La enseñanza histórica del Libertador Simón Bolívar al decretar la ejecución de Manuel Piar no ha sido verdaderamente aprendida por las generaciones posteriores encargadas de salvaguardar la unidad y la soberanía nacional. Aquel acto trascendental, más allá de su severidad, fue un principio fundacional de la disciplina revolucionaria: demostró que no hay causa superior, ni interés personal o faccional, que pueda anteponerse a la integridad de la patria en momentos decisivos. Sin embargo, en la contemporaneidad se ha tendido a relativizar este principio, confundiendo la necesaria firmeza con la intolerancia, y optando con frecuencia por una permisividad que, bajo el manto del diálogo o el perdón, termina por minar la autoridad del Estado y alentar nuevas agresiones contra el proyecto nacional. La lección clara es que la supervivencia de la república exige, en ciertos momentos críticos, una respuesta contundente e inequívoca contra quienes, desde dentro o fuera, conspiran activamente para fracturarla.
La experiencia acumulada demuestra, de manera contundente, que el perdón tras perdón, la negociación sin límites y la constante reincorporación de elementos probadamente desleales, no producen reconciliación genuina, sino impunidad y un incentivo perverso para reincidir en la traición. Esta dinámica de constante concesión no fortalece la paz, sino que alimenta la desestabilización, porque interpreta la magnanimidad del Estado como debilidad. Por ello, es imperativo y urgente reinstaurar, a través de los marcos jurídicos e institucionales, la noción de que atentar contra la patria y su soberanía constituye la más grave de las transgresiones, y que conlleva consecuencias severas, proporcionales y ejemplarizantes. Solo así, y junto a una ideología sólida, se puede construir una lealtad verdadera y disuadir a tiempo a quienes, creyéndose impunes, podrían llevar al país al borde del abismo. La firmeza no es venganza, es la primera y más esencial medida de protección de la nación.
La lealtad no es innata, se construye
La lealtad no es un atributo innato o un sentimiento que surja espontáneamente; es la ideología la que constituye el núcleo fundamental sobre el cual se construye y sustenta la lealtad política más profunda y resiliente. A diferencia de la lealtad basada únicamente en intereses materiales o en figuras carismáticas, que puede evaporarse cuando cambian las circunstancias, la lealtad anclada en una ideología compartida se arraiga en un sistema de creencias, valores y una visión del mundo que otorga identidad y propósito colectivo. Esta adhesión programática provee un marco interpretativo para la realidad, justifica los sacrificios y orienta la acción, transformando la lealtad de un mero cálculo oportunista en un compromiso moral y existencial. Por ello, los movimientos políticos con una base ideológica sólida suelen exhibir una cohesión interna superior y una capacidad de resistencia en tiempos de crisis, ya que sus miembros no defienden solo un gobierno o un líder, sino un proyecto de sociedad que trasciende lo inmediato y personal. En este sentido, la ideología actúa como el cemento que fortalece y da permanencia al vínculo político, haciendo de la lealtad una elección consciente y una causa común.
La ideología, base principal de la lealtad, no se aprende solamente con eslóganes
La adhesión ideológica auténtica y reflexiva no puede construirse únicamente sobre la repetición de eslóganes y consignas; requiere un estudio profundo y crítico de las bases programáticas y teóricas que las sustentan. Debe ser impartida en las fuerzas militares y a todos los directivos de la administración pública. Los eslóganes, si bien son herramientas eficaces para la difusión y la movilización, representan necesariamente una simplificación, a menudo emocional, de ideas complejas. Sin embargo, cuando el compromiso político se alimenta solo de estas fórmulas reducidas, se vuelve superficial, vulnerable a la manipulación y carente de solidez ante los argumentos contrarios o las cambiantes circunstancias. Estudiar los fundamentos programáticos, los análisis históricos, los principios éticos, los modelos económicos y los objetivos estratégicos, permite comprender el porqué y el para qué de la ideología, transformando la adhesión en una convicción personal meditada. Solo este proceso de aprendizaje convierte al individuo en un actor político consciente, capaz de defender, debatir y aplicar las ideas de manera coherente, y no en un mero repetidor de consignas huecas cuya lealtad puede tambalearse ante la primera contradicción o crisis.
No es nuevo; hace tiempo se reclama profundizar en lo ideológico
La necesidad de profundizar en la formación ideológica dentro de las estructuras del Estado y del partido no es una novedad; por décadas, voces dentro de diversos movimientos políticos han reclamado una inversión seria y sistemática en este ámbito. La experiencia histórica demuestra que cuando la labor ideológica se descuida o se reduce a la mera repetición ritual de consignas, el proyecto político se vacía de contenido, pierde su brújula estratégica y queda expuesto a la penetración de ideas contradictorias y a la degeneración burocrática. Este reclamo persistente advierte que sin una comprensión profunda de la doctrina, los funcionarios y cuadros terminan gestionando la maquinaria estatal con una lógica puramente técnica o, peor aún, oportunista, donde la lealtad al proyecto colectivo se subordina a intereses personales o de grupo.
En este contexto, se destaca como imprescindible la institucionalización de mecanismos rigurosos para la selección y formación de los cuadros dirigentes. La creación y fortalecimiento de escuelas de cuadros, y la implementación de exámenes de admisión y evaluación ideológica para los cargos de la administración pública desde jefes de división hacia arriba, no son medidas coercitivas, sino de salvaguarda. Su objetivo es garantizar que quienes ocupan posiciones de influencia y toma de decisiones no solo posean competencia técnica, sino también un compromiso demostrado y una comprensión intelectual de los principios y fines del proyecto político que administran. Esto convierte la lealtad en un criterio verificable y la aleja del terreno volátil de la simpatía personal o la conveniencia momentánea.
Resulta preferible, sin duda, invertir recursos y esfuerzos en esta construcción ideológica metódica, que lamentar después las costosas consecuencias de la deslealtad y la desviación (civiles caídos, jóvenes escoltas y seguridad del presidente asesinados, internacionalistas cubanos muertos, y otros). La corrupción, el fraccionamiento, la incoherencia en las políticas y, en casos extremos, la traición o el colapso de proyectos históricos, tienen a menudo su raíz en una falla ideológica previa: en la ausencia de convicciones sólidas y compartidas. Esta inversión es, en esencia, una estrategia de seguridad y sostenibilidad política, mucho más rentable a largo plazo que tener que enfrentar crisis de legitimidad o purgas correctivas una vez que el daño institucional ya se ha producido.
Recuerdo que en tiempos del comandante Chávez se organizó un curso ideológico gratuito para más de 1200 trabajadores del Metro de Caracas. Dos profesores de filosofía de la UCV se ofrecieron a dictarlo. Solo se necesitaba autorización para usar el auditorio del Metro, en la Hoyada, por lo que se solicitó permiso a su entonces presidente, Haiman El Troudi. Él ignoró la propuesta. El curso se ofreció también a otras instituciones, siempre de forma gratuita, pero nadie mostró interés. Solo Francisco Garcés, director de Funvisis en aquel momento, dio una aprobación, no sin antes señalar que el número de miembros de su institución en aquel momento no superaba la decena; igual, el curso nunca se dictó.
No obstante, a pesar de la indolencia, un desafío central persiste: la percepción generalizada de que el estudio ideológico formal y masivo es árido, abstracto y de resultados prácticos inmediatos poco evidentes. La apatía de la gente, e incluso de muchos cuadros, hacia este tipo de formación surge cuando esta se desvincula de los problemas concretos, de la práctica social y de la solución de necesidades tangibles. Por ello, el reto pedagógico y político consiste en demostrar, a través de una enseñanza ligada a la realidad y a la acción transformadora, que la ideología no es un dogma lejano, sino la herramienta de análisis y la guía para la acción eficaz, para prevenir el complot, la infidelidad, la deslealtad y la conjura.
En un mundo en crisis, la probabilidad de la traición aumenta
En un contexto de crisis económica profunda, y ya sabemos que son principalmente causadas por las sanciones unilaterales impuestas, las posibilidades de traición, entendida como deslealtad política, conspiración contra el gobierno o colusión con actores externos en perjuicio del Estado, se multiplican de manera significativa. La razón fundamental reside en la erosión del contrato social: cuando al Estado se le impide garantizar las necesidades básicas de la población, como empleo, seguridad alimentaria y estabilidad, la lealtad de los ciudadanos y de los actores dentro del propio aparato estatal se resquebraja. La desesperación y el resentimiento crean un caldo de cultivo donde las promesas de soluciones radicales o de recompensas inmediatas, provenientes de facciones internas o potencias extranjeras, pueden parecer más atractivas que la preservación del orden establecido, que es percibido como la causa del sufrimiento. En estas condiciones, el riesgo de que grupos militares, políticos o empresariales conspiren para derrocar al gobierno, o incluso para fragmentar el país, aumenta drásticamente.
Esta dinámica se ve agravada porque la crisis económica suele ir acompañada de una profunda debilidad institucional. La corrupción, la escasez de recursos y las medidas erradas para mantener el control suelen exacerbar el malestar, llevando a que sectores clave que tradicionalmente sostienen la sociedad, como élites económicas, funcionarios de alto rango o mandos medios de las fuerzas de seguridad, calculen que su supervivencia o prosperidad está mejor garantizada aliándose con una alternativa, aunque ello implique traicionar al gobierno actual. Además, las potencias rivales o los grupos con agendas separatistas pueden encontrar en la miseria y la fractura social una oportunidad para ampliar su influencia, financiando o apoyando a estos elementos desleales. Así, la crisis económica no solo genera el motivo para la traición (el descontento), sino que también proporciona la oportunidad, al debilitar los mecanismos de cohesión y control del Estado, haciendo que la lealtad se convierta en un bien intercambiable por supervivencia o poder.
Todavía hay tiempo
Confío plenamente en que superaremos lo ocurrido. El apoyo de una coalición de juristas internacionales nos permitirá alcanzar la justicia y repatriar al presidente y su esposa. Nuestra fuerza reside en la convicción de paz y soberanía. Los traidores, antes o después, serán descubiertos y su participación, probada. Ese será el momento de verificar si la enseñanza de Bolívar al fusilar a Piar caló hondo o si, por el contrario, nada se aprendió de ella, y es un mero episodio histórico.
INCONFORMIDAD, IDEOLOGÍA Y TRABAJO