El arado y el mar

Equiparar el 13 de abril con la irrupción en la asamblea es una estupidez

Preocupa la conducta de la dirigencia nuestra, cada día pierden la mesura; cualquier disparate, cualquiera ocurrencia la pasan como un sesudo argumento. No hay límite para la soberbia, crean ficciones y las difunden como verdades, y lo peor, se las creen. Veamos.

El 23 de octubre un extraño episodio ocurrió en el parlamento: un grupo irrumpió en el recinto y paralizó la reunión, con consignas y propósitos hasta ahora imprecisos. La participación del alcalde de Caracas está cubierta del mismo misterio, la opinión oficial del PSUV es que fue a mediar, a aplacar los ánimos, así lo declara Diosdado.

El cuadro se complica cuando la escaramuza del grupo “invasor” fue elevada por la dirección chavista al nivel de gesta heroica, comparada con la insurrección del 13 de abril, cuando pueblo civil y militar siguiendo consignas políticas, con una dirección, con objetivos políticos revolucionarios claros, con disciplina salió a la calle, bajó de los cerros, se desplegó de los cuarteles para salvar a la Revolución y a su Comandante. Queda una pregunta para otra ocasión: ¿el alcalde fue a congelar al pueblo que realizaba una acción como el 13 de abril, por qué no se puso junto a los diputados patriotas al lado de ese poder popular?

Lo que sucedió en el parlamento fue todo lo contrario. No faltará la opinión de que fue una actuación del poder constituyente, que aquello fue una expresión del poder popular y otra sarta de disparates. Ya lo han dicho en la televisión y en las declaraciones. Ahora bien, ¿adónde conducen esas falsificaciones, trivializaciones, de los conceptos revolucionarios? Veamos.

Si pueblo es un puñado de personas ciegas políticas, si poder popular es un grupito sordo político que cabe en una camioneta, si el poder constituyente igual que lo anterior no propone nada, no tiene consignas más allá de la repetición vacía, objetivos, metas generales, estratégicas, disciplina con organismos superiores; entonces estamos sentando las bases para un despelote colosal. Con esa postura, educamos, sentamos el precedente, que aúpa cualquier acción de cualquier grupo  por absurda que fuera.

Es necesario precisar bien los conceptos: lo que le da el carácter a una acción, más allá de su número, es su contenido ideológico, político. Fidel asalta el Moncada, y aquella acción coherente es ejemplo de poder popular, de poder constituyente, de acción revolucionaria, y lo es por su contenido político, por sus propuestas, y así fue absuelta por la historia. El 4 de Febrero fue una acción fundadora de un nuevo mundo, de esta Revolución, por su contenido político e ideológico.

No cualquier  acción es propia del poder popular. Por ejemplo, saquear un camión en la autopista o bachaquear, o entrar a lo loco en el parlamento, sin contenido, en el mejor de los casos será un simple problema de orden público que al final favorece a la contrarrevolución.

Si hablamos de pueblo sin definirlo, sin acotarlo, estamos dando pie para que el burgués hable también de pueblo, para que su masa sea tan pueblo como la nuestra, no habrá diferencia con una gavilla, con una pandilla, todos son y ninguno es. No habrá razones para luchar más allá de las razones de los pranes, ignoramos la lucha de clases, nos perdemos en la anécdota, estimulamos el fanatismo, las adhesiones sin inteligencia.

Si hablamos de poder popular sin definir qué es, qué persigue, si el poder constituyente es difuso, estaremos construyendo conceptos que no sirven para nada, burbujas de jabón, espuma. Por ejemplo, ¿por qué la asamblea elegida con millones de votos no es un poder popular?, ¿por qué el grupito que entró es más poder popular que ella?

Es evidente que en el gobierno hay una tremenda falla ideológica, se apartaron de la lucha de clases, de la teoría revolucionaria, se enredaron en su pragmatismo, se entregaron al reformismo y ahora no tienen herramientas teóricas para entender la realidad. Ese es el agotamiento que los hunde. Lo espontáneo los lleva a coincidir con las corrientes capitalistas y paradójicamente a no poder defenderse de ellas sin entrar en contradicción paralizante.



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Toby Valderrama y Antonio Aponte

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