El caos universitario

Tengo 23 años dando clases en LUZ. Programa de Orientación 1.

Previo a pandemia ya las condiciones de infraestructura de la universidad sumadas a la migración, jubilación y muerte de profesores habían vuelto complicada la situación para la actividad docente. Pero, como la migración de estudiantes también era grande, poniéndonos de acuerdo y creando logísticas operativas sobre la marcha, lográbamos salir a flote, comprometidos con el derecho a la educación superior de nuestros alumnos, garantizado en nuestra carta Magna (que por cierto habla de la gratuidad hoy quebrantada con la exigencia de un arancel 15$ para la inscripción, al menos en Humanidades).

Llegó la pandemia y ya sabemos todo lo que se impactó el hecho educativo a todo nivel.

Desde hace tres semestres atrás fuimos llamados a retomar las clases pospandemia, casi sin alumnos, con una infraestructura universitaria desvalijada y destruida, casi sin opciones de transporte en la ciudad (las rutas universitarias desaparecieron), con graves problemas de combustible y con un sueldo inexistente para poder dar respuesta particular a la movilización. Sin embargo, nos volvimos a recrear y empezamos a dar clases a distancia, según las posibilidades y características de las asignaturas de cada profesor. Pero, además, conscientes de no poderle exigir a los jóvenes conectarse a plataformas como zoom o Google meet, tomando en cuenta los problemas eléctricos y las posibilidades de acceder a internet de los chamos (y la de muchos de nosotros, porque mi wifi existe porque mí hijo lo adquirió para la familia, no porque el sueldo nos permita administramos para tener el servicio).

Este semestre se les dió paso a cientos (quizás me quedo corta) de estudiantes de toda la facultad de Humanidades y Educación (hablo de mí realidad institucional directa, pero no es la única), un número que rebasa por mucho las posibilidades y condiciones REALES para dar respuesta a los jóvenes que tienen derecho a recibirla, porque ellos fueron aceptados para ingresar.

Para agilizar el trabajo y dar respuesta lo más oportuna posible, los profesores de cada mención dan nuestro número de teléfono personal y los muchachos nos escriben al WhatsApp. Al menos yo, ya no espero por listas oficiales de estudiantes (porque pueden llegar a final de semestre sin obtenerla y necesito tener registro de los alumnos y sus tareas para efectos de evaluación), hago las listas a mano y luego creo el grupo de WhatsApp para colocar asignaciones semanales, lo cual tergiversa por completo la naturaleza presencial de taller vivencial de mi materia.

Describo de manera extensa (y sin embargo, muy general) la dinámica modo salmón (contra corriente) que estamos viviendo, porque me parece que, más que dar soluciones tipo "loro en terremoto" necesitamos sincerar nuestra capacidad de respuesta como institución al número de estudiantes que se aspira a atender. Porque aún haciendo todos estos malabares, no estamos garantizando calidad educativa ni el respeto que los estudiantes merecen al darles atención.

Esta es una realidad que debe ser discutida con las autoridades universitarias y gubernamentales, porque la universidad autónoma ha sido abandonada y maltratada de una forma grotesca, nos hemos quedado sin capacidad de respuesta institucional. ¿De qué sirve jactarse del número de alumnos que ingresa sin poder garantizar resultados dignos y adecuados en materia de formación académica y desempeño profesional? Es una suerte de simulacro irresponsable.

Hoy puedo decir, desde mi desesperación como profesora, que pasamos de un nivel de crisis a un nivel de caos. Y no se expone con claridad, no se habla, solo se padece como si fuera una penitencia que hay que asumir sin remedio ni derecho a réplica. Yo decido salvar mi responsabilidad al respecto. Claro que la vida de la universidad son los estudiantes, pero, ¿en qué condiciones los estamos recibiendo? ¿Eso es vida universitaria?Lola Delgado, la universitaria.



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María Dolores Delgado


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