La máxima felicidad social: El bien común (III)

Observar el bien común
¿Cómo observar hoy el bien común? Se trataría, en el contexto de nuestra actualidad, de interrogar de modo genérico, el vínculo político que hace de la imagen todavía el epicentro del sentido. O connotar, quizás, dicha pertenencia imaginaria a partir de una comunidad limitada lingüísticamente. La primera pertenencia, aquella que no se escucha, aquella que no se ve, es precisamente la pertenencia a la lengua, a una lengua primera. Si de lo que aquí se trata es de un observatorio del bien común, no interesa la sóla certificación de una práctica provista de interés. Comprometer dicha práctica con una operatoria de la lengua metafísica conlleva la apropiación de su crítica. El uso del viejo nombre "dígase bien común" significa, actualmente, desatender el concepto en beneficio de la función. El bien común responde de este modo a una escena que se define mucho más por sus movimientos que por una localización tradicional. Una teorización radicalmente especulativa acerca del bien común propondría antes que nada fundarse en un concepto definido con rigor. Lo que parece gravitar aquí con renovada fuerza es la cuestión del fundamento. Ëste parece constituir la articulación primera de un proyecto que ha empezado a vislumbrarse. Todo indica que dicho fundamento debe preceder, necesariamente, toda andadura organizada a-posteriori. Situar el fundamento allí donde pareciera comparecer su pertinencia más usual, esto es, en el origen, nos obliga a una delimitación cuidadosa y, llegado el momento, nos persuade para hacer abandono de lo imprevisto. En consideración a ésto quizás convenga, de acuerdo con cierta decisión filosófica, rodear el fundamento para ingresar en él muy subrepticiamente, por la puerta trasera o mejor aún, por la ventana más insignificante. Sin embargo, la relativa ambigüedad con que nos llega incluso su función, consiste en la diferencia que separa un ejercicio edificado en la virtualidad científica o uno edificado provisionalmente en la interpretación de su experiencia. Este último no nos remite a un fundamento lógicamente construido sino que, por el contrario, se adhiere a una referencia constelada y nebulosa, evanescente, apenas representable. Ocurre que una idea no es el fundamento del observatorio, ese fundamento es la observación misma. Allí, en medio de historias de carácter tecnológico se pondera la capacidad expansiva de nuestro límite ocular. Modernamente Bentham había ideado un dispositivo arquitectural cuya transparencia vidriosa le permitía, a quien tenía la responsabilidad de la vigilancia "una vigilancia que era siempre rehabilitación" operar sin ser visto. Cárcel, manicomio, escuela, iban a ser el ámbito de una transición conceptual con dimensiones descomunales a nivel de la inteligencia del poder. Si el vigilante no podía ser visto en el preciso momento de su acto singular, entonces ya no habrá en el futuro un control circunscrito a materias o conductas reprochables, sino un régimen de vigilancia insomne e invisible. Queda por saber, hoy, si toda esa tradición ha quedado reducida a la fisinomía de un fantasma o, como efecto de un golpe de vista específico, a la obsecada constancia de la crítica democrática enfrentada a las prótesis mediáticas. Desde la perspectiva de una trayectoria histórica evidente, el bien común, parece remitirnos al ajuste de cuentas y a la dificultad. Uno estaría tentado a pensar más bien en la dificultad del ajuste en donde un sinfin de extraños gestos finalmente son capaces de articular demandas contradictorias, móviles, cambiantes, imposibles de manejar a no ser por la renuncia a la fuerza y en más de una ocasión por la renuncia a aquello que asociamos con la razón. ¿Pero es posible observar hoy el bien común, cuando el acto de observar nos destina a un recurso epistemológico de las llamadas ciencias naturales? O todavía más, dicha idea, la de bien común, ¿no pertenecería en nuestra actualidad a ese archivo de conceptos que de tanto pronunciarse estarían condenados a su desgaste? No sólo habitaríamos un concepto que nos instala en la tradición metafísica más entrañable, sino además, dicho concepto se habría escindido hasta significar aquello que los interesen en pugna logran instalar. No obstante, el bien común, hoy, parece no tener estatuto y es que dicho bien ya no depende de una estabilidad consagrada ni por la ley, ni por el consenso. Se desgaja en ocasiones a partir de un incondicional lejano y prohibido. Responde a un cierto movimiento en la frontera, desconocido e imprevisto cuyo verosímil ya no sería ni la discusión permanente ni su transparencia. ¿Cómo observar, entonces, dicho movimiento sino desde la imposibilidad del lugar, esto es, la de su propia voz y la de su propio ojo? El bien común sería lo opuesto a las prácticas antidemocráticas bien lo sabemos; pero a pesar de lo fundamental que resulta señalarlo, un deslinde como éste ya no basta. Ya no basta con facturar en la retórica de una pureza a toda prueba, ni en el sitio de una subjetividad soberana un concepto de bien común acuñado, en términos generales, por su propia representación política. Un concepto como ese debe responder a una distancia o a un retraso. La distancia dice relación con el territorio y el retraso con la temporalidad, ambas coordenadas, respectivamente, se dicen de la finitud y ambas pueden producir unos efectos inusitados allí donde la doctrina del bien común querría permanecer inalterada, o a la inversa, tributaria de una fragmentación infinita. Algo así ya no podría concebirse, entonces, únicamente bajo el signo de la verdad y de su historia, cuando de entrada ésta se halla comprometida en el laberinto del poder. La historia designa únicamente el conjunto de condiciones de las que hay que desprenderse para crear algo nuevo, en este contexto, el concepto de bien común ya no está ni del lado de la verdad pura, ni sometida a poderes gubernamentales o privados que exigen que todo pensamiento se subordine a la eficacia y a la utilidad. Muy por el contrario, el bien común es otro nombre para la experiencia de la justicia en tanto que dicha experiencia es siempre la experiencia del otro. Es en su relación con la justicia que el concepto de bien común no se deja subsumir en ningún otro concepto. Se trata, primeramente, de una idea de justicia que siempre cede en favor del otro. Se trata de ser justo con cierta disposición para que algo pase, para que algo irrumpa. La justicia se concreta según ésto a través de su incorporación a un ritmo que retrasa el tiempo, a una imagen nomádica que se distancia de la identidad conocida.
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1.-- De Cicerón a Santo ToIndudablemente que JACQUES MARITAIN es uno de los grandes expositores del BIEN COMUN. Este tema es bien elaborado en su obra « LA PERSONA HUMANA Y EL BIEN COMUN », donde él expresa los fundamentos metafísicos de la doctrina cristiana.
La primera interrogante a la que debemos responder es el cuestionamiento de si la sociedad es para cada uno de nosotros, o es cada uno de nosotros para la sociedad.
« Lo que constituye el BIEN COMUN de la sociedad política no es sólo el conjunto de los bienes y servicios de utilidad pública o de interés nacional ( carreteras, puertos, escuelas, etc.), que supone la organización de la vida común, ni las buenas finanzas del Estado, ni su potencia militar ; no es solamente el entramado de las leyes justas, de buenas costumbres o de sabias instituciones que dan su estructura a la nación, ni la herencia de sus grandes recuerdos históricos, de sus símbolos y de sus glorias, de sus tradiciones vivas y de su tesoro de cultura.
El BIEN COMUN comprende todas éstas cosas, pero aún mucho más, y más profundo y más humano ; pues también y ante todo comprende la propia suma , muy diferente de una simple colección de unidades yuxtapuestas.
Como Aristóteles nos enseña, incluso en el orden matemático, seis es algo distinto de tres más tres, comprende la suma, decimos o la integración sociológica de cuanto hay de actividad, de prosperidad material y de riquezas del espíritu, de sabiduría hereditaria, inconscientemente activa, de rectitud moral, de justicia, de amistad, de felicidad, de virtud y de heroísmo en las vidas individuales de los miembros de la comunidad debido a que todo es, en cierta medida, comunicable, y se revierte sobre cada miembro de la sociedad, ayudándole así a perfeccionar su vida y su libertad de persona.
Es todo esto lo que constituye auténtica vida humana de la multitud. »
La persona humana está ordenada directamente a Dios, como su último fin absoluto, ésta ordenación directa a Dios trasciende todo BIEN COMUN creado.
El fin de la sociedad no es el bien individual, ni el conjunto de los bienes individuales de cada una de las personas que la constituyen.
El fin de la sociedad es el bien de la comunidad, el bien del cuerpo social.
Estamos viviendo problemas que tienen mucha relación con el individualismo y la personalidad, sobre la persona y la sociedad.
El comunismo y el totalitarismo crearon un materialismo que debe ser superado, no con el neoliberalismo capitalista que ha pretendido sustituirlo todo con el capital y el mercado, sino con un sistema basado en la justicia social el BIEN COMUN.
El liberalismo siempre defendió el individualismo, pregonando que cada cual debía empeñarse por su propio éxito, y así velaba por el progreso de toda la sociedad económica.
El Estado es el responsable máximo, guardián supremo del BIEN COMUN, aunque ésta función no está limitada sólo a el, sino a toda la sociedad. El Estado debe impedir los abusos de quienes pretenden enriquecerse a costa de los más pobres, humildes y marginados.
« Ese BIEN COMUN es la convivencia de la vida humana de la multitud, de una multitud de personas ; su comunicación es el bien servir. Es pues, común al todo y a las partes sobre las cuales se difunde, y con el deben beneficiarse. »
El materialismo no reconoce nunca la parte espiritual y eterna del hombre, es uno de sus principales defectos, ha sido incapaz de comprender la naturaleza de la sociedad.
El individualismo materialista se ha desviado de la parte espiritual de la persona. En la actualidad corremos el riesgo de continuar buscando en otro tipo de individualismo, como es el neoliberalismo, que es perjudicial al BIEN COMUN de la sociedad. El sistema humanista debe estar basado en el personalismo comunitario :
« La verdadera concepción de la vida política no es exclusivamente personalista ni exclusivamente comunitaria, sino personalista y comunitaria a la vez, ya que ambos términos se completan y se exigen mútuamente. Así se comprende que nada es más erróneo que plantear el problema de la persona y el BIEN COMUN en términos de oposición. »
El BIEN COMUN es un bien que beneficia a todas las personas y a cada persona que constituye el Estado, respetando la dignidad de la naturaleza humana. Es material, intelectual y moral : nunca representará ventajas, beneficios o privilegios en favor de alguien.
más de Aquino
Elementos esenciales constitutivos del bien común
Hay cuatro elementos básicos constitutivos del bien común:

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Un conjunto de bienes y servicios de todas clases: bienes y servicios materiales, bienes y servicios culturales, bienes y servicios morales. Para que se realice el bien común tales bienes y servicios deben darse en la cantidad o proporción exigidos por el tiempo y lugar y han de estar debidamente jerarquizados: los materiales subordinados a los culturales y unos y otros a los morales.
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Una justa distribución de los bienes: Los bienes deben estar al alcance de los miembros de la sociedad para que cada uno pueda conseguir el disfrute necesario para su pleno desarrollo, según vocación y talentos. Mas todos los individuos y comunidades menores de la sociedad deben participar, en la medida de su respectiva prestación, del bien común resultante de la
cooperación.

No hay que olvidar la función social de la propiedad. Los bienes poseídos, en cuanto sobrepasan a la digna sustentación del propietario, deben destinarse por éste a actividades en favor de los demás. De lo contrario, es fácil caer en el uso injusto de las riquezas.

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Unas condiciones sociales externas: Tales condiciones deben permitir a las personas su desarrollo, ejercer sus derechos y cumplir sus deberes. El clima formado por las condiciones sociales externas postula:

- La implantación y mantenimiento del orden público.
- El ejercicio de las libertades ciudadanas.
- La paz social.

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Una adecuada organización social: Tal organización supone estos elementos integrantes:

- Un ordenamiento jurídico (garantía externa del bien común).
- Una ordenación económica (base material del bien común).
- Un sistema educativo (garantía interna del bien común).
- Un orden político (promotor del ordenamiento jurídico, de la ordenación económica y del sistema educativo).
Es tan importante el bien común en la enseñanza de la Iglesia, que Tomás de Aquino llega a considerarlo aliquid divinum. Es que para los cristianos, no hay solamente verdades que creer, sino también verdades que hay que poner en práctica.
La ausencia de sensibilidad para el bien común es un signo cierto de decadencia de una sociedad, porque cuando se erosiona el sentido de la comunidad, disminuye la inquietud por el bien común. Una buena preocupación comunitaria es el antídoto a un individualismo desenfrenado que, como el egoísmo ilimitado de las relaciones personales, puede destruir el equilibrio, la armonía y la paz en el seno de los grupos, de los vecindarios, de las regiones y de las naciones.

*Abogado y Analista Político. Director de Ideología y miembro del Comando Táctico Regional (CTR) del MVR en el Edo. Bolívar en proceso de disolución.Rumbo al Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). jmartoranoster@gmail.com, j_martorano@hotmail.com, juan_martoranocastillo@yahoo.com.ar


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Juan Martorano Castillo

Abogado, Activista por los Derechos Humanos, Militante Revolucionario y de la Red Nacional de Tuiter@s Socialistas (RENTSOC).

 jmartoranoster@gmail.com      @juanmartorano

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