Capitalismo y libertad

"La Tierra estaba toda corrompida ante Dios y llena toda de violencia, Viendo, pues, Dios que todo en la Tierra era corrupción, pues toda carne había corrompido su camino sobre la Tierra, dijo Dios a Noé: <>."

Génesis 6,11

¿Y qué hay de la cruzada contemporánea en pro de la libertad de los mercados mundiales? Los golpes de Estado, las guerras y las matanzas que han instaurado y apoyado regímenes afines a las empresas jamás han sido tachados de crímenes capitalistas, sino que en lugar de eso se han considerado frutos del excesivo celo de los dictadores, como sucedió con los frentes abiertos durante la Guerra Fría y la actual guerra contra el terror. Si los adversarios más comprometidos contra el modelo económico corporativista desaparecen sistemáticamente, esa labor de supresión se achaca a la guerra sucia contra el comunismo o el terrorismo. Prácticamente jamás se alude a la guerra para la instauración del capitalismo en estado puro.

Durante un tiempo la siguiente dosis la aportaron otros países del Cono Sur a los que la contrarrevolución se extendió rápidamente. Brasil estaba ya bajo el control de una junta apoyada por Gringolandia. En Uruguay los militares dieron un golpe de Estado en 1973 y al año siguiente decidieron seguir el rumbo trazado por los gringos. Los efectos sobre la sociedad anteriormente igualitaria de Uruguay fueron inmediatos: los salarios reales descendieron un 28% y hordas de mendigos aparecieron por primera vez en las calles de Montevideo.

El siguiente país en unirse al experimento fue Argentina en 1976, cuando una junta arrebató el poder a Isabel Perón. Con ello Argentina, Chile, Uruguay y Brasil —los países que habían sido los abanderados del desarrollismo— estaban ahora todos dirigidos por gobiernos militares apoyados por Gringolandia y se habían convertido en laboratorios vivos de la Escuela de economía de Chicago.

También en esta ocasión el impacto humano fue inconfundible: en un año los salarios perdieron el 40% de su valor, cerraron fábricas y la pobreza se generalizó. Antes de la Junta militar tomara el poder, Argentina tenía menos pobres que Francia o Estados Unidos —sólo un 9% de la población— y una tasa de desempleo de sólo el 4,2%. Ahora el país empezaba a dar muestras de un subdesarrollo que creía haber dejado atrás. Los barrios pobres carecían de agua potable y enfermedades que podían prevenirse se convertían en epidemias.

En Chile, Pinochet tuvo las manos libres para destripar a la clase media gracias a la forma devastadora y aterradora en que se hizo con el poder. Aunque sus cazas y sus pelotones de fusilamiento habían sido muy efectivos para extender el terror habían acabado por convertirse en un desastre de relaciones públicas. Las noticias sobre las masacres de Pinochet provocaron la indignación del mundo y activistas en Europa y América del Norte presionaron agresivamente a sus gobiernos para que no comerciaran con Chile. Era un resultado claramente desfavorable para un régimen cuya razón de ser era mantener el país abierto a los negocios.

A mediados de la década de 1970 las desapariciones se habían convertido en el principal instrumento de coerción de las juntas militares en todo el Cono Sur y nadie las utilizó con más entusiasmo que los generales que ocupaban el palacio presidencial argentino. Durante el reinado se estima que desaparecieron treinta mil personas. Muchas de ellas, como sus equivalentes chilenas, fueron lanzadas desde aviones en las turbias aguas del Rio de la Plata.

La Junta argentina se destacó por saber mantener el equilibrio justo entre el horror público y el privado, llevando a cabo las suficientes operaciones públicas para que todo el mundo supiera lo que estaba pasando pero simultáneamente manteniendo sus actos lo bastante en secreto como para poder negarlo todo. En sus primeros días en el poder, la Junta hizo una única y dramática demostración de su disposición a usar la fuerza de modo letal: un hombre fue sacado a empujones de un Ford Falcon (el vehículo habitual de la policía secreta), atado al monumento más famoso de Buenos Aires, el Obelisco blanco de 67,5 metros, y ametrallado a la vista de todos los transeúntes.

El régimen uruguayo era igual de descarado: uno de sus principales centros de tortura estaba en unos barracones de la Marina que daban al paseo marítimo de Montevideo, una zona junto al océano por la que antes solían pasear e ir de picnic las familias. Durante la dictadura, aquel bello lugar estaba vacío y los vecinos de la ciudad evitaban cuidadosamente oír los gritos.

Las juntas también intercambiaban información sobre los medios más efectivos para extraer información a los prisioneros que cada una de ellas había descubierto. Varios chilenos torturados en el Estadio de Chile en los días posteriores al golpe destacaron el inesperado detalle de que había soldados brasileños en la sala aconsejando sobre cómo usar científicamente el dolor.

Los que no escaparon al exilio se vieron en una lucha minuto a minuto para mantenerse un paso por delante de la policía secreta, llevando una existencia de pisos francos, códigos telefónicos e identidades falsas. Una de las personas que vivió de ese modo en Argentina fue el legendario periodista de investigación Rodolfo Walsh, Hombre renacentista y muy sociable, escritor de novela policíaca y de relatos premiados, Walsh fue también un superdetective capaz de descifrar códigos militares y espiar a los espías. Obtuvo su mayor triunfo trabajando como periodista en Cuba, al interceptar y descifrar un telegrama de la CIA que demolía la coartada de la invasión de Bahía de Cochinos. Esa información fue la que permitió a Fidel preparar para la invasión y defenderse de ella con éxito.

A través de su gran red de contactos, Walsh se dedicó a rastrear los muchos crímenes de la Junta Militar. Compilo listado de los muertos y desaparecidos, así como de la localización de las fosas comunes y de los centro de tortura secretos. Se enorgullecía de conocer a su enemigo, pero hasta el quedó conmocionado en 1977 por la cruel brutalidad que la Junta argentina desencadenó contra su propio pueblo. Durante el primer año de gobierno militar docenas de sus amigos íntimos y de sus colegas desaparecieron en los campos de concentración y su hija de veintiséis años, Vicky, falleció también, lo que hizo que Walsh enloqueciera de dolor.

Carta abierta de Walsh a la Junta Militar y estaba escrita con la característica valerosa claridad. La escribió sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido; pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.

La carta empieza con una descripción de la campaña terrorista de los generales, mencionando su utilización de la <>, así como la participación de la CIA en la formación de la policía argentina. Después de enumerar los métodos de tortura y las fosas de forma dolorosamente detallada, Walsh cambia súbitamente de marcha: <>.

Conforme sus raíces se adentraron en el pueblo argentino durante las décadas siguientes, acabaría por empujar a más de la mitad del pueblo bajo el umbral de la pobreza. Walsh no creía que se tratara de un resultado accidental, sino de la cuidadosa ejecución de un plan, una <>.

Firmo la carta el 24 de marzo de 1977, exactamente un año después del golpe. A la mañana siguiente, Walsh y Lilia Ferreyra viajaron a Buenos Aires. Se repartieron las diez copias de la carta y las dejaron en buzones de diversos puntos de la ciudad. Unas pocas horas después Walsh asistió a una reunión que había organizado con la familia de un colega desaparecido. Era una trampa: alguien había hablado bajo tortura y diez hombres armados con órdenes de capturarle esperaban fuera de la casa para tenderle una emboscada. <>, se dice que ordenó a los soldados el almirante Massera, uno de los tres líderes de la Junta. Walsh, cuyo lema era <>, desenfundó su pistola al instante y empezó a disparar. Hirió a uno de los soldados, que respondieron a su fuego. Para cuando llego a la Escuela Mecánica de la Armada estaba muerto. Quemaron su cadáver y lo arrojaron a un río.

El número exacto de personas que pasaron por la maquinaria de torturas del Cono Sur es imposible de calcular, pero probablemente esté entre 100.000 y 150.000, decenas de miles de las cuales fueron asesinadas.

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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