¡Viva el aborto!-¡Abajo la muerte!

 ¡Viva el aborto!-¡Abajo la muerte!”, pareciera una contradicción irreconciliable, espantosa, terrible, trágica y antihumana en boca de cualquier ser humano en un mundo donde quienes más se oponen al aborto, alegando todo argumento de respeto al derecho a la vida, son hombres y no mujeres. El hombre-esclavista habla por la vida esclavizando a la mujer. La diferencia es abismal: la mujer es la que sale preñada, la que carga durante nueve meses la criatura en su entraña, la que padece los rigores de la servidumbre, la que pare y, por si fuera poco, sometida día y noche con estoica paciencia a todas los gritos y lloros del fruto nacido de su vientre para que lo carguen en sus brazos. El hombre sólo se ocupa de preñar y jamás parir como tampoco de amamantar, porque no tiene tetas.

En un mundo donde la inmensa mayoría de la humanidad está sometida a niveles irresistibles de pobreza, hambre y sed, y, especialmente, de mujeres desnutridas y enfermas, el aborto viene a ser un problema de estudio de vida o muerte. Grandes polémicas y violentos debates se han producido, en diversos tiempos, sobre el aborto, generalmente, imponiéndose el criterio de la Iglesia de rechazarlo por considerar que ello es una flagrante y criminal violación del derecho a la vida de una criatura que aún no ha nacido y tiene el derecho de nacer. Tal vez, para que se produzca en la Iglesia una reflexión en torno al aborto que tome en cuenta las verdaderas realidades de hambre y sufrimiento del ser humano, habrá que esperar, quién sabe por cuánto tiempo, que una monja llegue a ser Papa luego de haber prestado su servicio religioso en esas regiones del Africa, donde a diario mueren niños y niñas que nacen desnutridos y enfermos de madres igualmente desnutridas y enfermas sin probabilidades inmediatas de superar su caótica situación socioeconómica. O, tal vez y sería ideal para el futuro sin aborto, que un Papa lance un grito universal no sólo rechazando los crueles métodos del capitalismo sino, también, ordenando que la feligresía haga su rebelión sin fronteras por el socialismo. Sería, sin duda, un Papa fiel continuador de las ideas de Marx que el proletariado y los comunistas lo reconocerían como un líder indiscutible de la revolución.

Con todo lo respetable que sea la opinión de quienes se oponen al aborto, el mundo actual continúa requiriendo de una profunda reflexión sobre el tema sin que el sentimentalismo sea la piedra angular de su destino. El capitalismo ha llegado a una fase tan salvaje y atroz de dominación que ha logrado, en el mundo que vive la mayoría de la humanidad y que no es otro que de extrema pobreza y extremo dolor, hasta burlarse de los sentimientos, de las necesidades y hasta del amor de la gente (de la mujer especialmente) que hace brotar de su vientre una criatura para que a las horas –o máximo a los pocos días- se muera por una u otra razón donde, incluso, las ciencias y la técnica en general están al servicio de la explotación irracional del hombre por el hombre y no del conjunto de la humanidad. Los ideólogos del capitalismo condenan, de palabra, el aborto, pero su régimen asegura una muerte muy temprana a un numeroso porcentaje de niños y niñas que nacen y ni siquiera llegan a las pocas semanas en que identifican a sus progenitores.

En la mayoría de los países del mundo capitalista ni siquiera la mujer en estado de gravidez es sometida, con rigurosidad científica, al chequeo y control que determine estar consciente del estado de salud de la criatura que se va formando en el vientre de su madre. Familia que no tenga recursos económicos para costearse los elevados gastos de un embarazo durante nueve meses, el parto y el período post-natal, corre el riesgo o de perder a su cría temprano o de hacer nacer a una criatura enferma y hasta deforme. ¿Imaginémonos la cantidad de millones de millones de familias que existen en el mundo que viven con un salario por debajo de un dólar, la otra cantidad que se sustenta con un sueldo de menos de dos dólares, y el porcentaje que está en condición de desempleo? ¡Salve Dios a las criaturas por nacer, porque el capitalismo las está matando antes de quedar embarazada la madre! Marx decía, y tiene razón, que para un nacimiento saludable o para la educación de una criatura era imprescindible, como primera condición, alimentar bien a la madre antes de traerla a la luz pública. ¿Cuántas madres en el mundo se alimentan bien? Que respondan los señores capitalistas, porque éstos sí saben lo que es comer bien, sabroso y exquisito por disfrutar de mucha riqueza individual, y, además, tener a las ciencias y la técnica a su favor.

La humanidad tiene que llegar a ese día en que reinando el comunismo en toda la faz de la Tierra haya la suficiente conciencia sobre el crecimiento demográfico o la reproducción de la vida, y no habrá ninguna necesidad que una autoridad, un galeno, un vecino, tenga que decirle a una pareja (hombre-mujer) la cantidad de hijos deberían procrear. Será una excepción, si es que llegase a existir, que una mujer pueda -conscientemente- atreverse a salir preñada en tres oportunidades. Se amará y se respetará tanto a la humanidad, a la naturaleza, que en todos los órdenes de la vida social, imperando la libertad sobre la necesidad, no habrá más control que la educación, el hábito y la opinión pública. Todos los hombres y todas las mujeres gozarán de un elevado grado de cultura, de conocimientos y de satisfacción de sus necesidades tanto en lo material como en lo espiritual.

En un mundo donde no sólo mueren miles de miles de niños y niñas constantemente por hambre y enfermedades congénitas que pueden ser evitables con control y tratamiento médico a tiempo a las madres, también se suma los millones que andan vagando abandonados como la prueba trágica y penosa de millones de progenitoras. Es como decir que para ese porcentaje de mujeres el nacimiento de un hijo o de una hija se convierte en una amenaza. Esa situación en sí misma hace reflexionar sobre el derecho al aborto mientras perduren la miseria y la opresión familiar. La revolución rusa, por ejemplo, hecha por hombres y mujeres que pensaron en grande, en la emancipación del mundo, se vio en la necesidad de dar a la mujer el derecho cívico, político y cultural esencial del aborto aun cuando mucho –sus hombres y mujeres- amaban la vida y aplicaban el respeto a los derechos humanos, y, especialmente, el de la vida y tanto fue así que ni siquiera fusilaron a los terroristas que atentaron contra Lenin y que a éste le costó la vida al poco tiempo de las heridas producidas.

Sin duda, por lo menos para un comunista, el aborto es un triste derecho cuyo esencial culpable de su aplicación es el capitalismo por las tantas desigualdades e injusticias que crea, por los elevadísimos niveles de pobreza y sufrimiento que genera con sus políticas económicas de explotación, saqueo, desempleo, hambre, sed, reducción de salario y alza de precio en los rubros de alimento, abandono, prostitución, mendicidad, enfermedad, para la mayoría de la humanidad que, igualmente, vive triste en el capitalismo. En éste, las crisis sociales conducen aceleradamente a la desintegración de la familia –fundamentalmente- de escasos o cero recursos económicos y no se crean instituciones que puedan reemplazarla. Para que el aborto desaparezca, como realidad o como derecho de la mujer, es imprescindible acabar con la miseria socializada y parcial. La sociedad debe absorber las funciones económicas de la familia uniendo a las generaciones humanas por la solidaridad y la asistencia común o mutua que libere a la familia no sólo de la explotación de clase, de Estado, sino también a la mujer del yugo secular. Cuando la humanidad tenga a su completa disposición, sin discriminación de ninguna naturaleza, suficientes maternidades, casas cuna, jardines de infancia, restaurantes, lavanderías, dispensarios, hospitales, sanatorios, organizaciones deportivas, cines, teatros, escuelas, parques, centros de recreaciones, bibliotecas, entonces el aborto se hundirá en la fosa de las antigüedades para no resucitar jamás.

Cualquier defensor de la vida de los animales con mucha más razón tiene que oponerse al aborto en el género humano. No le quitemos ni una pizca de su razón, pero voy a un ejemplo cierto donde el aborto es el único remedio humano y donde la ciencia –por lo menos aún- no está en capacidad de poder hacer absolutamente nada para salvar la vida de la criatura al nacer o al poquísimo tiempo de ver la luz del día. Una comunista salió preñada de su camarada, y al poco tiempo de embarazo le determinaron que el feto se iba desarrollando deforme, con una hidrocefalia acelerada. Todos los médicos que la examinaron le recomendaron el aborto, su compañero le recomendó el aborto, la familia le recomendó el aborto, los amigos le recomendaron el aborto, pero la camarada –por ese amor que lleva la mujer desde su entraña por lo que crea- se aferró a no abortar, alegando su derecho de madre y el derecho de su cría a nacer. ¿Quién se atreve a irrespetar esa decisión? Absolutamente de nada servían los argumentos científicos y de sus familiares y amigos de que era un crimen que trajera al mundo una criatura que estaba destinada a morir temprano, a sufrir de intensos dolores que no podía explicar y, además, que la ciencia nada podía hacer por sanarlo y fuera una criatura normal. Antes de nacer la criatura murió y la camarada está con vida, con posibilidad de crear de nuevo otra criatura sana aunque cargue con su dolor por mucho tiempo. ¿Es que acaso perder un hijo o una hija antes de nacer o luego de nacer no es profundamente doloroso para sus progenitores? ¿Pero no es acaso igualmente un crimen hacer nacer a una criatura que va a vivir postrada, enferma y con sufrimiento insanable el tiempo que dure su poca edad?

En Irak, por ejemplo, los invasores estadounidenses lanzan un gas o una bomba –creo- en base a la utilización de uranio que no mata al instante pero hace que la mujer que lo aspire y salga preñada -la ciencia no lo detecta durante los primeros siete meses- el feto se desarrolla con una deformidad terrible entre la culminación del séptimo y el noveno mes en que se produce el parto. ¿Además del crimen de lesa humanidad del que lanza el gas no es un crimen también hacer nacer una criatura cuya deformidad lo lleva demasiado temprano a la sepultura, porque la ciencia no tiene remedio para sanarlo? ¿Es humano o no la aplicación del aborto en esas circunstancias?

Entendamos, de una vez para siempre, que el único régimen capaz de garantizar un desarrollo saludable de la mujer y su preñez, de la criatura al nacer y su posterior progreso, es el comunismo. Lo demás es cuento de camino.



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Freddy Yépez


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