Girardot, el corazón de la independencia. Parte I. Infancia y juventud de un patriota

Septiembre es el mes del coraje, de la persistente lucha por desalojar a Monteverde de Puerto Cabello, pero es también el aniversario de la muerte de Atanasio Girardot, decretado por Bolívar como recuerdo imborrable de nuestra historia. Sobre este personaje he escrito una novela histórica y biográfica, como un homenaje a la juventud que desde muy temprano aprende a amar a su tierra y a buscar senderos de independencia y libertad de otros pueblos. En tres sucesivas entregas sintetizo la vida de este joven esperando disponer lo más pronto de una versión digital del libro, que pudiera ser entregada gratuitamente por Aporrea, si así se lo propusiera este medio, o a muy bajo precio por otras vías.

La vena patriótica se construye desde muy temprano, el amor intempestivo del viudo Jean Louis Girardot Bressant, un hombre de origen francés por la muy joven y bella neogranadina Marta Josefa Díaz y Hoyos, dio por resultado que naciera Manuel Atanasio, nombres que unidos significan guerrero inmortal. Su nacimiento ocurrió en una tierra virginal ubicada en San Jerónimo, territorio de la provincia de Antioquia, con la casualidad que sin ser morocho, tuvo un hermano de la misma edad porque el buenmozo Louis fue padre en otra joven. Esa criatura se llamó Pedro. Louis, la cabeza de la casa inmediatamente reconoció su adulterio y fue perdonado con el compromiso ante su esposa Marta que se encargaría de velar por ambos en lo referente a medios de vida y educación. Luego de varias mudanzas, Atanasio sintió una gran admiración por el paisaje natural de esa tierra antioqueña en la cual estudió bajo la tutela de su padre, aprendió francés muy fluido, pero le era imposible aprender latín y griego requisito de los estudios que su padre le había prometido ocurrirían en Santa Fe de Bogotá. Pedro también estudiaba bajo la supervisión de su madre biológica y maestros ocasionales.

Cuando vivían en la pequeña villa de Medellín, el mundo se hizo pequeño para las ambiciones familiares, económicas y sociales, y se organizó una mudanza a la capital del virreinato del Nuevo Reino de Granada, Santa Fe de Bogotá. Ese viaje se hizo en trayectos por tierra, luego sobre el río Magdalena, navegando durante cinco días, y nuevamente desde Honda hasta Bogotá, por el camino real que ya para ese momento existía. Ese fue un viaje de grandes aprendizajes sobre la naturaleza, sobre la cultura propia de los habitantes del río y sus riberas, sobre hechos históricos de gran relevancia como la llamada Expedición Botánica que dirigió Celestino Mutis, sin duda un sabio de la botánica, las escaramuzas de la revolución comunera, la barbarie española contra los rebeldes y los indígenas, y el sistema de vida colonial. Los más simples maestros que alguien puede conseguirse los tuvo Atanasio en ese viaje, Paisano, Vecino y Patrón, cada uno fue expresión de lo que significaba la naturaleza humana, y su padre, su admirado tutor, era el recalcitrante que decía que reforzar y que mantener como conocimiento expectante.

Al arribar a Bogotá, su padre funge de explorador de la ciudad, averigua donde se consiguen los productos para mantener una familia que desde el nacimiento de Atanasio ha crecido en miembros, siendo principalmente hermanas las que tiene de compañía. También se ocupa Louis de relacionarse con la iglesia católica y estudiar la historia de Bogotá, de sus calamidades sociales, sobre todo las epidemias de viruela. Todas las construcciones iniciales de un sociedad justa se han derrumbado, y Louis las discute con su hijo Atanasio, en un secreto tan grande como las lecturas de los libros prohibidos, perseguidos por la Santa Inquisición.

Consiguen un joven sacerdote como maestro de latín y griego, adquieren una biblia y obras griegas para incrementar sus aprendizajes, logra conocer Atanasio a personajes claves de la ciencia, como Mutis y el Sabio Caldas, intenta conocer personalmente al preso ilustrado Antonio Nariño, y finalmente ingresa a la universidad, donde el Colegio Mayor de Nuestra señora del Rosario, le abre las puertas a la formación profunda en temas vedados en otros espacios de la sociedad. Los rosarinos son un caldo de cultivo de la revolución de independencia, y allí estuvo este joven, hasta participar en veladas, junto a su padre, donde se analizaba la difícil situación de la Nueva Granada. La mente de Atanasio ahora florece de ideas que comparte con su padre que es un francés en porte y acento pero es un revolucionario independentista en su espíritu.

Atanasio comenzó amar tanto como su padre a la gente de las orillas, los que formaron barriadas de inmigrantes de bajos recursos; conoció muchos personajes que lo cautivaron, especialmente Carbonell, un promotor del enlace entre los criollos intelectuales revolucionarios y la plebe. Era solidario con el pensamiento de esos "chisperos", los que encenderían la mecha del barril de pólvora que era el pésimo gobierno del virrey Amar y Borbón, con su detestable y corrupta esposa.

Ese joven a los 19 años era todo un patriota, se había formado para servir a un ideal, que algún día se haría realidad, y ese día llegó un 20 de Julio de 1810, cuando se depuso el virreinato y floreció la esperanza de la independencia en la Nueva Granada.

Doscientos once años después de estos hechos ¿sigue teniendo la juventud el compromiso que muchos jóvenes de esos tiempos forjaron por nuestra libertad?

Ya lo veremos.



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Miguel Mora Alviárez

Profesor Titular Jubilado de la UNESR, Asesor Agrícola, ex-asesor de la UBV. Durante más de 15 años estuvo encargado de la Cátedra de Geopolítica Alimentaria, en la UNESR.

 mmora170@yahoo.com

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