En la actualidad, Venezuela enfrenta una agresión por parte de un poder imperial que viola flagrantemente los principios establecidos en la Carta de las Naciones Unidas. Si bien una intervención de este tipo era considerada posible, muchos dudaban de su materialización, en parte porque se presumía que el país contaba con capacidades de defensa suficientes para repeler una incursión militar inicial. Además, el conflicto debía evolucionar hacia una compleja guerra híbrida de quinta generación, que pondría en grave riesgo la estabilidad y la paz de toda la región latinoamericana. De extenderse e involucrar a otros actores de diversas maneras, este escenario podría prolongarse en el tiempo y tornarse excesivamente costoso para la potencia hegemónica agresora.
Hasta el momento, no existe una versión oficial detallada de lo ocurrido. Frente a este vacío, han surgido interpretaciones divergentes: mientras algunos atribuyen los hechos a una presunta traición dentro de las filas del chavismo, otros los explican por la abrumadora superioridad tecnológica de Estados Unidos. Entre estos dos polos, se extiende una amplia gama de posturas intermedias, de claroscuros, que matizan ambas perspectivas.
Existía la percepción de que, al ser aliados estratégicos de Venezuela, China y Rusia adoptarían una postura militar activa frente a una invasión como la efectivamente ocurrida. Un alto porcentaje de la población creía que las alianzas de Venezuela serían un escudo suficiente. Veamos esto un poco más en detalle.
Aunque Rusia y China son rivales estratégicos de EE. UU., su apoyo a Venezuela era principalmente diplomático, económico y de venta de armamento; no incluía un tratado de defensa mutua que garantizara una intervención militar directa. Se olvidó el principio chino de no injerencia en asuntos internos, ignorando que Pekín prioriza la protección de sus inversiones económicas sobre cualquier aventura militar lejana. Se asumió que Rusia proyectaría poder en América Latina. Sin embargo, sus compromisos en Ucrania y sus limitaciones logísticas hacían casi inviable una operación a gran escala en el Caribe.
Los errores de cálculo no fueron solo estratégicos, sino también cognitivos:
Ilusión de invulnerabilidad: Los años de resistencia exitosa a sanciones y presiones diplomáticas crearon una falsa sensación de seguridad y una subestimación del riesgo real.
Inercia estratégica: La inteligencia venezolana operó con métodos tradicionales que no interpretaron adecuadamente a la administración norteamericana. Trump desafió abiertamente el derecho internacional y ordenó una operación de secuestro contra un presidente en ejercicio, alegando que era una "operación policial" para eludir los requisitos del Congreso.
En relación con la Federación Rusa, es oportuno decir que Rusia mantiene una relación estratégica con Venezuela, pero no puede asumir su defensa militar por una serie de limitaciones jurídicas, militares, económicas y geopolíticas. Estas son las principales razones:
Ausencia de un tratado de defensa mutua: Con Venezuela no existe un pacto que obligue a Moscú a intervenir con sus fuerzas armadas en caso de agresión.
Compromisos militares prioritarios en Ucrania: El esfuerzo bélico ruso está concentrado en la guerra de Ucrania; un conflicto en un teatro tan lejano como Venezuela sería inviable.
Riesgo de confrontación directa con Estados Unidos: Una intervención militar rusa en Venezuela sería interpretada por Washington como una provocación grave y podría escalar hacia un conflicto abierto entre las dos potencias nucleares.
El tratado de asociación estratégica no incluye defensa automática: Aunque en 2025 se firmó un “Tratado de Asociación Estratégica y Cooperación”, este no contiene cláusulas que comprometan a Rusia a defender militarmente a Venezuela.
Sin embargo, hay que señalar que existen preocupaciones económicas y energéticas: a Rusia le preocupa que Estados Unidos, al controlar los yacimientos venezolanos, pueda inundar el mercado con crudo barato y hundir los precios, afectando gravemente sus ingresos.
En relación con China:
Doctrina de No Intervención: Su política exterior se basa en el principio de no injerencia en asuntos internos, soberanía nacional y defensa del derecho internacional. Rechaza el "flagrante uso de la fuerza" y promueve la resolución mediante negociación y diálogo.
Distancia Geográfica y Logística: Carece de bases militares en el hemisferio y de la capacidad de proyección de poder global para sostener una operación militar a gran escala y prolongada tan lejos de su territorio.
Falta de Tratado de Defensa Mutua: La cooperación con Venezuela se define como económica, energética y de apoyo mutuo, sin un pacto militar que obligue a una defensa automática.
Estas son algunas de las razones por las cuales, tanto Rusia como China, no están en capacidad —al menos jurídicamente hablando— de acompañar más de cerca a Venezuela en el plano militar (conocidas a la perfección por los Estados Unidos).
Dados estos detalles, el lector podrá tener una mejor comprensión del quehacer geopolítico mundial y sus implicaciones.
Venezuela sigue en pie; la partida de ajedrez no ha terminado. Fuerza, inteligencia, valor y ganas es lo que sobra.
*INCONFORMIDAD, IDEOLOGÍA Y TRABAJO*