El gradual y controlado desvelamiento de los archivos Epstein, ese lodazal que narra atrocidades de las élites, a su vez progresivamente controlado por una fracción de ellas, indica a las claras en qué punto se encuentra el mundo.
El punto del nihilismo. El último hombre. La noche de Occidente. Pero quizá más que eso. Este "más allá" queda insinuado en este artículo.
Las élites de Occidente forman un grupo interconectado, cerdos con aspecto humano, que combinan el abuso y explotación de menores, con el tráfico de carne humana a una escala más amplia. El tal Epstein, según se va sabiendo, era el "perejil de todas las salsas", el ejemplo más nítido de que cómo un ser depravado encarna un Sistema. El propio Sistema es la depravación.
El Sistema de Occidente es el modo de producción capitalista neoliberal y globalista, régimen hegemónico en esta parte del mundo cuyo capitán son los Estados Unidos. Todas las otras grandes potencias mundiales no occidentales (Rusia, China, India…) también son capitalistas, pero encauzan sus economías en clave estatal-nacional y, cuando alcanzan gran proyección internacional, su meta no es globalista al modo anglosajón, sino crecimiento en un marco multilateralista donde cada nación conserva sus usos y costumbres. Capitalismo sin anglosajonización.
El Sistema de Occidente hoy en día está liderado por una superpotencia, los Estados Unidos de América, pero se va revelando poco a poco que esta superpotencia a) está en declive irreversible, b) no es un país al uso, más bien es una gran superestructura o maquinaria controlada en gran parte por la
Entidad Sionista (llamada, cándidamente, "Estado de Israel").
Los archivos Epstein despiertan, lógicamente, la indignación moral. Y a este plano exclusivamente moral es al que quieren conducirnos a nosotros, los pobres "goyim" o carne para el matadero, al pueblo. Sucede exactamente lo mismo que con el debate de la "emigración". Se nos quiere frenar la lengua y la protesta con un hecho innegable: "ellos también son personas". Lo son, sin duda. Pero las patrias están formadas por pueblos, personas nativas que hacen y sienten suya su historia, tradición y territorio. No son "centros de acogida" gigantes. La caridad no es la ley ni el gobierno. Pues bien, los archivos Epstein indican algo más que el simple aserto indignante "nos gobiernan sucios depravados". Es más que eso.
De los pocos analistas que, a mi juicio, aciertan, tengo al profesor Dugin situado inequívocamente como el mejor. En una reciente entrevista, el filósofo y geopolitólogo ruso entiende el fenómeno de la siguiente manera: Occidente no es, simplemente, un lodazal nihilista en el cual unos pueblos degenerados tras décadas de ingeniería social (desde 1945) aceptan unas élites económicas, científicas, culturales y políticas que son, en lo básico, tan sucias como ellos. Acaso las gentes de poder suben grados en prepotencia y osadía comparadas con el pueblo llano, pero básicamente "el último hombre" nietzscheano es ya el Occidental, y más decaído cuanto más arriba está en el podio. Aceptamos la pederastia, el adoctrinamiento de género, la invasión alógena, los cambios de sexo, el aborto (incluyendo el aborto "postnatal", vide Peter Singer), el animalismo, la zoofilia, la poligamia, etc…Todo eso lo estamos dejando entrar en nuestras escuelas, en nuestros medios de comunicación, en nuestro fuero interno. ¿Nos puede extrañar que las élites sean todavía más nihilistas, desnortadas, perversas que el ciudadano medio consentidor?
Aquí es donde Dugin da en el clavo. No es solo nihilismo lo que en Occidente manda: es satanismo. El tipejo llamado Epstein poseía el control de muchas voluntades de la élite occidental. Si quieres entrar en los círculos globalistas de poder, no quedar como un "provinciano", debías cometer un crimen, ser registrado y marcado y, después, bien agarrado a nivel testicular, todo serán para ti puertas abiertas. Lejos de un cándido planteamiento ateo ("sin Dios"), el círculo globalista depravado posee su propia religión: el Anticristo, Satanás.
Hay gente que se ríe cuando en la geopolítica un escritor ("conspiracionista") introduce, como hace Dugin, a Satanás, a Lucifer, el Anticristo o el Fin del Mundo. No es gracioso. La religión trans-humanista que se va conociendo a través de los archivos Epstein indica que el "superhombre" buscado en tales círculos de poder es una verdadera destrucción del hombre y un crimen horrendo contra Dios y contra todo lo que hasta ahora hemos considerado sagrado. La perspectiva, cada vez más probable, de una guerra nuclear, puede significar –en puridad- el único agujero de salida para una élite criminal que ha parasitado este modo de producción capitalista altamente financierizado. O se oculta, o aquí volamos todos por los aires y nos desintegramos, piensan ellos.
Lo cierto es que aunque se oculte esta inmundicia, ya se conoce lo suficiente. La Entidad Sionista es el centro neurálgico e irradiador de un tipo de poder basado en una religión que no es judía ni cristiana, es satánica. La presencia abultada de científicos en esa isla de la depravación constata que los ideales masónico-luciferinos ya reconocibles en el siglo XVIII, siglo de las "luces" (Lucifer como "portador de una oscura luz"), se están cumpliendo en el Occidente globalista. La "Internacional de los Tradicionalistas" predicada por Dugin se hace más necesaria que nunca.