Reflexiones sobre ética, democracia y política

Mis estimados lectores, el contenido del artículo que expongo a su consideración, tiene como inspiración una conversación muy animada que tuve con mi hijo menor, un ingeniero de sistemas de 24 años, quien me puso a reflexionar sobre el sentido de la democracia y por supuesto su vinculación con la ética. El contenido de este artículo no está motivado directamente por alguna situación coyuntural de la política venezolana, la cual está llena de acontecimientos en pleno desarrollo como diría Walter Martínez. Sin embargo, lo que está ocurriendo en el panorama político venezolano no escapa al fondo de la conversación que sostuve con mi hijo.

De alguna forma, el planteamiento giraba en torno a que hay cosas que están mal y otras están bien en el ámbito político, que hay situaciones que atentan contra la democracia y otras en las cuales se respetan los principios democráticos. Mi primera reacción fue decirle a mi hijo que él veía la política y el ejercicio de la democracia con una visión de blanco o negro, cuando en realidad nos movemos en unas tonalidades de grises en esta materia.

Podemos decir que en términos generales, que tanto tirios como troyanos, en el caso venezolano, chavistas y opositores comparten su respeto por la democracia. El problema surge en lo que cada bando entiende por democracia. En el campo chavista, la democracia no es simplemente el ejercicio formal de la democracia, sino que ésta debe tener un contenido social, es decir, la verdadera democracia debe ser instrumento para el logro de la justicia social, que es el fin último que busca el socialismo. Por lo tanto, la democracia formal carece de sentido sino persigue un objetivo final como el advenimiento de una sociedad igualitaria. Para los sectores de oposición venezolanos, la democracia en sí pareciera ser un fin en sí misma, y el respeto de las formas tiene por lo tanto importancia. Debido a esto es que la oposición se ha atrincherado en el argumento de que el gobierno está burlando la Constitución, es decir, el conjunto de normas que en el año 99 se dio la sociedad venezolana para su convivencia. ¿Es la democracia un fin en sí misma o un instrumento? Creo que la respuesta es ambivalente y podría dejar a muchos insatisfechos, mi opinión personal es que la democracia es un fin en sí misma pero también un instrumento para lograr una sociedad más justa. Desde el punto de vista de la organización que se da una sociedad, la democracia puede verse como un fin en sí misma, como diría Winston Churchill es la forma de gobierno menos mala que existe. La democracia es un producto social, tiene sentido en la medida que los hombres deciden vivir en sociedad y no aislados, y se concreta en un conjunto de normas y lo que podemos llamar reglas del juego democrático que los individuos aceptan respetar. Sin embargo, hemos visto en la práctica como una democracia formal, con voto universal, elecciones regulares e instituciones establecidas puede conllevar al descontento generalizado de la población y amenazarla seriamente, al grado de ser reemplazada por fórmulas dictatoriales y autoritarias.

He aquí el dilema venezolano, y por supuesto, no de fácil solución, pues se trata de un problema de interpretación. El gobierno argumenta que todas sus acciones están dirigidas a darle concreción al espíritu que anima la Constitución del 99, y por el otro lado, la oposición argumenta que las acciones del gobierno, en particular, las expropiaciones y las leyes que pretenden reglamentar las telecomunicaciones e Internet atentan contra artículos específicos de la Constitución, de aquellos que hacen referencia a la protección de la propiedad privada y la libertad de expresión. Obviamente, ambos bandos leen la misma Constitución pero no la entienden de la misma manera. ¿Quién tiene la razón? Esta pregunta es particularmente difícil de responder. Y aunque algunos no lo crean, tal vez ambas partes tienen razón.

Ahora bien, como se resuelve en democracia quien tiene la razón y quien no, me parece que aquí la respuesta más simple y directa es quien tenga la mayoría. Ahora bien, ¿es correcto esto de decir que quien tiene la mayoría tiene la razón? Desde un punto de vista formal puede que así sea, pero si hurgamos un poco podemos encontrar casos en la historia universal donde las mayorías se equivocaron y con consecuencias nefastas. Los franceses se equivocaron con Napoleón, los italianos con Mussolini, los argentinos con Perón, los alemanes con Hitler y así podemos seguir enumerando. Por lo tanto, la democracia parece tener una falla estructural muy importante, el gobierno de las mayorías puede conducir a una sociedad al abismo y la destrucción. Sin embargo, las minorías también pueden equivocarse, de tal forma que pareciera ser que no nos queda otro camino en la vida en democracia que aceptar que el camino a seguir lo dicta la mayoría y cruzar los dedos que esta tenga razón. Por último puedo decir que desconfío mucho de aquellos que pretenden alcanzar el poder prometiendo el advenimiento del paraíso en la tierra y de aquellos que hacen hincapié en el nacionalismo, en el mundo de la política siempre habrá mercaderes de ilusiones y encantadores de serpientes.

En este punto, y relacionado con esto de las mayorías y la democracia, recuerdo una polémica que tuve con un amigo hace muchos años atrás. Esta polémica surgió de la elección de un gobierno fundamentalista por una amplia mayoría en Argelia, mi amigo postulaba que dicho gobierno debía ser derrocado porque era un retroceso a la barbarie y el medioevo, representaba la esclavitud de la mujer y las prácticas bárbaras en la aplicación de la justicia siguiendo los dictados del Corán, y terminaba su argumento señalando que un gobierno de este tipo significaba el fin de la democracia en Argelia. A pesar de que compartía la visión de mi amigo, mi posición era que no podía justificarse un golpe de estado para tumbar un gobierno electo democráticamente, es decir, no se debía asesinar la democracia para salvarla. En última instancia, no podemos recurrir a la barbarie para salvar la democracia. Finalmente, el gobierno fundamentalista fue derrocado por los militares.

Toda esta reflexión nos puede llevar a pensar que conociendo como ahora conocemos, el sufrimiento y las atrocidades cometidas por los nazis y los fascistas italianos, ¿se justificaría si pudiéramos retroceder el tiempo alguna acción no democrática, incluso violenta, para evitar que Hitler y Mussolini accedieran al poder? El problema es que esa máquina no existe y que las leyes de la física no permiten retroceder en el tiempo, y que los seres humanos no somos clarividentes para anticipar el futuro, por lo tanto, en materia política no nos queda más que acatar la decisión de la mayoría. Podemos acatar la decisión de la mayoría, pero en un régimen democrático no podemos y no debemos dejar de expresar nuestro pensamiento, y luchar por la vía de la razón para convencer a la mayoría de que está en un error.

Lo anterior lo podemos vincular con acontecimientos acaecidos en Venezuela en su historia reciente, cuando la oposición en el 2002 se fue de bruces buscando una salida no democrática. Una minoría que no se reconocía como tal y que se sentía poseedora de la verdad y la razón, trató de violentar el sistema democrático e imponerse sobre la mayoría, pero las cosas no le resultaron bien. Y para colmo de males decidió cederle el control de la Asamblea Nacional al bloque chavista, en un verdadero salto al vacío. Mi opinión es que en democracia el único camino válido es hacer un trabajo de hormiguita convenciendo a la gente con nuestros argumentos hasta constituir una mayoría. Creo que la oposición ha entendido finalmente que este es el camino a seguir, o por lo menos así lo declara.

Ahora bien, por el lado chavista, el ejercicio del poder se ha sustentado en la mayoría, y por lo tanto, se ha asumido que la razón está de su lado. Creo que en el lado del chavismo se asume que la democracia es sólo un medio para lograr el fin último que no es otro que el establecimiento de una sociedad socialista. En este sentido, no importa mucho que se respeten ciertas formas de la democracia como son la independencia de los poderes, o se limite en cierto grado a los medios de comunicación, o se minimice el poder legislativo vía leyes habilitantes, de alguna manera, prevalece la máxima que reza que el fin justifica los medios y que esto está amparado por contar con una mayoría. Mi opinión muy personal es que un fin por más loable que pueda ser, es factible de ser desvirtuado y prostituido si los medios utilizados no son éticamente aceptables. Si las formas democráticas no son respetadas y son de alguna manera violentadas, pasamos de la democracia como forma civilizada de convivencia de una sociedad a un estado de barbarie, y en un estado de cosas así, quien tiene la mayoría carece de importancia y poco importa quien tenga la razón. Por otra parte, en democracia las mayorías no son eternas y es prudente saber esto.

Retrocediendo en el tiempo podemos ir al caso del derrocamiento del gobierno de Allende, todo el mundo acepta que eso fue un golpe de estado brutal e inaceptable, sin embargo, quienes convalidaron dicho golpe dentro y fuera de Chile sostienen que la mayoría de la población rechazaba al gobierno de Allende, lo cual era cierto, por lo tanto, el golpe respondió a los deseos de la mayoría. Este es un caso que deja patente el hecho de que la democracia, aun siendo el gobierno de la mayoría, requiere también de unas reglas del juego claras e inviolables.

Ahora bien, ¿por qué se esta discrepancia entre unos y otros respecto a la Constitución del 99? La razón es muy simple, las leyes y en general los textos de cualquier índole pueden sufrir de diversas interpretaciones, siempre se habla de la letra y del espíritu de las leyes, como entidades separadas. Además, que en un texto tan amplio como la Constitución, es muy probable que se produzcan contradicciones entre los distintos artículos. Estas ambigüedades son las que dan lugar para que los políticos usen interpretaciones que les convienen a sus intereses particulares.

¿Es posible reconciliar la ética con la política? Es una tarea bien difícil, partiendo por el hecho de que reflexionar sobre el bien y el mal es bien complicado, y por supuesto, sujeto a interpretaciones de acuerdo a los intereses y subjetividades presentes en el ser humano, ahora llevar esta discusión al plano político para tomar decisiones que afecten la vida de muchas personas es aún más complejo. Como muchos han dicho, la historia la escriben los vencedores, en otras palabras, se impone la ética de los vencedores. Sin embargo, a pesar de las dificultades, creo que hay que hacer un esfuerzo para acercar la ética y la práctica política. La ética puede ser un freno para las actuaciones de los políticos, no un freno absoluto, pero si los obliga de una manera u otra a justificar sus acciones en función del bienestar general de la sociedad, aunque en el fondo sea una mentira, pero se sienten moralmente obligados a dar una explicación al pueblo. Los peores dictadores, Stalin, Hitler, Mussolini, Pinochet, entre muchos, siempre han buscado justificaciones para sus acciones criminales apelando al bien común.

En mi opinión, la ética está estrechamente ligada a la libertad del hombre, sólo un hombre libre puede preocuparse del bien y del mal, porque sólo un hombre libre tiene capacidad de elección entre el bien y el mal, cualquiera que sea su concepción de los mismos. Ahora bien, siguiendo esta línea de pensamiento deberíamos llegar a la conclusión que la ética aplicada en el campo político nos conducirá a un sistema de gobierno donde se promueva la libertad individual, y por ende, a un sistema democrático. La acción política siempre buscará justificaciones éticas, debido a que estas son realizadas por hombres y afectan a otros hombres, y en el terreno de lo humano, la ética es un componente esencial y diferenciador del ser humano con respecto a otras especies.

En el plano individual, la mejor guía que podemos tener en el aspecto ético es preguntarnos si con una determinada decisión, acción o inacción estamos perjudicando a alguien, si la respuesta es sí, posiblemente estemos actuando mal. Sin embargo, en el plano político las cosas pueden no ser tan sencillas, las decisiones políticas no afectan a un individuo, sino a un gran conglomerado de individuos, lo más seguro que afecte positivamente a unos y negativamente a otros. Es aquí donde entra el argumento de la mayoría, si una decisión política afecta positivamente a la mayoría, es muy posible que se trate de una decisión que pueda defenderse desde un punto de vista ético. Sin embargo, en democracia siempre es necesario tomar en consideración a las minorías y respetarlas. Desde un punto de vista ético, la persecución de la minoría judía en la Alemania nazi, a manos de la mayoría, o quizás a manos de una minoría que decía representar a la mayoría del pueblo alemán fue absolutamente inmoral.

Para finalizar, diré que el tema abordado es difícil en extremo, sin embargo, creo que es ineludible su abordaje en la realidad venezolana, una realidad signada por la confrontación política, en la cual cada bando pretende tener la razón, la verdad y la justicia de su lado, y como hemos visto en las pasadas elecciones del 26 de septiembre del 2010, cada bando reivindica el tener la mayoría. En este sentido, hay que decir que las mayorías son veleidosas y pueden cambiar de postura de un momento a otro, y en mi opinión, las mayorías no siempre se comportan de una manera racional, justa y ética, es aquí donde tiene cabida el pensamiento individual y en solitario para determinar lo que es bueno y lo que es malo y sumarnos a la mayoría o a la minoría circunstancial de acuerdo a nuestra ética personal, esta clase de reflexión es la que llevó a muchos valientes a enfrentarse al monstruo nazi o estalinista. En mi opinión muy personal, el socialismo que defiendo es uno con un fuerte basamento ético, de reflexión profunda del bien o del mal que producen las decisiones políticas, un socialismo que niega la tesis de que el fin justifica los medios, un socialismo democrático que respeta las formas de la misma sin desmedro que se persiga una sociedad más justa, un socialismo que respete a la minoría, que promueva la libertad del individuo para que pueda expresarse y asociarse libremente.

htorresn@gmail.com


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Hernán Luis Torres Núñez


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