La virilidad de la Fe

Hay que economizar virilidad en un celibato. Es decir, en un monacato activo. El autor de la Peau de chagrín, Honorato de Balzac, que nos ha dejado tantos hijos del espíritu —todo un pueblo—, sin que sepamos que haya dejado uno solo de carne, en un profundo estudio de la vida de provincia, "vida de ganas". El cura de Tours, donde leemos aquellas admirables líneas sobre la cittá dolente de las doncellas viejas a propósito de mademoiselle Salomón, que hizo madre quedando virgen, Balzac, al fin de esa joya psicológica, escribió una página imperecedera sobre el celibato. Vese allí, ante todo, a Hildebrando, el terrible Papa —sólo un célibe puede ser infalible, sólo el que economiza su virilidad carnal puede afirmar o negar impudentemente—, diciendo: "¡En nombre de Dios, te excomulgo!", y pensando: "¡Dios, en mi nombre, te excomulgo! Anathema sit!"

Y se habla allí de "el egoísmo aparente de los hombres que llevan una ciencia, una nación o leyes en su seno… para parir pueblos nuevos o para producir ideas nuevas"; es lo que Balzac llama "la maternidad de las masas". La maternidad y no la paternidad. Lo mismo que no dice "engendrar", sino "parir" (enfanter) pueblos nuevos. Y añade que deben unir en sus poderosas cabezas "tetas de la mujer a la fuerza de Dios". La fuerza de Dios es virilidad. ¿Dios es macho o hembra? En griego, el Espíritu Santo es neutro, pero se identifica con Santa Sofía, la Santa Sabiduría, que es femenino.

¡Un remedio a la concupiscencia! ¡Pobre mujer! Ella, a su vez, se salva haciendo hijos (I Tim., II, 9), si es que no sabe hacer otra cosa. Porque el hombre no viene de la mujer, sino la mujer viene del hombre (I Cor., XI, 9; Efes., V, 23), puesto que Eva fue hecha de una costilla de Adán. Sin embargo, la Virgen Madre, de la cual el viril Apóstol de los gentiles no habla jamás, claro está, no nacido de una costilla del Cristo, sino éste, el Cristo, nació de una mujer (Gal., IV, 4).

¡La fe de gracia pura! El Ángel del Señor entró en el cuarto de María, y saludándola le dijo: "No temas. María; has hallado gracia ante Dios", y le anunció el misterio del nacimiento de Cristo. Y ella le preguntó cómo podría ser eso, pues que no había conocido hombre, y el ángel se lo explicó. Y ella: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra." Y el ángel se fue (Luc., I, 26-39).

¡El Cristo nació de una mujer! Y hasta el Cristo histórico, el que resucitó de entre los muertos. Pablo nos cuenta cómo fue Pedro por quien fue visto el Cristo —no dice que Pedro le viera, sino que el Cristo fue visto por Pedro, en pasiva—, y el último por quien fue visto fue por él, por Pablo, "el menor de los apóstoles" (I Corintios, XV, 8). Pero el cuarto Evangelio, el que alguien llamaría el Evangelio femenino, nos cuenta que la que la primera persona a quien se apareció el Cristo resucitado fue una mujer, María Magdalena, y no un hombre (Juan, XX, 15-17). El Cristo fue visto por Pedro, oído por la Magdalena. Cuando ésta lo tuvo delante, en cuerpo espiritual, en visión, no lo reconoció hasta que, habiéndole oído que decía amorosamente: "¡María!", ella respondió: "’Rabbuní!", es decir: "¡Maestro!" Y el Cristo que no era una pura visión, una figura que no dice nada, sino el Verbo, la Palabra, le habló. Y Jesús dijo en seguida a la Magdalena: "NO me toques." El que tenía necesidad de tocar para creer era un hombre, Tomás. Este tenía necesidad de ver en las manos de Jesús las señales de los clavos y tocarlas con el dedo, ver con el toque. Y es a quien Jesús dijo: "Sino hubieras vistos, no habrías creído. ¡Bienaventurados los que creen sin ver!" (Juan, XX, 24-30). Y así es como se dice que la fe consiste en creer lo que no se ha visto, sino oído. Y el Cristo, después de haber dicho a la Magdalena: "No me toques", le dijo: "No ha subido todavía hacia mi Padre y el vuestro, mi Dios y vuestro Dios." Y María se fue a contar lo que había visto y, sobre todo, lo que había oído.

La fe es pasiva, femenina, hija de la gracia, y no activa, masculina y producida por el libre albedrío. La visión beatifica es buena para la otra vida; pero ¿es visión o audición? La fe en este mundo viene de Cristo, que es el que resucita y no de la carne (Roma., X, 7), del Cristo que fue virgen, cuerpo de que cristianos son miembros (I Cor., VI, 15) según la polémica pauliniana.

¿Y la fe? La fe verdadera viva, la que vive de dudas y no las "sobrepuja", la fe de un Renán, es una voluntad de saber que cambia en querer amar, una voluntad de comprender que se hace comprensión de voluntad, y no unas ganas de creer que acaban por virilidad en la nada. Y todo esto en agonía, en lucha.

—Cuéntase que cuando el escorpión se ve rodeado de llamas y amenazado de perecer en el fuego se hunde su propio aguijón envenenado en la cabeza. Nuestro cristianismo y nuestra civilización, ¿no son un suicidio de este género?

¡La Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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