La Última Palabra

La buena vida se cuenta por días, dura poco; pero el buen nombre permanecerá para siempre”
Eclesiástico XLI

La última imagen que conservo de aquel amigo; lo veo recostado a su escritorio, de pie, sonriendo amable y mirándome, en el tajo de su ceja infinita, desde una estatura que siempre dignificó en la obra emprendida, en el trato diario con su personal, con los poetas, los profesores, los músicos, deportistas, artesanos, dirigentes comunitarios, y los humildes. Tenía los brazos cruzados sobre su pecho. Había decidido pagar la publicación de mi libro VIVIR A PULSO antes de este año para garantizar su publicación y de lo cual estaba encargado el poeta Javier Alexander Roa. “por si acaso, Gabriel, porque uno nunca sabe hasta cuando está aquí” me dijo. Es cierto que pasa rápido la sombra de nuestra vida y nos alejamos más de lo que nos acercamos. Algún día se nos parte el remo y la barcaza en alguna cascada. Pero estoy seguro de que este hombre nunca creyó que podría morir en esta hora en que hacía su mejor trabajo de alfarero de la cultura.

Me había prometido a mi mismo, pasar comenzando el año, por el Instituto Merideño de Cultura, para impulsar el libro, pero el cuerpo volvió a tocar la campana y tuve necesidad de restringir mi actividad a lo académico y a la escritura. Preferí esperar algún instante oportuno para ello. Hasta aquel viernes en que tuve una especie de “conflicto de intereses”, ya que esa noche se presentaba un importante libro sobre la Universidad, en el marco de la actividad de los candidatos de la Fuerza Bolivariana Universitaria, para las elecciones de este mes de junio; y también había sido invitado a presenciar la defensa de la tesis del Lic. Tarek el Aisami, acerca de la imposición de un modelo extraño a la cultura de Irak por parte de Estados Unidos, sus consecuencias, sus abisales diferencias y sus imposibles semejanzas. Me decidí por esta última opción. Me cabe el consuelo por no haber podido ver por última vez a mi amigo, Geandoménico Pulitti el hecho de que Tarek expuso en un impecable orden de ideas, profesionalismo y con sólidos argumentos, toda la substancia de una tesis extraordinaria, ante reconocidas autoridades académicas.

Estoy seguro que de haber asistido al bautizo de ese libro hubiéramos conversado un buen rato, reforzado el destino del libro que me publicaría y no habría tenido este pesado sentimiento de que hemos enterrado un cometa, que ha caído harta tierra sobre ese cuerpo en el cual habitó tanta dignidad. Aunque sé que alcanzó a sembrar una buena raíz, ante tanta raída honra de quienes hacen un simulacro de humanos. Vi muchas fotos de mujeres llorosas, de hombres con traje por la calle, todos iban tristes, envueltos en un silencio que imponía ese manto de ausencia. Un silencio en el que sólo puede sumergirnos el misterio de esa noche, en que la artera mano de un asesino, con la ignorancia halando el gatillo, con su bala rasgó la niebla y disipó el halo de su vida, quebró el flujo, el pulso, el latido, la voz, la palabra, la mirada honda, despeñó su sangre y con ello fundó la miseria y lo nauseabundo, en el territorio donde germina la esperanza, en los verdes prados, en las colinas que el poeta ciclista, hijo de inmigrantes italianos libraba sus limpias batallas. Miseria humana que ha llevado a que unos pierdan un hijo, un padre, un líder y un amigo.

Cortaron la rienda, despeñaron el carro de la vida y rodó al fondo de la gran bodega de la Muerte, allí macerará el vino en que habrá de convertirse para celebrar en la fiesta donde la lucha cesa y triunfa para siempre. Dejó fue un rastro de chimó sobre la grama, una solitaria bicicleta, unas palabras inteligentes y amables con que alimentan su memoria los colegas que le oyeron en esa última noche. Yo no tuve tanta suerte, sólo me alimento de aquella imagen en que él me miraba, sonriente, con hondura y estaba de pie, recostado al escritorio con los brazos cruzados.

Ha de estar muy mal una sociedad o un grupo ignominioso, cuando decide matar a un verdadero poeta y al hijo querido de un pueblo y al padre de unos niños.

Pero un día, amigo, la vida llegará a buscarte entre la muerte y la muchedumbre que amaste y que te amó, sacudirá el polvo y todos estarán de pie, a la orilla, para honrarte en tu refugio y como dice el salmo, ya no podrán andar más “los malvados a la caza del justo”

gabrinadja@yahoo.com


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Gabriel Mantilla Chaparro


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