Para el pueblo, no hay crecimiento sin desafío

Nuestro “socialismo” se ha dejado desequilibrar por la oposición. Su justificación crítica del capitalismo ha generado en culto a la burocracia. Su justificada acusación contra el mundo presente y de nuestros problemas.

Cuando cesa esta dieléctrica, nuestro “socialismo” pierde su carácter y se torna conservadora, sea por impotencia o por conformismo. Tanto si deja de ver su punto de partida como si pierde de vista sus objetivos, el resultado es el mismo: deja de ser un factor de cambio.

El proceso al capitalismo estaba más que justificado por su injusticia y por sus malos resultados. Es normal que nuestro “socialismo”, ayudado en esto por la lección de las crisis, propugnase un reforzamiento del Estado, el establecimiento de un verdadero poder de dirección económica por los únicos procedimientos conocidos y, en especial, por las nacionalizaciones.

Pero en este cotidiano combate se produjo una transferencia. Todo lo privado –la empresa privada, la propiedad privada, la iniciativa privada—fue confundido, de una vez para siempre, con el Mal; todo lo público, fue identificado con el Bien.

A pesar de las reservas del pensamiento socialista con referencia al funcionarismo y al Estado burgués, se ha implantado la costumbre de reclamar –siempre que un sector era deficitario o llamaba la atención de algún modo--, ora su nacionalización, ora una reglamentación adecuada para suprimir la competencia mediante impuestos y contingentes.

Sólo una minoría se dio cuenta de que habían nacido nuevos métodos, todavía poco elaborados, pero susceptibles de perfeccionamiento, que permitirían remediar un día los abusos y las lagunas de la economía de mercado, sin perder sus estímulos ni sus indicaciones. En los programas tradicionales, la nacionalización quedó como una especie de abrelatas universal. Y se produjo una doble confusión: confusión entre propiedad y poder; confusión entre planificación y burocracia.

El poder no está ligado ya a la propiedad: esto está demostrado, con la práctica, por las grandes sociedades, que controlan cada vez más los sectores clave de la producción. Todos sabemos que los derechos de los accionistas se reducen ahora al cobro de los cupones, y los de los Consejos de Administración, en la mayoría de los casos, a ratificar las decisiones tomadas por la gerencia.

La transferencia de poder se realiza, en gran parte, sin que nos demos cuenta de ello, porque, como ocurrió antaño con la tierra, la situación del capital aparece a los ojos de la mayoría como inmutable. No parece natural que el poder se encuentre fuera del capital. Y aquellos que lo demuestran son con frecuencia acusados de buscar novedades artificiales.

 

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!

¡Viviremos y Venceremos!



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Manuel Taibo


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