El fracaso de la reconstrucción

La destrucción creativa es nuestro segundo nombre, tanto en nuestra propia sociedad como en el exterior. Destruimos el viejo orden todos los días, desde los negocios hasta la ciencia, la literatura, el arte, la arquitectura, el cine, la política y el derecho. Deben atacarnos para sobrevivir, del mismo modo que nosotros debemos destruirlos para desarrollar nuestra misión histórica.

Michael Ledeen.

Como todas las fes fundamentalistas, la economía de la Escuela de EE.UU es, para los verdaderos creyentes, un sistema cerrado. La premisa inicial es que el libre mercado es un sistema científico perfecto, un sistema en el que los individuos, siguiendo sus propios intereses, crean el máximo beneficio para todos. Se sigue ineluctablemente que si algo no funciona en una economía de libre mercado —alta inflación o desempleo— tiene que ser porque el mercado no es auténticamente libre. Tiene que haber alguna intromisión, alguna distorsión del sistema. La solución de EE.UU. es siempre la misma: aplicar de forma más estricta y completa los fundamentos del libre mercado.

La cuestión, como siempre, era cómo conseguir llegar a ese lugar maravilloso desde aquí. Los marxistas lo tenía claro; la revolución. Había que librarse del sistema actual y reemplazarlo por el socialismo. Para los de EE.UU. la respuesta no era tan clara. Estados Unidos ya era un país capitalista pero, según lo veían ellos, lo era a duras penas. Tanto en EE.UU. como en todas las supuestas economías capitalistas, los veían interferencias por todas partes. Los políticos fijaban precios paras hacer algunos productos más asequibles; fijaban salarios mínimos para que no se explotara a los trabajadores y para que todo el mundo tuviera acceso a la educación, que mantenían en manos del Estado. Muchas veces podía parecer que estas medidas ayudaban al pueblo, pero el Gobierno estaba convencido era un daño enorme al equilibrio del mercado y perjudicaban la capacidad de sus diversas señales para comunicarse entre ellas. Debían liberar el mercado de esas interrupciones para que así el libre mercado pudiera elevar su canto.

Para los dirigentes de las multinacionales estadounidenses, que tenían que lidiar con un mundo en desarrollo cada vez más hostil y unos sindicatos cada vez más poderosos en casa, los crecimientos de la posguerras fueron una época inquietante. La economía crecía a buen ritmo, se creó mucha riqueza, pero propietarios y accionistas se veían obligados a redistribuir gran parte de esa riqueza a través de los impuestos que gravaban a las empresas y de los salarios de los trabajadores. Era un arreglo con el que todo el mundo le iba bien, pero un retorno a las reglas anteriores al New Deal podía hacer que a unos pocos les fuera mucho mejor.

En primer lugar los gobiernos deben eliminar todas las reglamentaciones y regulaciones que dificulten la acumulación de beneficios. En segundo lugar deben vender todo activo que posean que pudiera ser operado por una empresa y dar beneficios. Y en tercer lugar deben recortar drásticamente los fondos asignados a programas sociales. Dentro de la fórmula de tres partes de desregulación, privatización y recortes. Los impuestos, si tenían que existir, debían ser bajos y ricos y pobres debían pagar la misma tasa fija. Las empresas debían poder vender sus productos en cualquier parte del mundo y los gobiernos no debían hacer el menor esfuerzo por proteger a las industrias o propietarios locales.

Durante varias décadas se vio que cuando las ventas de los aviones cazabombarderos aumentaban poderosamente, las de los aviones privados de lujo disminuían y viceversa: cuando las ventas de los aviones privados de lujo crecían, las ventas de los aviones cazabombarderos descendían. Por supuesto, siempre hay un puñado de malandros que sacan grandes beneficios de la guerra y que consiguen hacerse ricos con la venta de armas, pero éstos eran económicamente insignificantes. Era una obviedad de los mercados contemporáneos el hecho de que tú no podías tener prosperidad económica repentina en medio de la violencia y la inestabilidad.

Hoy, la inestabilidad global no sólo beneficia a un pequeño grupo de comerciantes de armas sino que genera enormes beneficios en el sector de la seguridad de alta tecnología, en la construcción pesada, en las compañías de asistencia médica que asisten a soldados heridos, en los sectores del gas y del petróleo y, por supuesto, en la defensa de los contratistas.

—Difundid la verdad: las leyes de la economía son como las leyes de la ingeniería. En todas partes funciona un mismo conjunto de leyes.

¡La Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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