La Cuarta Ideología del Capitalismo: la antropofobia

La Modernidad es un término que equivale a capitalismo. Cuando la civilización cristiana inició su ruina (siglo XIV, siglo del nominalismo y del auge individualista y burgués) fue, justamente, el punto en que la Tierra y el Trabajo devinieron mercancías.

Pero hablar de Tierra y de Trabajo es, precisamente, hablar del hombre. El hombre sin raíces, ya no es hombre: es una unidad discreta y reemplazable. El hombre echa raíces en la Tierra, y es él mismo la Tierra. Trazando surcos y comiendo sus frutos, recorriéndola tras el rastro de presas, buscando tierras nuevas cual si fueran presas ellas mismas... El hombre es la Tierra.

Los "ambientalistas" de hoy en día han perdido la cabeza. Dicen que el hombre es una plaga. Ellos, tan preocupados como dicen estar por la Tierra, se han empapado completamente de las ideologías modernas, todas ellas derivadas del capitalismo y sólo van a contribuir a que éste siga en ascenso, dando nuevas vueltas de tuerca. Toda ideología capitalista, ya provenga de la izquierda, ya de la derecha, ve al hombre desarraigado de la Tierra: siempre, incluso bajo el colectivismo más atroz, esta ideología entiende al hombre como unidad discreta desplazable de un punto al otro de la Tierra. Así, fácilmente, se llega por vía directa a una antropofobia. El odio al hombre, es decir, el maltusianismo más o menos disimulado, se explica de esta guisa.

Hablar del hombre es también hablar del Trabajo. El hombre es el Trabajo. Todo lo verdaderamente humano es Trabajo: la crianza de los niños, el aseo y cultivo del cuerpo, buscar el sustento y el descanso merecido para, así, poder volver al Trabajo, producir ideas o cosas. Todo lo humano es trabajo. Un Estado popular y socialista es un Estado del Trabajo, no un Estado de parásitos mantenidos con la renta universal básica. Los "libertarios" también han perdido la cabeza. Ellos son un producto averiado del propio capitalismo, y hacen -sépanlo o no- la sucia labor de apuntalarlo. Maldicen el trabajo, cual "luditas" del siglo XXI, y apuestan por una erotización global de la existencia, ignorando que el propio hombre, un compuesto somatopsíquico, vive rítmicamente.

La descarga erótica y la fruición lúdica sólo se pueden dar tras periodos apolíneos, de tensión y represión productiva. Hay que producir y soportar, para luego distender y descargar. Lo que ocurre es que el capitalismo tecnologizado, que se especializa en deslocalizar y acabar con los oficios, necesita de ese nuevo Malthus disfrazado de ecologista y de libertario: "no tengáis Tierra y no tengáis Trabajo". Sed como niños, alimentados por un biberón (renta básica universal), y distendidos, "flojos", con respecto a aquello en que el hombre demuestra ser hombre y no bestia: para la guerra justa, donde los hombres se rebelan ante una violación de sus derechos, y para la producción, donde los humanos trabajan para su propio sustento e independencia, y en ello crean valores.

Libertarios y "ambientalistas" son la plaga liberal. No se crea que infestan únicamente las filas de la llamada izquierda, sea esto, "izquierda" lo que signifique en cada país, a pesar de su retórica anticapitalista. La plaga ha infestado a las masas que militan en esa nueva derecha desprendida de toda tradición, cínica, individualista, antropofóbica.

El odio al hombre se expresa de una forma extrañamente gnóstica. El capitalismo ha ido mutando en sus ideologías (liberalismo, socialismo, fascismo, las mismas que, en este orden Dugin llama "teorías políticas"). Pero la cuarta ideología que el propio capitalismo ha fabricado consiste en la condena de la propia Tierra y del propio Trabajo, esto es, la condena del hombre. "El hombre es malo, y lo que desde siempre ha servido para humanizarlo, para desprenderle de su condición de mera bestia, debe ser destruido", así reza la cuarta ideología del capitalismo tardío occidental. No se trata ya de reformar el trabajo, la propiedad de la tierra y de los demás bienes, ya no es cuestión de crear un nuevo Estado o unas distintas jerarquías de poder… Eso es viejo, se ha intentando en las tres ideologías modernas precedentes. La cuarta, que no es la de Dugin y que, de hecho, adviene de la mano de magnates anónimos y fondos especulativos depredadores, tiene un nombre: la destrucción del ser humano mismo.

El hombre sin Tierra, desprendido del campo, es la hormiga del asfalto, el animal solitario y homogéneo que vive en celdas sin familia, en la gran urbe cosmopolita (Spengler). Es, básicamente, estéril y descualificado. Se trata de un masturbador en estado puro, aun cuando juegue en pareja. A costa de reducir la realidad a una serie fantasías egoístas, él mismo se vuelve irreal, irrelevante. Es una banalidad ontológica. Se vuelve nihilista porque él es nada.

El hombre sin Trabajo es el cero a la izquierda. Le supera cualquier bestia cuando busca, famélica, una presa o recorre una provincia tras un charco de agua. La criatura meramente instintiva adelanta en dignidad metafísica al hombre que renuncia a ser productivo, anhelando ser mantenido, y posterga su capacidad fértil, yéndose del mundo sin cumplir con sus deberes reproductivos. La plebe romana se volvió peor que las fieras que, en su nombre, devoraban carne humana en los circos. Volverá el circo romano a escala mundial: el gran negocio será devorar (directa o metafóricamente) carne humana mientras la plebe expectante se conecta a los biberones.

La mercantilización del hombre, el uso extractivo de su propio cuerpo y de cada rincón del alma, son procesos que parecen imparables. Al menos en Occidente. Como el hombre de estas partes del mundo ya no produce, "se ofrece". Debe tenerse en cuenta que, en el modo de producción esclavista, no todo esclavo era productivo.



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Carlos Javier Blanco

Doctor en Filosofía. Universidad de Oviedo. Profesor de Filosofía. España.

 carlosxblanco@yahoo.es

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