Educar implica dilemas, batallas, acciones y reacciones, certezas e incertidumbres, tensiones, conflictos de perspectiva, divergencias metodológicas y estratégicas, centralidades y formaciones en choque, sentidos convergentes y divergentes, realidades y principios colisionando, alienación vs concientización, pugnas entre el discurso y la práctica educativa; en suma, específicamente una dialéctica de la educación a plena marcha.
En lo general la condición de educar se confronta entre la estandarización del pensamiento y su desarrollo crítico, la reproducción del sistema o su superación, el mito del ascenso social y la inamovilidad para el mercado laboral, entre el privilegio y la oportunidad, entre el humanismo y el utilitarismo, entre el itinerario excluyente y la proyección inclusiva. Mirando sus trayectos, tenemos que sus conflictos lejos de mermar, se reciclan en sus sucesivas circunstancias.
Con toda corrección debe asentarse que en el correr de los tiempos actuales la educación luce múltiples contradicciones, detallarlas implica abarcar cada aspecto de la vida humana que repercute en el proceso educativo, aunque ciertamente existen condiciones imprescindibles a tomar en cuenta a la hora de graduar sus trascendencias.
Digamos, enmarcando condiciones tales como los cambios estructurales del capitalismo global, la profundización de la sociedad de clases, la revolución industrial, tecnológica y científica, las reconfiguraciones institucionales, la propagación de la inteligencia artificial, la guerra cognitiva, la comunicación masiva, la digitalización social, los cambios en la hegemonía imperial, la reubicación del espacio dialógico formativo, o las específicamente pedagógicas, dado que la educación transcurre en escenarios concretos que la impulsan, estancan o repliegan.
A las formas habituales de la puesta en marcha educativa se suman los problemas educativos que conllevan estas relevantes alteraciones. Las viejas y nuevas contradicciones perduran de una u otra forma, se recombinan cambiando de forma, lo cual constituye una de sus manifestaciones en tanto la educación como forma de acción humana, constantemente se enfrenta a dilemas y ajustes.
Por lo tanto, las contradicciones en la educación suelen tener un marcado sentido concreto en los mecanismos y relaciones que la sustentan en su transitar, pero también están como procesos metabólicos a los cuales en particular los sujetos del proceso educativo nos enfrentamos ordinariamente sin estar plenamente empoderados debido al orden sistémico dispuesto.
En el primer rango las contradicciones además de las ya apuntadas, se observan entre lo privado y lo público, en los espacios entre lo bancario y lo popular, entre los recursos, los medios y las necesidades, entre sus relaciones de poder arriba-abajo, entre sus inercias y transformaciones, y un largo bregar de conflictos objetivamente enmarcados a los que se apunta repetidamente como problemas generales de la educación.
En cuanto a los mecanismos de su metabolización, de los procedimientos de asimilación-transformación del conocimiento o saber, como proceso cultural de enseñanza-aprendizaje de gran calado la educación está siempre en conflicto ya desde el hábito, la adaptación o el cambio, aun cuando esto es apenas un aspecto de las cargas explosivas plantadas en cada sitio en que se manifiesta dicha condición.
Y esto último replantea a ambos aspectos actuando dentro del proceso educativo general en una transfusión constante entre lo concreto y lo metabólico. La inmersión y contrastación de las contradicciones son la dialéctica de un proceso que describe el conflicto profundo en el escenario educativo.
Por tanto, como puede verse de las acciones societales en el ámbito educativo, como el tejido de actividades conscientes que socialmente realizamos en este terreno incluyendo las de nosotros y nosotras como actores directos; "formar para la vida" en escenarios tan complejos como complicados, resalta definitivamente el enfoque hacia la condición de educar. Sí, es verdad, este principio es demasiado universal, pero es un principio del cual en primera instancia no debemos desprendernos, sobre el cual coinciden los enfoques más discordantes, aunque no siempre identifiquen o subrayen las problemáticas sobre las cuales se levanta.
Empero, también se presentan tendencias conflictuadas con el futuro de la humanidad que se empeñan por enjuagar el motivo cultural superior de la educación en tiempos de descomposición global del capitalismo, que implícitamente usan a su modo y conveniencia dicho precepto.
Así mismo en este tenor acaecen acciones promotoras de la formación marginal del ser social como pieza de repuesto para reemplazarse en caso de fallas o desgaste, para capitular enteramente la educación ante los elementos analógicos y digitales del capitalismo. Esto es, para orientarla como recurso en usufructo exclusivo de sus modelos de economía real, industriales y relaciones históricas burguesas, así como del pulso e impulso unidireccional de las tecnologías de la información y la comunicación acordes al pensamiento de dominación.
Como vamos apuntando, la condición de educar se sujeta a sentidos y lógicas, es decir, modos de enfocar, racionalizar o pensar, de los cuales destacan los de clase, los religiosos, también de los fines según cada época, los económicos, los de cultura, los de dominación social o política, los tecnológicos, los que van contra todo humanismo (fascismo, terrorismo, militarismo, crimen organizado), los de liberación, los de las propias ciencias, de las corrientes de pensamiento, o del pensamiento pedagógico a través de la historia.
Verdad que están contiguos unos sentidos de otros, tienen sus lazos y transferencias, se delinean de acuerdo a estas y otras expresiones; aún más, una variante educativa, como la escuela, suele contener componentes del todo en el conjunto de su complejidad histórica. Si cada sentido proporciona una dimensión, cabe figurarse el conjunto de estos y otros sentidos en la educación operando en esta simbiosis.
Mal que bien así funciona la educación, es un escenario tan amplio tanto en el factor escolarizado, como en el no escolarizado o el de la vida que enseña y siembra educación, regida por una dialéctica profunda que más allá de agotarse en describir sus contraposiciones, o de sus giros posmodernos tras la "disolución" discursiva de sus antagonismos, descubre una simbiosis de conflictos sin descanso por los procesos en que ha de derivar la formación humana.
Por ende, lejos de abrirse bastos frentes formativos sin conflicto, sobreviene una lucha intestina en los procesos de la educación, no hay educación sin este movimiento, el conflicto, y más claramente la contradicción, está en la condición de educar. La propia condición de educar es un proceso regido por el conflicto de lo que se "conoce" y lo que ha de "conocerse¨, entre lo que se carece y lo que se domina, entre lo que se necesita y lo que ha de obtenerse. Es un estar en guerra, una transferencia de contradicciones entre los sujetos que concurren en el proceso de la educación, y a través de ello, de los dilemas sociales e individuales del panorama humano.
La contradicción define la realidad general, y la particular educativa, disponemos de una colosal construcción analógica y digital, y sin embargo su combinación sigue atada a las leyes del capitalismo, en la formación este es el panorama dominante, sea presencial o a distancia rompiendo todas las barreras espaciales y corporales, aterriza en un sistema de dominación del cual hace parte y conflicto.
Continuando en esta dialéctica interior, encontraremos que los grandes problemas contemporáneos de la educación, los que resaltan a primera vista como el rezago, el elitismo, el clasismo de derecha, la marginación, el fetichismo por el sistema, la violencia y descomposición social, las brechas materiales que ahondan las espirituales; están a flor de piel en nuestra sociedad global, siendo la estructura visible de la cuestión.
Estos problemas se potencian al infinito por complicaciones orgánicas mayúsculas, aunque sujetas al tejido burgués, tales como las contradicciones de enfoque bajo la racionalización del pensamiento dominante en el seno de cada método de enseñanza-aprendizaje, la deconstrucción de la memoria y la comprensión bajo el fuego de nuevos artefactos ideológicamente diseñados, la dispersión de la atención y la motivación con esos y otros instrumentos que desprograman la mente sobre lo que realmente necesita aprender para ganar capacidades y aptitudes cardinales y sustentables para el ser social humanista.
Si bien la vida y la experiencia educadora cotidiana contrarrestan sus influencias, estas crecientes dificultades están para ejercer de medios de control social e individual, tanto como lo hace el conjunto de realidades y corrientes que desalientan o degradan el aprendizaje a una educación para fomentar las relaciones sociales preestablecidas.
Por añadidura, a las tensiones en la educación que provienen de la estructura social clásica capitalista se añaden en la desestabilización del principio educativo las nuevas ramas de la economía de la violencia, las corrosivas relaciones utilitaristas, las redes de mentiras mediáticas y la visión de realidades alteradas que encuentran enorme cobertura tras las formas de la comunicación masiva digital. Entre otras cosas también fomentan la deseducación y los procesos de destrucción cultural comprendidos desde los que se supeditan a su estricto sentido progresivo y con más fuerza a los de carácter crítico; nada más conveniente para el capital y quienes desde la decadencia aun controlan directamente estos mecanismos.
Igualmente, la contaminación social y ambiental en todas sus formas, acumulada a escala planetaria y otras variables generadas en la sociedad capitalista afectan de tal manera nuestras generaciones que contribuyen a exacerbar las alteraciones clínicas del aprendizaje, la degradación artificial de las capacidades cognitivas o abundan en alteraciones psicológicas que entre otras afectaciones complican los procesos de enseñanza-aprendizaje de uno y otro lado del planteamiento, en otras palabras, tanto del docente como del estudiante.
La educación es así un exponente del medio social, un recurso dinámico de repuesto sistémico o, por el contrario, contra-sistémico según sus términos y consecuencias. A su vez la educación burguesa hoy reforzada hace de cada escuela su propia autorreferencia que de una producción espiritual crea una hegemonía educacional, por y para su modo de ver, concentrar los diversos sentidos en su manto. Siendo la educación un campo de batalla por las conciencias, se presentan dos perspectivas por los modos de enseñar ya sea en la alienación y el snobismo o para la emancipación social, entre percibir y aprender lo que se impone en las condiciones dominantes o asimilar el conjunto de circunstancias de nuestro mundo y sus vicisitudes.
En la educación burguesa en este terreno nada gusta más a las clases opresoras que los oprimidos admiren su educación, que imitemos a sus portavoces, sus parámetros culturales, sus centros, sus pirámides patriarcales, sus planes de conquista, su superioridad de clase o inteligencia económica, su monetarización de la vida, sus modos de ver decadentes.
En síntesis, que asimilemos como únicas e indiscutibles las relaciones de dominación y poder que hoy rigen los escenarios de la vida humana, que demos acceso total en nuestras mentes y acciones al sentido y pensar protoburgués; como el individualismo, la aceptación de las condiciones de existencia, la defensa del capital y su cultura, el apego a la cosmovisión dominante. Al tiempo que despreciemos nuestras realidades, en pos de sus modas, sus comportamientos extravagantes y sus medios de enriquecimiento sin importar lo que la humanidad ha debido de pagar por su opulencia.
Así entonces, la educación es trofeo en disputa, por las facultades pedagógicas en juego, por los procesos de aprender, como por las consecuencias de la enseñanza, la disputa está presente tanto en los grandes como en los pequeños espacios, sus batallas son diarias y agudas, se miren o no, se muestren o no, forman el asentamiento educacional.
Si hablamos de escuela o de cualquier otro ente que forme, hay que partir de un aspecto clave para el desarrollo inmediato y futuro, es insuficiente su crítica hacia su mundo exterior si al mismo tiempo no cobra fuerza la crítica hacia sus adentros, porque dicha entidad hace parte del fenómeno estableciendo la interioridad de las relaciones incubadas en la condición educativa con el objeto de moldear el pensamiento y el comportamiento.
Pues en las relaciones educativas propiamente dichas se internaliza la dominación, sobre la base de una cultura dependiente donde el oprimido se afrenta de su identidad y valora lo impuesto por el opresor, estableciendo una mentalidad ajustada a las jerarquías de la cosmovisión del modo de pensar burgués y protoburgués. En adelante ambos elementos le serán fundamentales hablando de un sistema formativo que evolucione y revolucione la educación por lo menos como realidad y cosmovisión contrahegemónica en la hoja de ruta de la conciencia de clase.
Aquí el tema es, qué tan hondo puede una escuela hacer su crítica total que, así como mira hacia afuera, mire hacia adentro, a lo que muchos llaman la autocrítica, cuánto fomenta las capacidades para que su crítica trascienda un criticismo amagado o mediatizado por las circunstancias; en pro de despejar sus propios mitos, sus límites, sus antítesis sus relaciones internas a nivel orgánico entre los sujetos de la educación.
Porque, a decir verdad, no todas las escuelas están en condiciones de cumplir con este desafío, unas por aferrarse a la arcaica sociedad de dominación y sus relaciones educativas y pedagógicas, otras porque la rutina las hizo caer en el costumbrismo formativo, o por no proponerse una ruptura ni un rumbo que fustigue sus medios de enseñanza para transformarlos de fondo. Orientarse en este movimiento, es harto complicado, requiere conciencia, definiciones, compromiso, métodos y mucho más, pero de eso es de lo que trata la cultura de educar y su arte, de gestar el cambio relacional entre el vínculo enseñanza-aprendizaje y sus formas.
Recuperar la historia progresiva de la educación, su culturalidad liberadora y tomar un sentido social por sobre la asimilación sistémica de producción de sentido capitalista es la ruptura que implica andar a contrasentido de la sociedad establecida y a contracorriente de las relaciones sociales dominantes también sembradas en la enseñanza y el pensar.
Por ahora, la educación está bajo el yugo de las circunstancias históricas, por ello no le resulta fácil ni cómodo combatirlas sin combatirse a sí misma como nos la dictaminan. Cabe acordarse que la universalidad de la educación se constituye de acuerdo al universo social regente a tal punto que sus sujetos son incesantemente moldeados por sus circunstancias para servir a un proceso de continuidad con el entorno.
Educar tiene diversos sentidos, medios de ejecución, múltiples formas de asimilar y asimilarse a los instrumentos, como creencias puedan tener sus exponentes. Pero el educar en la emancipación es también una decisión de conciencia, un compromiso del sujeto pedagógico y de la sociedad que lo requiere; que abre el cerco hacia otra condición de educar, de hacer escuela, enseñar a ser, y con esto, a actuar, pensar y relacionarnos de una forma redentora de lo humano con una cosmovisión armonizada con nuestros pueblos.
La condición de educar resulta una creación descentrada, en que el aprender y el enseñar se hacen un acto social integral, por encima de las tradicionales transferencias de saberes, para ser depositaria y generadora de perspectivas. En la cuadratura de las aulas la buena memoria es lo alienado al sistema de conocimientos, el punto ciego del docente es el estudiante quieto, tal como el tono de ruido para el docente es el estudiante hiperactivo, y donde el docente se le fosiliza, se le administran formaciones delimitadas; tanto como la incomprensión para el estudiante es la etiqueta y su hambre de conocimiento una sospecha de un faltante. Porque se acepta o procura un entorno prefijado, inclusive bajo diversas coacciones y opresiones a su labor, en este ámbito son las aulas y el marco en que se hayan insertados los sujetos, todo lo que debe transformarse con relaciones humanísticas, conciencia, amor y conocimiento de causa.
Ahora bien, el punto ciego u otros aspectos "borrados" del espacio áulico, no se perciben por carecer de un modo de ver crítico más amplio que fracture el sistema de pensamiento forjado en el docente en su formación previa, en las rutinas establecidas de su labor y en los excesos e interrupciones administrativas y presiones autoritarias que descarrilan le reflexión sobre su experiencia fecunda, así como por la parafernalia burocrática pública y privada que le rodea.
Aun cuando se realizan soluciones analgésicas, siembre aparecen nuevos puntos ciegos o de ruido marcando uno de los límites de la pedagogía dominante que van sumándose a la bola de nieve del rezago socio-educativo de los países capitalistas sujetos a dependencia imperial económica, política y cultural.
Debe forjarse un sentido mucho más poderoso y envolvente, un modo de ver que contemple la totalidad del espacio-tiempo social educativo. La educación debe formar pensamiento y acción libres de las circunstancias que nos sujetan, despejarse con consciencia de sus batallas antes que sucumbir a las relaciones de poder en su medio. En cualquier campo de la vida los sujetos de y para la libertad son la mejor herencia humana.
La formación del individuo está marcada de relaciones opresivas aquilatadas en un altar de reliquias tradicionales adjuntas a un idealismo neotecnológico, sostenidas por premisas de orden burgués mal encubiertas en doctrinas traspapeladas.
Para esta formación se apuntala una docencia sujeta al sistema, alienada al consumo de los productos sistémicos, que sea consagrada en el conformismo del pensamiento dominante o de aquel que se quedó a medio camino entre la progresividad sistémica y la ruptura que cae en lo coyuntural como forma particular de mediatización, desdeñando sus grandes reservas y experiencias, subestimando su contacto interior con el proceso de enseñanza-aprendizaje, descartándolas o paseándolas superficialmente en vista de que se cuenta con análisis de escritorio que no requieren de las experiencias de la vida del trabajo formativo más que para su ratificación y puesta en marcha; en concreto, contra toda ruptura del orden general.
Sometida sí, mas no asimilada para siempre, pues a pesar de los controles y los órdenes establecidos, sobran los ejemplos de innovación formativa desde abajo. En definitiva, tendría que cambiar las circunstancias, con ellas el entorno, el docente, el estudiante y el conjunto de sujetos de la educación en su visualización propias, en su formación y redefinición de procesos y objetivos, en su praxis, hacia otra estimulación del proceso formativo y del acontecimiento de aprendizaje, así como los alicientes del espíritu humano. Lo que cambie en el momento de este proceso es cuestión de lo que sea más plausible de entre los sujetos sociales y las circunstancias, pero su movimiento ya es necesario.
En su interior, es necesario fluir el proceso de enseñanza, considerar más allá de los simples conocimientos precisos de cada momento para fortalecer las formas de desarrollo físico-mental más importantes en el proceso formativo. Pensamiento elaborado, complejo y crítico; lógica matemáticas y dialéctica; discernimiento sobre las relaciones imperantes; dinámica físico-mental gruesa y fina múltiples, orientación para la memoria del cuerpo, conexión total de los sentidos; reflexión sobre los cambios internos; vinculación social comprometida; identificación de los procesos y productos del pensamiento que fortalecen o debilitan el desarrollo docente y el de los estudiantes; impulso concienzudo de los estados de desarrollo de la memoria, la atención y la respuesta creativa en la enseñanza.
La crítica que solo mira las deficiencias formales del sistema educativo a menudo representa un elemento sustancial de supervivencia "correctiva" del propio sistema que se cuestiona en su operatividad mas no en su política educativa y su esencia formativa doctrinal. La condición del docente es llevada por esta vía a ser eslabón de la institución pública o privada encausando su labor a la deseducación por los sistemas rígidos, verticales y las inmensas alteraciones mediáticas que invaden el espacio áulico.
En el mismo tenor, hacen presencia los procesos del fetichismo de la educación en tanto solución mágica de los problemas sociales sin abordar sus antagonismos y problemas estructurales que caracterizan nuestras sociedades. Estos siendo impulsados desde los sectores universitarios privados y grandes empresas trasnacionales se desparraman sobre todo el escenario educativo con un ideal de educación de mercado que ejerce coerción moral sobre lo que debe ser la docencia por el bien del sistema social, que solidifica las relaciones de poder y exclusión tras la jerga de la calidad y excelencia, que manipula las formas de la acción formativa en aras de supuestos beneficios mercantiles en competencia como motor espiritual de la enseñanza, que en la idolatría de los anacronismos educativos burgueses y la ideología del tecnologismo digital induce una ignorancia funcional del ser humano.
La condición de educar tiene una identidad superior, encuentra un rol sociocultural transformador de sentido sobre la relación y proceso enseñanza-aprendizaje colectivo, escolar y extraescolar. Es un desafío formativo de cambios paradigmáticos de este mismo proceso, de las relaciones de la educación dominantes, del currículo y didáctica anquilosados, pero ante todo de autoconciencia, de procesos multidireccionales sobre los conocimientos, saberes, creencias y pensamiento crítico del ser social en las diversas clases populares para reconocerse en sus bases, sus realidades y aspiraciones.
La multidireccionalidad es un concepto de importancia puesto que en el llamado proceso de educación y en particular el de enseñanza-aprendizaje todos los sujetos enseñan, todos los sujetos aprenden, en distintos sentidos, en distintos grados y en distintas lógicas de acuerdo con la parte que les corresponde en el proceso, en estos ciclos dialécticamente concatenados se aprende a aprender y a enseñar, tanto como se enseña a enseñar y aprender.
La consistente cimentación de la condición de educar y de sus procesos de enseñanza-aprendizaje emancipatorios del ser social íntegro con su necesidad de transformación es esencial para transitar en las batallas de una educación auténticamente colectiva, por la existencia cultural propia de nuestros pueblos y clases sociales populares bajo otras realidades y lógicas societales. Lo cual es posible fundamentalmente como movimiento general y, específicamente de los sujetos directamente involucrados en una concurrencia desde abajo, horizontal, dinámica y multilateral fusionando teoría y práctica, experiencia y conocimiento.