¿Todavía tiene sentido la educación presencial?

La racionalidad tecnológica se impone aceleradamente en nuestro mundo. Cada día nos maravillan más los adelantos destinados a facilitar nuestra vida. La educación no resulta ajena al fenómeno. La pandemia removió las tendencias conservadoras de los aparatos escolares y obligó a universalizar la educación a distancia aprovechando las tecnologías informáticas. Pasada la misma se regresó a los salones de clase pero ya mucho había cambiado y quizás para siempre. Por un lado, las clases a distancia, si bien en menor grado, han continuado, ganaron un espacio en muchos países del mundo y en casi todos los niveles escolares. Por otro lado, la emergencia de los chats de inteligencia artificial han generado innumerables llamados a transformar las prácticas pedagógicas tradicionales, con especial énfasis en lo que concierne a las formas de evaluación.

Así como la industria y el comercio 4.0 han transformado el mercado laboral haciendo de los hogares las nuevas oficinas para cada vez más trabajadores, permitiendo que los padres puedan aumentar su presencia con los hijos, así parece que puede ocurrir definitivamente con la escuela. Múltiples ventajas para la sociedad y el Estado trae consigo la educación a distancia. Observemos apenas tres de las más importantes, dejando para una nueva oportunidad la señalización de muchas otras como, por ejemplo, la ganancia en seguridad personal en un mundo tan hostil como el que nos toca habitar.

¿No sería, acaso, mucho más económico para todos la educación a distancia? Cuentan que la nómina del Ministerio de Educación venezolano reúne cerca de 300.000 educadores. Todos ellos suponen gastos de salarios, prestaciones, seguridad social, pensiones y jubilaciones. Sumemos a ello un buen contingente de empleados y obreros para sostener la burocracia así como gastos permanentes de construcción y reparación de la infraestructura escolar. Toda una carga para el Estado y el ciudadano que bien podría invertirse en atención sanitaria de alta calidad e internet gratuito para todo el país. Con las nuevas tecnologías ese presupuesto se puede reducir considerablemente, es mucho lo que se puede ahorrar. Así, por ejemplo, a todo niño ya nacido y por nacer se le asignaría una computadora portátil de alta calidad. Con el internet gratuito se conectaría desde la más temprana edad a los programas (softwares) de las diferentes materias del Ministerio, programas que diseñarían los mejores educadores en el área a disposición en el mundo, lo que sería una inversión ocasional. Ahorraríamos mucho en maestros y profesores, en empleados y obreros, en infraestructura, mucho. Quizás unos infocentros puntuales en determinadas zonas marginales por si acaso hay fallas de comunicación o se deteriora el portátil del alumno. Apenas con unos cientos de supervisores se cubriría la debida observación del sistema.

¿No nos permitiría, acaso, detectar oportunamente los talentos naturales y adquiridos de nuestra infancia y juventud para provecho propio y de la nación? Sabido es de sobra que en la escuela tradicional se pierden cada año miles de inteligencias por no poder avanzar de grado individualmente, por quedar sometidas a los tiempos de todo el salón de clases, tiempos que generalmente van a la lenta velocidad de los alumnos de menor capacidad. Con los programas informáticos del Ministerio y el internet gratuito los estudiantes avanzarían a su ritmo en las diferentes materias. Del mismo modo que en un videojuego se va progresando hacia etapas superiores conforme a las destrezas y dedicación de los jugadores, cada programa contendría su propio sistema de evaluación que le permitiría al cursante una vez cumplidas las tareas adecuadamente superar etapas conforme a sus capacidades. Los programas detectarían automáticamente los talentos de cada cursante y los supervisores se encargarían de generar condiciones mediante políticas educativas para desarrollarlos en corto tiempo. Los mejores científicos, artistas, humanistas, deportistas podrían explotarse desde la temprana infancia. Una maravilla para nuestra sociedad.

¿No aumentaríamos exponencialmente la calidad de nuestra educación así como su democratización con una efectiva igualdad de oportunidades? La educación presencial de calidad es, de nuevo, muy costosa. Los gastos en un buen mobiliario y en recursos didácticos sólo lo pueden costear los circuitos de escolarización privados de una clientela escolar económicamente pudiente. El resto de los jóvenes tienen que conformarse con escuelas en condiciones precarias, sin equipos de sonido, sin proyectores de video, sin computadores; escuelas que hasta carecen de pizarras. Pero todo esto cambia con la educación a distancia. Lo fabuloso de la revolución informática que vivimos hace que usted como cada alumno dispongan en su portátil de los mejores vídeos, podcasts, conferencias, piezas musicales, charlas con los mejores profesionales y todas las pizarras que quiera. Todo ello en unos pocos gramos de peso y disponible para todo estudiante con independencia de su condición económica. El más pobre tendría acceso a los mejores recursos tecnológicos en materia educativa, aquellos que hasta hoy están reservados para los poquísimos privilegiados nacidos en cuna de oro. La educación a distancia parece destinada a dar la más clara contribución a la supresión de la injusticia social.

Ahorro para invertir en necesidades más urgentes, descubrimiento y desarrollo oportuno de nuestros mejores talentos humanos y con una educación de alta calidad didáctica y socialmente justa constituye sin duda una maravilla. También me temo que llevada a su éxtasis constituiría una pesadilla, una escuela digital de potenciales psicópatas. Y es que la educación no sólo es racionalidad, información y conocimiento. La educación escolar es sobre todo formación, Bildung se diría en alemán. Una formación para la vida, configuradora del êthos de la persona, del carácter ético para la existencia y para el ejercicio pleno de la ciudadanía, formación que si bien precisa de información y conocimiento exige sabiduría.

Sabiduría, saber para la vida, he aquí la misión formadora última de toda educación. Saber que supone la inteligencia emocional, no sólo la racionalidad. Supone el trato humano personal, el cara a cara, la mirada, las tonalidades de la voz. ¿Quién no recuerda a sus grandes maestros? ¿Aquellos que marcaron nuestra vida, nuestras actitudes, nuestro pensar con su impronta? Y los recordamos por un plusvalor, un añadido que jamás puede reducirse a conocimiento e información. Mis grandes maestros, y tuve varios, me dejaron mucho. Los emulo todos los días. Los recuerdo con cariño, con el más grande de los sentimientos. Agradezco la fortuna de haberlos tenido, cómo quisiera volverlos a tener. Estudié sociología por uno de ellos en mi fantástico Liceo Gustavo Herrera de Caracas, uno que nos enseñaba las clases sociales y su decadencia en la Venezuela que amanecía el Viernes Negro con las canciones del Medioevo, con "Laura, la sin par de Caurimare". Y no sólo eso.

Pero el saber para la vida no sólo lo adquirimos de esos geniales maestros, de esas maestras que con un gesto nos mostraron el universo todo. El saber para la vida lo ganamos también en los recreos, en los juegos infantiles, en los pasillos de los liceos. En aquel Gustavo Herrera disfruté de un educativo laboratorio social y conocí el amor. Un laboratorio social por cuanto nos reunimos en un mismo salón gente pudiente de Altamira y Los Palos Grandes que buscaban estudiar Humanidades, algo que sus colegios pagos no ofrecían; gente de una clase media deteriorada de Chacao; gente fantástica de Petare, de Bucaral y de los barrios de Bello Campo. Aprendimos a respetarnos, a querernos. Fuimos juntos a nuestras fiestas de prograduación de Bachiller, nos mezclamos, bailamos unos con otros, comenzamos a comprendernos. Después la Ciudad Universitaria de Caracas elevó este laboratorio social y el amor al mayor grado. Desde la Tierra de Nadie hasta el comedor, desde los salones de clase hasta la sala de ciencias sociales 2 de la Biblioteca, desde la Sala de Conciertos hasta el Aula Magna y la foto junto al Pastor de Nubes, todo está lleno de recuerdos de enseñanzas inolvidables para la vida. De allí salieron amistades para todo la vida, Daniel Camino. De aquel enamorado espíritu emergió el ser excepcional que es mi hija. Allí la soñamos su madre y yo. He sido un privilegiado. Muchos lo fuimos al descubrir el mundo de nuestros maestros o sentados en las escaleras de nuestros coles junto con aquellos compañeros que hasta hoy recordamos con nostalgia. No quiero que los que vienen detrás pierdan este privilegio. De eso va la educación presencial, educación para la vida, insustituible, imprescindible. Y como dice la fría propaganda, para todo lo demás la educación a distancia.



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Javier B. Seoane C.

Doctor en Ciencias Sociales (Universidad Central de Venezuela, 2009). Magister en Filosofía (Universidad Simón Bolívar, 1998. Graduado con Honores). Sociólogo (Universidad Central de Venezuela, 1992). Profesor e Investigador Titular de la Escuela de Sociología y del Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad Central de Venezuela.

 99teoria@gmail.com

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