibilitar el arribo, y para ello, los mitos están a la orden del día. Mientras, para los vencedores en cambio, no tienen sino el capricho, que con el tiempo se hace deseable, anhelable. Esta situación no puede sino alimentar el fuego del anhelo de los vencidos, sea hacia los elementos que trae sembrados, sea deseando alcanzar la vida del vencedor. El hecho es salir de la sumisión contenida, a ese anhelo lo llama Libertad. No quiere vivir como vive.

Entretanto, los vencedores se hacen repartos de mando clasificando los quehaceres para los que mandan, para los que obedecen, procurando achatar, entorpecer, evitar el ascenso en lo posible de los vencidos, bajo cualquier mediatismo o mecanismo de dominio, convincente. Mediante la superchería como primera herramienta para perpetuar a los vencedores. De las divinidades solidarias se pasa a las divinidades castigadoras, las que reglan a los derrotados, siempre lo serán, así haya ocurrido la sumisión hace mucho, la victoria es la insignia del que manda. El derrotado lo es para siempre. Nace el arma del terror. Nace la disuasión, nace la visión subyugada. Nace el pecado original, la sumisión, el miedo.

Ahora, no es que esa visión esté “vencida”. O que ocurriese una vez. Esa apreciación aunque lo pareciera, no sólo NO está desaparecida, y menos aún vencida, JAMÁS lo está: amor, anhelo, subyace ante la visión diaria de una comunión de amor, anhelo puro, energética, que nos rodea y muestra la vía perdida, de otra manera VIVIRÍAMOS de otra manera, y los efectos explican más bien que estamos a punto de suicidarnos. Luego, hay una correspondencia desaparecida de lo uno con ese entorno de amor anhelante, el lazo que hace prolijo el encanto exuberante sin desmayo que brinda sin repeticiones cada segundo, si es que con tiempo se quiere medir, pero no es medible, es una creación que no se detiene cada nada de tiempo. No es “infierno” lo natural. No es aislado. Lo que sucede es que el implante de una ideología –la enfermedad secular, venida desde aquellos días-, en el caso de occidente, contraviene a la vida humana para sostener sumisa su visión de vida, mientras, venida desde entonces, el laisser faire es por lo tanto, un modo de ver que está divorciado de la correspondencia natural de la vida humana occidentalizada, o globalizada, y esta apreciación por más cambios sociales que se deseen fomentar para eliminar taras tan arcanas, si no se sabe qué implante sembrar, el anhelo de libertad será siempre el que se trae en los genes, el que “ganará” en definitiva la apuesta en el tiempo.

Ahora bien, sucede que tras la búsqueda de la salida de la cueva, las intenciones vienen afectadas del mismo sucio, el miedo ha hecho mella, la invasión de que somos aparte de lo que nos rodea, es patente y hoy vemos que desearíamos mejorar la vida natural de los naturales aborígenes, con los propósitos sucios que portamos, donde un natural guayuco pudiera ser una solución para el consumismo enfermo de modas, la ruptura a la enfermedad del morbo, y allí los tenemos vestiditos de bluyins y franelas rojas, y no es que se haga por maldad, pero desaparecemos naciones de otra manera que lo hacía el conquistador europeo, pero eso es lo que somos, europeos de segunda, y estamos más evolucionados que los yanomamis por ejemplo.  

Esto es sólo una gragea que dejo aquí por ahora. Proseguiré con la explicación en otro artículo para no enervar mucho. Espero abrir con esto discusiones o debate de donde estamos, de cómo estamos, y qué es lo que queremos.   


arnulfopoyer@gmail.com


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Arnulfo Poyer Márquez


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