Gracias por el Partido

El que escribe el presente artículo, al respecto ya había hecho otro artículo sobre este tema alrededor del mes de Abril: “Consideraciones sobre el Partido Único” y publicado en Aporrea (www.aporrea.org/poderpopular/a25837.html), donde da sus consideraciones sobre esta figura política propuesta por el Presidente. No obstante, en aquel momento el tono con que aparece esta “línea” presidencial se parecía más a la de un debate, hasta un tono propositivo en su propio lenguaje, tanto así que el partido iba a estar precedido por un “Congreso Ideológico” lo cual le daba un sabor abierto y de rastreo de ideas. En síntesis reconociendo la buena voluntad del Chávez y de quienes auguraron en favor de dicha idea desde un principio, lo expresado por aquel artículo tenía como base principal el criticar el “retorno” a la forma partido como medio de consolidación y profundización de un proceso revolucionario dentro del mundo que hoy vivimos, el pasado revolucionario que tenemos a nuestras espaldas y las características concretas del proceso revolucionario que comenzamos a atravesar en este país, estableciendo consideraciones propias y alternativas a la salida “partido” planteada.

Pero desde el día 15 de Diciembre las cosas han cambiado completamente. Después de la amplia victoria electoral conseguida gracias –otra vez- a un esfuerza majestuoso, combinado y libérrimo, del movimiento popular y bolivariano, además del compañero Chávez por supuesto, y la oferta del presidente de cambiar las cosas a fondo dentro del gobierno que preside, el partido se convierte en sus palabras en el sujeto mayor del cambio antiburocrático y socialista prometido.

Interpretación de todo esto…Si el gobierno ha de cambiar realmente, entonces el acumulado burocrático, mafioso y corrupto que se ha venido acumulando en 8 años –y mil veces dicho, advertido y gritado por los “grupúsculos ultraizquierdistas infiltrados por la CIA”- entonces lo primero que hay que acabar es con los partidos y fracciones políticas (y militares si no lo recuerdan) que son la génesis fundamental de semejante cáncer de estado, sustituyéndolos por un cuerpo político unificado que recoja en su seno lo esencial del “pueblo bolivariano” militante. De allí que ya no sea una propuesta ni a discutir ni a establecer su validez o no. La decisión esta tomada sin vuelta atrás y sin formalismos ideológicos y de palestra académica de por medio. Es un partido revolucionario, socialista, radicalmente democrático, indoamericano, venezolano y bolivariano y ya. Siete millones y tanto de votos depositados a favor de Hugo Chávez y que no le pertenecen a ningún partido electoral sino a él, le dan permiso al líder de este proceso para tomar semejante decisión sin mucho parafraseo debatiente. Más allá aún, todo esto se cierra con un corolario todavía más importante: cualquiera que no este de acuerdo tiene el derecho a tomar su camino, pero que sepa de una vez que queda fuera del gobierno. En síntesis, el gobierno de Venezuela en los próximos tiempos será un gobierno del PSUV.

La “cultura del debate”, la “libre expresión de tendencias”, la “democracia revolucionaria”, sin dudan que lloran ante semejante decisión a sabiendas de la trascendencia de ella. Sin embargo, y a pesar de que confieso cargar también con ese llanto por dentro, en el fondo se le agradece al presidente pasar esta vez por encima de todo el “deber ser” de la “revolución del siglo XXI” e imponer las cosas en la mejor y más positiva versión del “caudillismo igualitario”. Un debate con toda la fanfarria de un “Congreso Ideológico”, hubiese dejado para los papeles a uso de historiadores e ideólogos cosas muy interesantes, quizás también hubiese sido un excelente taller político-ideológico para muchos miles que nos hubiésemos implicado en el debate, incluido el compañero Chávez. Pero también hay que decir que al menos para los que no estamos de acuerdo con esto de las salidas formalmente “partidarias” como vía hoy en día de unificación y dirección revolucionaria, hubiese sido una pelea perdida y que a la final habría llegado a lo mismo o algo muy parecido a lo que ya ha dejado establecido el compañero Hugo Chávez sin mucho congreso.

En realidad la ausencia de este debate lo que hace es aclarar algo muy importante. El problema del partido dentro del tiempo y las circunstancias concretas que vive la revolución bolivariana, primero, no es en sí un problema de unidad popular, proletaria, de los trabajadores, de la base empobrecida, o como quiera llamársele, en torno al proyecto revolucionario. Esa unidad está requete probada y ejercida con pasión y por millones sin distingo de raza ideológica, partido o corriente. Ni es tampoco un problema de direccionalidad política del gobierno que se atribuye la conducción del proceso, ya que esta conducción esta muy bien delimitada y querida alrededor del la figura de Hugo Chávez, presidente de dicho gobierno. Ni es un problema de organización “de masas” como tal ya que esto pasa hasta constitucionalmente por vías no estatales, gobernantes o intermediarias como es el caso del partido y sus correas de transmisión, pasa por algo cosa que hemos llamado “poder popular”, que no es correa de transmisión ni instrumento de nadie sino de él mismo. El problema parece concentrarse en el reconocido caos que vive el gobierno tanto desde el punto de vista administrativo, como de coherencia y consistencia programática de los agentes que mayoritariamente lo constituyen como sistema, es decir, como conjunto gobernante de instituciones, direcciones, gobernaciones, poderes regionales, locales, etc, incluidos nuestros queridos diputados y líderes partidarios. El compañero Chávez esta hablando y dirigiendo un proyecto revolucionario que nada tiene que ver con el ser y el hacer de una inmensa mayoría de este grandioso conglomerado de personas, y es aquí donde se tranca el serrucho y donde aparece la figura del partido como sujeto de salvación.

Nada tiene que ver entonces este partido con el clásico debate marxista, leninista, trotskista, socialdemócrata, de las corrientes de “liberación nacional”, en torno al problema de la “unidad y organización del proletariado”, de la “alianza popular” y la “dirección revolucionaria”. El problema, al contrario de lo que parecía en un inicio, es mucho más pragmático y apegado a una necesidad estrictamente de gobierno y de control de la situación. Por más “anillado” y alejado de la base popular que esté, Chávez no es ningún estúpido como para no darse cuenta que aquí está a punto de explotar un nuevo 27 de Febrero muy bolivariano esta vez y en contra de todas esas macollas “roja-rojitas”. Un nuevo “¿Qué Hacer?” se ha empezado no a escribir sino a hacer en obra y decisión rotunda de Hugo Chávez. Ya vendrán los escritores a hacer lo suyo para darle sustancia ontológica y teleológica al PSUV.

De todas formas se le pide a los futuros ideólogos que entiendan que la razón partidaria esta vez emerge no como instrumento de dirección universal del proletariado, y de dirección y organización concreta de su fracción revolucionaria. No es tampoco una versión corregida y crítica de todos los grandes partidos revolucionarios, socialistas y comunistas de la historia, tal y como quisieran verlo muchos de nuestros viejos dirigentes socialistas y comunistas (y no tan viejos porque hay mucho joven y maduro aún en esta honda) que ahora ven desaparecer sus partidos para renacer en el PSUV. Aquellas posturas de partido en versión leninista, luxemburguista, mariateguista, pannekoista, gramsciana, trostskista, maoísta, guevarista, anticolonial, democrática o cual sea, estaban hechos para garantizar el salto triunfal del proletariado al poder e imponer, palabra más palabra menos, democracia más democracia menos, la dictadura del proletariado o al menos de la “alianza popular” en la más legítima versión marxista. Este partido, al contrario, no esta hecho para garantizar ningún “asalto” al poder, democrático o no, insurreccional o no, esta hecho para evitar esa insurrección (una vez superada la primera gran hola de conspiración derechista) y garantizar la estabilidad de lo que a juicio de Chávez es la “gobernabilidad revolucionaria” hoy existente en Venezuela aunque caótica en su espacio gobierno-estado.

Es por esta razón que el modelo que se impone en primera instancia es el cubano (líder-partido-estado-pueblo en vías a la construcción del socialismo revolucionario). Partido hecho desde el poder para garantizar la sobrevivencia de ese poder, construir un estado que lo respalde y un proyecto que unifique todo el universo popular alrededor de dicho poder-estado-partido. Pero esto es solo formalmente así, los cubanos en su momento, como dirían los filósofos, se creyeron la coba del modernismo humanista y revolucionario, inspirados en uno de sus mejores relatores: José Martí. De su mejor estratega: Vladimir Lenin. Y la conducción personal de uno de sus más maravillosos líderes históricos: Fidel Castro.
La organización que ha decretado Chávez, aunque su discursiva socialista y bolivariana, como sus maestría fidelista, sugerirían lo contrario, en más bien un partido de los tiempos neoliberales y posmodernos. Un partido sin programa ni organización ni estrategia discutida. Un partido esencialmente débil por más gigante que sea en cantidades. Un partido para un mundo donde ya no es solo el trabajo como ejercicio operario, sino la totalidad de la vida y la creatividad humana la que lucha por emanciparse de la explotación y el genocidio capitalista (vida como comprenderán imposible de ser “partidizable”). Un partido donde ya no cabe por tanto lo que hoy, nos guste o no, sería una habladuría de paja en torno a “ideologías”, “estrategias”, “tácticas”, “programas”, “organización” hechos para un pueblo que luego si a caso se da por enterado de lo que han discutido por él y para él . Un partido donde sus líderes y ya autopropuestos dirigentes “rojo-rojitos” (y con todos los reales del mundo para asegurarse sus apoyos “de base”…¿no es así Diosdao?), van a tener que comerse y meterse donde mejor les guste las ínfulas totalitarias que ya soplan “democráticamente” por sus bolivarianísimas bocas. Un partido por tanto que vivirá en sangre propia la tragedia de su contradicción ya insuperable en el nuestros tiempos y el “socialismo del siglo XXI”: querer ser eje superior de dirección y organización del pueblo pobre en su conjunto y en todos sus matices, mientras las versiones más activas, militantes e irreverentes de ese conjunto popular, así sean militantes del partido (locos de este lado nunca faltan), no se van a calar ninguna dirección externa a su vida y lucha. No se van a calar ninguna línea de la “politiquería revolucionaria y profesionalizada” de su dirigencia democráticamente electa. Un partido que en definitiva lo más positivo que puede hacer, si hay voluntad de su creador -y no para discutirla sino para ejercerla-, es sacarnos de encima al menos algo de la carroña que se ha impuesto sobre este proceso. Que nos facilite la posibilidad de crear un verdadero gobierno revolucionario que al menos garantice el respeto a la soberanía social en creación, defienda la poca soberanía y autodeterminación nacional que aún nos queda como estado, ayude a la redistribución de la riqueza, distribuya y fomente la producción de muchos de los recursos materiales e inmateriales que necesitamos para nuestro proceso de liberación, y nos sirva como vehículo de integración profunda de los pueblos de nuestramérica. En fin, un partido estrictamente de gobierno (buscando a través de sus caras más nobles al menos parecerse a una “junta de buen gobierno” como dirían los zapatistas). Un partido que en su tragedia reconozca la alteridad absoluta del poder popular respecto a la lógica concétrica, vertical y burguesa de todo partido y todo estado. Si no lo hace será un asesino a temer de un proceso transformador que tendrá que buscar sus propias y endógenas vías para defenderse, sobrevivir y vivir.

Queda claro, está el problema “del otro camino”, de ese otro espacio cuyo problema no es el gobierno sino el de “su” poder como opción radicalmente alterna a la civilización del capital. No es el partido su problema sino la verdadera organización autónoma y siempre constituyente del poder popular y la diversidad proletaria. Es la sociedad empobrecida como un todo irrepresentable e irreductible, es la vida y el modo de vivir que habremos de crear, es el mundo del no-estado, de las miradas, las razones, los haceres unidos en lo común, desconcentrados en su mando cotidiano, guerreros y verticales solo cuando la violencia enemiga y la guerra imperial lo impone. Para esto no hay tesis ni teoría, solo ejemplos de la praxis (ver artículos sobre Mariátegui de Luis Villafaña) que nos dan las señales dentro del tiempo que vivimos. Tomaremos para un próximo escrito algunos ejemplos como la Asamblea Popular de Oaxaca, el zapatismo, el MST brasileño, el movimiento social boliviano, el propio movimiento bolivariano, que en sus virtudes singulares nos dan algunas de las señales más importantes de ese otro andar.


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Roland Denis / Proyecto Nuestramérica - Movimiento 13 de Abril

Luchador popular revolucionario de larga trayectoria en la izquierda venezolana. Graduado en Filosofía en la UCV. Fue viceministro de Planificación y Desarrollo entre 2002 y 2003. En lo 80s militó en el movimiento La Desobediencia y luego en el Proyecto Nuestramerica / Movimiento 13 de Abril. Es autor de los libros Los Fabricantes de la Rebelión (2001) y Las Tres Repúblicas (2012).

 jansamcar@gmail.com

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