La fraternidad como amor

Así pues, en resolución, la democracia republicana moderna fue, con distintos grados de radicalidad, un intento de universalizar la libertad republicana, de ensanchar el círculo de los libres e iguales, de principiar la civilización de la sociedad aboliendo la loi politique supracivil del Estado burocrático moderno heredado de las monarquías absolutas europeas; y en su versión más radical —la de la fraternidad jacobina—, de abolir también toda loi de famille, de disolver, sometiéndolas a la loi civile, todas las zonas sociales de vigencia de cualquier despotismo "privado" patriarcal-patrimonial. La democracia republicana tradicional era, desde tiempos inveterados, la promesa de que tampoco los pobres libres tendrían que pedir permiso a nadie para existir socialmente. Y la democracia fraternal republicana de impronta europea era la promesa, aún más radical, de que también los pobres no-libres —los esclavos propiamente dichos, y los nuevos esclavos "a tiempo parcial" (asalariados), los pueblos colonizados y las mujeres—, sujetos a una ancestral loi de famille subcivil, se emanciparían, accediendo de pleno derecho a la vida civil de los plenamente libres e iguales (recíprocamente libres).

Antoni Doménech, La metáfora de la fraternidad.

Cuando se habla de ideas que revolucionan toda una sociedad, se expresa solamente el hecho de que en el seno de la vieja sociedad se han formado los elementos de una nueva, y la desaparición de las viejas ideas marcha a la par con la desaparición de las antiguas relaciones sociales.

En el ocaso del mundo antiguo las viejas religiones fueron vencidas por la religión cristiana. Cuando en el siglo XVII las ideas cristianas fueron vencidas por las de los enciclopedistas, la sociedad feudal libraba una lucha a muerte contra la burguesía, entonces revolucionaria. Las ideas de libertad religiosa y de libertad de conciencia no hicieron más que reflejar el reinado de la libre concurrencia en el dominio de la conciencia.

Planteaba Marx en su búsqueda de un sujeto revolucionario que la única manera de disputar a la burguesía la condición de detentadora del universalismo era dotando a la clase obrera de un universalismo superior. Pero esto trae un problema. Si te ves obligado a luchar por tu interés de clase, aunque no coincida con tu interés individual, estás perdiendo tu libertad individual. El corazón de la izquierda no puede reposar, por tanto, en la libertad de cada uno. Esa petición constante y cuasi religiosa de unidad que caracteriza a las fuerzas de izquierda abunda en esta línea.

Pero cualquiera que haya sido la forma de estas contracciones. La explotación de una parte la burguesía por la otra, es un hecho común a todos los siglos anteriores. Por consiguiente, no tiene nada de asombroso que la conciencia social de todas las edades, a despecho de toda divergencia y de toda diversidad, se haya movido siempre dentro de ciertas formas comunes: formas de conciencia que no desaparecerán completamente más que con la desaparición definitiva del antagonismo de las clases.

Una vez que en el curso del desarrollo hayan desaparecido las diferencias de clases, y se haya concentrado toda la producción en manos de los individuos asociados, el Poder público perderá su carácter político. El Poder político, hablando propiamente, es la fuerza organizada de una clase para la opresión de otra. Si en la lucha contra la burguesía el proletariado se constituye indefectiblemente en clase; si se convierte en clase dominante y, en cuanto clase dominante, destruye por la fuerza las viejas relaciones de producción, destruye al mismo tiempo que estas relaciones de producción las condiciones para la existencia del antagonismo de clase y las clases en general y, por tanto, su propia dominación como clase.

En sustitución de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, surgirá una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos.

¡La Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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