El revolucionario bolchevique Adolfo Joffe

Lean, por favor, esta última carta de alguien que se va a suicidar

Hay seres humanos que merecen, aun no compartiendo su ideal y que no es el caso que a continuación se va a describir, todo el respeto del mundo y el recuerdo de saber que en un tiempo existieron y todo se lo entregaron a la noble causa en la cual creyeron. Uno de esos seres humanos es, precisamente, Adolfo Joffe, que, tal vez, casi nadie en este mundo ha escuchado nombrarlo ni se ha interesado en averiguarlo.

Joffe fue un revolucionario bolchevique completo de pies a cabeza como de la cabeza a los pies. Humilde hasta el más allá, mucho más afuera de esas fronteras donde se revolotean y se ponen de manifiesto las ambiciones de las personas buscando sus satisfacciones individuales y familiares. Joffe era un fuera de serie. El triunfo de la revolución bolchevique en Octubre de 1917 lo encontró no en muy buenas condiciones de salud, pero eso jamás impidió para dedicarse de lleno y por entero a sus labores revolucionarias.

Fue, de verdad verdad, el primer canciller del nuevo gobierno y el primer representante de la revolución en las conversaciones de “paz” con Alemania. A su enfermedad se agregó, agravándole un dolor peculiar, la crisis que vivía el partido bolchevique sin Lenin; sufría agonía cada vez que escuchaba que se atacaba la concepción de la revolución permanente por la cual había luchado toda su vida; lo martirizaba saber que se perseguía a los verdaderos hacedores de revolución por aquellos que sólo se habían apoderado de los frutos sin méritos de ninguna naturaleza. Joffe fue un entrañable camarada de Lenin y no pocas veces se dedicaron a largas conversaciones sin diferencias dignas de mencionar.

Joffe, en torno a una reflexión con Lenin sobre el carácter de la revolución permanente, le escuchó decir: “Sí, Trotsky tenía razón”. Así era Lenin de grande cuando se trataba de reconocer su error y reconocer el acierto de otro. Por cierto, fue Trotsky quien convenció a Joffe que jamás en vida hiciera pública esa confesión. Joffe era, sin duda, un político tenaz, de una firmeza muy especial, de suaves expresiones de forma pero de principios inflexibles. Culto y siempre dispuesto a distribuir o propagar todos sus conocimientos como un sagrado deber de revolucionario y humano y no como negocio lucrativo.

 Lo cierto es que hubo un momento de tanta y fatal tristeza en Joffe que ya no pudo continuar enfrentándola por su precario estado de salud, se sintió incapacitado para poder combatir a aquellos que estaban despojando a la revolución de sus principios y a los trabajadores de sus frutos. El dolor lo envolvió tan abrumadora y fatalmente como lo hace un alud de nieve a un alpinista desprotegido en su escalamiento. Joffe, decidió pegarse un tiro y lo hizo no sin antes elaborar, de su puño y letra, la última misiva de su vida, que colocó sobre una mesita.

 ¿Saben que decía la carta de ese hombre gigante del pensamiento revolucionario que desgraciadamente las circunstancias adversas llevaron a suicidarse?

 Lean, analicen, juzguen y saquen sus conclusiones sobre lo siguiente:

A usted, querido León Davidovich, me unen varias décadas de colaboración al servicio de una obra común, y me atrevo a decir también que de amistad personal. Esto me da derecho a decirle, al despedirme, cuáles son los defectos que veo en usted. No he dudado jamás de que el camino que usted trazaba era certero, y usted sabe bien que hace más de veinte años, desde los tiempos de la ‘revolución permanente’ que estoy con usted. Pero siempre he pensado que a usted le faltaba aquella inflexibilidad y aquella intransigencia de Lenin. Aquel carácter del hombre que está dispuesto a seguir por el camino que se ha trazado, por saber que es el único, en la seguridad de que, tarde o temprano, tendrá a su lado a la mayoría y de que los demás reconocerán que estaba en lo cierto. Usted ha tenido siempre razón políticamente, desde 1905, y repetidas veces le dije a usted que le había oído reconocer a Lenin, por mis propios oídos, que en aquel año no era él, sino usted, quien tenía razón. A la hora de la muerte no se miente, por eso quiero repetírselo a usted una vez más en esta ocasión… Pero usted ha renunciado con mucha frecuencia a la razón que le asistía para someterse a pactos y compromisos a los cuales daba demasiada importancia. Y eso es un error. Repito que, políticamente, siempre ha tenido usted razón, y ahora más que nunca. Ya llegará el día en que el partido lo comprenda, y también la historia la ha de reconocer así. No tema usted, pues, porque alguien se aparte de su lado ni tanto menos porque muchos no acudan a hacer causa común con usted tan rápidamente como todos deseáramos. La razón está de su lado, lo repito, pero la prenda de la victoria de su causa es la intransigencia más absoluta, la rectitud más severa, el más completo repudio de todo compromiso, que son las condiciones en que residió siempre el secreto de los triunfos de Ilich. Esto se lo quise decir a usted en muchas ocasiones, pero sólo ahora, como despedida, me atrevo a decirlo”.

Por demás está decir que ese texto, un verdadero testamento de crítica revolucionaria, contiene profundos sentimientos de sensibilidad social, de afecto y de solidaridad, de altura y ternura en el reconocimiento a la obra de alguien que uno considera mucho más capaz pero, igualmente, produce nostalgia en el lector, rabia contra los que recurren al odio personal como expresión abominable de la política y, debemos entenderlo así, un documento para la historia que culminará con el triunfo de todas las verdades sobre las mentiras que se tejieron para deformar la realidad auténtica de la célebre Revolución Bolchevique y sus fundamentales protagonistas.

 Por cierto, el entierro de ese hombre extraordinario y fiel luchador por la causa del proletariado y del socialismo, fue escamoteado por el gobernante de turno, autorizándolo para un día y una hora de labores que dificultaban la asistencia de los trabajadores. Aun así, no pudieron evitar que miles de obreros lo cargaran sobre sus hombros y le gritaran admirables palabras hasta su sepultura.

 Ahora, el lector se preguntará ¿y para qué recordar ese suicidio? La respuesta es bien sencilla: no sólo por respeto y admiración a Joffe, no sólo por respeto a la verdad histórica de la más grande revolución de manos laboriosas que haya conocido la historia, sino, igualmente, porque estamos viviendo una fase en que la globalización del capitalismo salvaje, si el proletariado mundial no se decide a realizar su gran misión emancipadora de la humanidad en el menor tiempo posible, hará realidad irrefutable, de manera más consciente que inconsciente, el suicidio masivo, colectivo de millones y millones de seres humanos que no lo harán haciendo uso de los argumentos de Joffe, sino, mucho más simple: sin nada decir pero desesperanzados totalmente de futuro o de mejorar sus condiciones de vida y desprotegidos por completo del régimen que los oprimirá con extrema atrocidad.



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Freddy Yépez


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