Una quijotada

Llega Melquíades a Macondo, como todas las semanas, a mostrar las invenciones del otro mundo y esa "tarde remota", el padre de Aureliano Buendía "lo llevó a conocer el hielo". La historia de Cien años de soledad es la historia de la pobreza americana, sus causas, las pesadillas y los milagros que suceden cuando se vive en el extremo de la vida.

La United Fruit, las guerras y Macondo, que podría ser como lo fue la Santa María de Onetti, América Latina toda, sus paisajes, nosotros hechos de mixturas y modelos impuestos, de raíces tan poderosas como el origen mismo. El salvaje nos acompaña, vivo, resiste en nuestro territorio, convivimos con su sabiduría milenaria y aún no hemos escuchado.

Las guerras de independencia no han terminado. Por eso los Buendía son verosímiles, son parte de la memoria de los pueblos. Los pueblos que hoy, en Latinoamérica, piden justicia y han articulado su fuerza en el voto, en el poder popular.

No queremos ser sentenciosos ni proyectar ninguna idea monologante de la verdad, que como el socialismo, sólo es dialéctica, fruto de la fricción, del libre concurso de lo diverso, del ejercicio democrático del pacto social. No se sabe si fue Biardeau o Chávez quien hizo la advertencia, pero el socialismo de Estado es pavoroso, el poder del funcionario es temible porque sólo se lo consigue, mantiene y ejerce desde la mediocridad. El socialismo del siglo XXI, el que construyen los pueblos en América Latina y particularmente en Venezuela, es esencialmente democrático y bolivariano.

Hay una cultura de la pobreza que se ha sedimentado en largos años de exclusión, explotación, invisibilidad. Años en el aparte, en el más afuera donde sólo se sobrevive. Una cultura, es decir, una tradición, una lengua, una música y la memoria de un territorio, la historia de nuestros corazones desgarrados en unos tiempos sin mañana, en una vida limitada a la injusticia. Un saber, una conciencia del dolor que nunca será igualada por el sentimiento del intelectual solidario que reproduce el orden y la autoritas del saber. Los poetas de la pobreza superan, rompen paradigmas y reúnen nuevamente en la poesía el conocimiento de sí y la razón que justifica a la naturaleza. La parodia del mundo es el destino del narrador de la pobreza. La nueva humanidad es la esperanza que ha despertado en los pueblos movilizados, viendo la conciencia de sí, la necesaria dignificación de esa conciencia, han reconocido en sí a la humanidad y quieren recuperarla para el resto de los humanos.

En el discurso de Antonio Gamoneda, ganador del premio Cervantes entregado por los reyes de España este mes de abril, titulado La pobreza ha condicionado mi vida y mi escritura, leemos: "Voy a ayudarme, en este punto, de alguien, lejano, al que también entiendo surgido de la cultura de la pobreza. Su vida se descifra en salarios escasos, en `una vieja casa de madera en Estambul’ y en largos años de cárcel, exilio y enfermedad. Hablo del poeta turco Nazim Hikmet y de la primera mitad de su poema titulado Don Quijote, que dice así: El caballero de la Eterna Ju ventud /obedeció, hacia la cincuentena, /a la verdad que latía en su corazón.

Partió una bella mañana de julio /para conquistar lo bello, lo verdadero y lo justo.

Delante /de él estaba el mun do /con sus gigantes abyectos, /y bajo él estaba /Rocinante, /triste y heroico.

Yo sé /que una vez que se cae en esta pasión /y que se tiene un corazón de un peso respetable, /no /hay nada que hacer, Don Quijote, /nada que hacer: /hay que embestir /a los molinos de viento".

Escritora



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Stefania Mosca


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