Clamar, clamar en el desierto

Todo ser humano es el producto involuntario de un medio natural y social en el seno del cual ha nacido, donde él se desarrolla y del cual sigue soportando la influencia. Las tres grandes causas de toda inmoralidad humana son: la desigualdad, lo mismo política como económica y social; la ignorancia, que es su resultado natural, y la esclavitud, que es su consecuencia necesaria. La teoría de la culpabilidad y del castigo ha salido de la teología, es decir, del casamiento de lo absurdo con la hipocresía religiosa.

La revolución, tal como nosotros la concebimos, o más tal como la fuerza de las cosas la plantea hoy en día, tiene esencialmente un carácter nacional. En vista de la coalición amenazante de todos los intereses privilegiados y de todas las fuerzas reaccionarias del imperialismo disponiendo de todos los formidables medios que les da una organización sabiamente organizada; en vista de la escisión profunda que reina hoy día por todas partes entre la burguesía y el pueblo, ninguna revolución nacional sería lograda si ella, no es francamente una revolución socialista, creadora de la libertad por la igualdad y por la justicia porque nada sabrá desde ahora lograr, electrizar, sublevar la grandeza, la sola verdadera fuerza, si no es la emancipación sola y completa del trabajo sobre las ruinas de todas las instituciones protectoras de la propiedad hereditaria y del capital.

Las revoluciones se producen por ellas mismas, surgen por la fuerza de las cosas, por el movimiento de los acontecimientos y de los hechos. Se preparan durante largo tiempo en la profundidad de la conciencia instintiva de las masas populares; después estallan suscitadas, en apariencia, por causas fútiles. Todo aquello que puede hacer una sociedad secreta bien organizada es, en primer lugar, ayudar al nacimiento de una revolución extendiendo en las masas las ideas que corresponden a los instintos de los pueblos y de organizar, no el ejército de la revolución –el ejército debe ser siempre el pueblo–, sino una suerte de estado mayor revolucionario compuesto de individuos adictos, enérgicos, inteligentes y sobre amigos sinceros del pueblo y no ambiciosos ni vanidosos, capaces de servir de intermediarios entre la idea revolucionaria y los instintos populares.

En general, se puede decir que las matanzas políticas no han aniquilado jamás a los patronos; se han mostrado sobre todo impotentes contra las clases privilegiadas, puesto que la fuerza reside mucho menos en los hombres que en las posiciones que da a los hombres privilegiados la organización de las cosas, es decir, la institución del Estado y, su consecuencia, su base natural, la propiedad individual.

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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