Acento: Imperialismo en crudo

Ante el primer paso expansionista de Donald Trump-De la derrota, crear primavera

Semanario Brecha de Montevideo, 9 enero, 2026

El mundo en el que nos despertamos el 3 de enero es diferente y más peligroso. Donald Trump se quitó la máscara de hipocresía con que actuaban sus antecesores en la Casa Blanca y, sin una declaración de guerra previa contra Venezuela, con una escalada militar vertiginosa, contundente y exitosa inauguró 2026. La agresión criminal y el secuestro del presidente en ejercicio Nicolás Maduro y de la primera dama, Cilia Flores −ahora convertidos en rehenes−, fueron una acción imperialista pura y dura que enterró de facto al derecho internacional.

Las normas establecidas desde los tratados de Westfalia en 1648 hasta la paz de Yalta, el sistema de Naciones Unidas, los Convenios de Ginebra de 1949, la multilateralidad, la idea misma de la globalización y la propia Constitución de Estados Unidos saltaron por los aires. Hoy solo vuelve a regir la ley del más fuerte: la fuerza bruta. Y parece un proceso irreversible. El presidente de Estados Unidos dijo que quería comportarse como un dictador y lo está haciendo. Ya no solo habla y blufea. También actúa, fanfarronea y se burla. El lunes, el Departamento de Estado subió a sus redes sociales un cartel con una imagen del republicano y una elocuente inscripción en ruso: «No jueguen con Trump». El magnate también dijo que, si el general Dan Caine, que coordinó el ataque a Venezuela, hubiera estado en Moscú, la «operación especial» rusa en Ucrania habría terminado en un día. La ironía no debió caer bien en el Kremlin. Y no es un problema de ideologías.

La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 −difundida en noviembre pasado, pero puesta en práctica desde que Trump asumió su segundo mandato, el 20 de enero pasado− es una declaración de intenciones para crear un imperio estadounidense desde Groenlandia hasta la Patagonia. Trump ha repetido que el continente americano le pertenece a Estados Unidos y que solo Washington determinará quién y qué se hace en él. Proclamó la renovación de la doctrina Monroe y dijo que se debe expulsar «adversarios» y «competidores» de las Américas. El mensaje a China y Rusia es inequívoco. Pero también a Brasil, México, Colombia y Cuba, además de Groenlandia. Trump afirma que someterá a todos y disparará sin previo aviso cuando quiera.

El artero ataque a Venezuela marca un primer paso expansionista. Trump dijo que quería el petróleo de Venezuela y «otros recursos» críticos geoestratégicos (tierras raras, litio, agua, etcétera). Y no hay memoria de un deseo imperial tan sinceramente público. Ahora, el brutalismo trumpiano está dando los pasos para la consecución de esos fines. Porque nunca fueron la democracia, los derechos humanos ni el narcotráfico; esas siempre fueron matrices utilizadas como arma de guerra para el manejo mediático-propagandístico de las guerras del imperio.

Y hay un nuevo elemento peligroso: las armas nucleares han dejado de ser un factor disuasorio. El año pasado, junto con Israel, Estados Unidos bombardeó instalaciones nucleares en Irán y decapitó generales y científicos, y los ucranianos dirigidos por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) atacaron la tríada nuclear en el territorio profundo de Rusia. Ya no hay reglas ni tampoco inviolabilidad de presidentes en funciones.

Según declaró el lunes 5 a CNN el supremacista coordinador de gabinete de la Casa Blanca Stephen Miller, el futuro del «mundo libre» depende de Washington. Dijo: «Estamos al mando [de Venezuela] porque tenemos a las Fuerzas Armadas estacionadas afuera del país. [Durante la transición] fijamos las condiciones. Tenemos un embargo completo sobre su petróleo [y] para que puedan comerciar necesitan nuestro permiso […]. Somos una superpotencia y bajo el presidente Trump nos conduciremos como una superpotencia. Es absurdo que permitamos que un país de nuestro patio trasero se convierta en proveedor de recursos a nuestros adversarios […]. Vamos a hacer valer nuestros intereses sin disculpas».

Las bravatas de Miller indican que Trump quiere imponer un estilo de «negocios» abiertamente imperialista y neocolonial. Un pretendido tutelaje regido por una nueva fase de máxima presión sobre el gobierno venezolano, que, por necesidad y desesperación ante la creciente desdolarización del mercado energético impulsado por China y Rusia en el llamado Sur global, necesita intensificar la «cuarentena» sobre el tránsito de hidrocarburo en el Caribe hacia países considerados enemigos y revertir la política de bloqueo sistemático que construyó Trump durante su primer mandato. En su afán de detener el declive de su hegemonía ante el avance de China, el petróleo como botín de guerra.

LOS HECHOS

El mismo día del ataque, el New York Times difundió un reportaje sobre el desarrollo de la Operación Resolución Absoluta para secuestrar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, con algunos datos informativos que no figuraban en el show mediático protagonizado durante la mañana del 3 de enero por Trump, los secretarios de Estado y de Guerra, Marco Rubio y Pete Hegseth, respectivamente, el jefe de las Fuerzas Armadas, Dan Caine, y el director de la CIA, John Ratcliffe. Allí ofrecieron detalles sobre la planificación de la agresión.

El reportaje del Times daba cuenta de la infiltración de un equipo clandestino de la CIA en Venezuela desde agosto pasado para recopilar información sobre los movimientos diarios de Maduro, combinada con una «fuente humana cercana» al mandatario y una flota de drones furtivos que volaban sobre él, que permitió a la agencia trazar un mapa con detalles minuciosos sobre sus rutinas. Esa información fue decisiva para la incursión del amanecer del sábado 3 por comandos de élite de la Fuerza Delta (Delta Force) del ejército, que fueron conducidos a su objetivo −en la base militar más fortificada de Venezuela− por una unidad de élite del 160.º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales (Night Stalkers). Mientras en una sala dentro de Mar-a-Lago, en Florida, Trump y sus principales ayudantes veían cómo se desarrollaba el asalto en tiempo real, los comandos SEAL (de tierra, mar y aire, reputados como asesinos profesionales) capturaban y secuestraban a Maduro y a su esposa, Cilia Flores, trasladándolos al USS Iwo Jima, un buque de guerra estacionado en el Caribe a unos 160 quilómetros de la costa de Venezuela. Luego ambos fueron llevados a la base naval de Guantánamo, donde el FBI tenía un Boeing 757 esperando para conducirlos a un aeropuerto controlado por militares al norte de Manhattan.

Previo a la entrada de los helicópteros de la Fuerza Delta, dos aviones EC-130H Compass Call de la Fuerza Aérea, especiales para la guerra electromagnética, enviaron ondas de energía no cinética que cegaron los sistemas antiaéreos rusos, los radares y las torres de comunicación en la zona de El Volcán, en Caracas. La generación de una densa niebla informacional permitió crear un corredor aéreo seguro y mantener el elemento de sorpresa táctica, para pasar de la fase aérea de neutralización masiva a la de ataques de decapitación del sistema nervioso central de las Fuerzas Armadas venezolanas: un F-35 con un misil destruyó una de las antenas principales y detrás entraron los F-18 a bombardear puntos militares estratégicos, entre ellos Fuerte Tiuna, corazón del poder militar, y la base aérea de La Carlota, haciendo colapsar al mando central venezolano. También fueron alcanzados el puerto de La Guaira y el aeropuerto de Higuerote.

Luis Quiñonez, que se identificó como exasesor de Trump, dijo a los medios que Estados Unidos tenía identificados 412 puntos de importancia para destruir, pero solo se atacaron 16. También aseguró que hubo «un tiroteo enorme», que pudo ser neutralizado rápidamente con los helicópteros de ataque con una fuerza abrumadora. Trump reportó media docena de soldados estadounidenses heridos, pero según el investigador venezolano Sergio Rodríguez Gelfenstein, varios resultaron muertos y se está ocultando a la opinión pública por razones políticas. Del lado venezolano fueron eliminados en combate o a consecuencia de los bombardeos medio centenar de efectivos, 19 del Batallón de Honor Presidencial, además de 32 cubanos internacionalistas que se encontraban cumpliendo tareas de protección y defensa institucional. Según un análisis técnico-militar de la operación que involucró a más de 150 aeronaves de Estados Unidos y fuerzas especiales (Delta Force y Night Stalkers), la defensa venezolana registró fallos críticos en cuatro pilares fundamentales: la inteligencia, el mando y control, la defensa antiaérea y la seguridad presidencial. La cronología del Pentágono revela que la operación fue la culminación de meses de planificación y de un exhaustivo trabajo de inteligencia. Parece innegable que estaban localizados los sistemas de defensa antiaérea venezolanos, los aviones, los helicópteros. También, que hubo una penetración humana al más alto nivel, lo que sugiere una «entrega» o «venta» de información (ergo, una traición) desde el círculo más íntimo de Maduro. Sin esa premisa, la inserción de tropas por aire en Caracas era una misión casi imposible. La contrainteligencia tampoco pudo detectar y neutralizar el espionaje electrónico y el seguimiento físico del presidente. Aunque no está confirmado, algunos reportes indican que los cazas Su-30MK2, el principal vector de superioridad aérea, fueron destruidos en tierra. También fue vulnerado el anillo de seguridad personal de Maduro: aunque efectivos de la Guardia de Honor Presidencial y los internacionalistas cubanos combatieron, se quedaron sin apoyo y el resultado final fue el secuestro de Maduro, un objetivo de alto valor.

(No parece un dato casual que Maduro fuera secuestrado un 3 de enero, el mismo día que, después de estar refugiado desde el 20 de diciembre de 1989 en la sede diplomática del Vaticano en Panamá, el nuncio Sebastián Laboa entregó en la base Howard del Comando Sur al general Manuel Noriega y que Trump ordenara el asesinato, en 2020, del alto mando iraní Qasem Soleimani, en Irak.)

A partir de un avasallamiento tecnológico-militar de última generación y una operación aérea de saturación tipo enjambre, Trump infligió una derrota táctica a la revolución bolivariana, pero no logró un cambio de régimen ni de gobierno, ni descabezar al Estado nacional. No hubo un vacío de poder. El alto mando político y militar no se fracturó y en menos de 48 horas la respuesta fue institucional.

Desde la mañana del 3 de enero Trump y su círculo áulico habían iniciado una nueva fase de la disputa narrativa por la cual se ha ido construyendo la imagen de Hugo Chávez y Maduro como «dictadores» y presentando a Venezuela como un Estado fallido y/o un narco-Estado. Maduro fue señalado, por ejemplo, como jefe del inexistente cártel de los Soles, mientras se construía un discurso tecnocrático de la invasión (dijeron: «Fuimos quirúrgicos»), y como parte de la guerra psicológica comenzaron a jugar la carta de la división para generar caos y desestabilización.

Para las mayorías pasó desapercibido que como pocas veces antes, en su conferencia de prensa, Trump leyó lo que dijo. Igual el secretario de Estado Rubio y el general Caine. No se podían salir del libreto. La última carta de la CIA y el Pentágono es jugar a la división interna; introducir la duda sobre la supuesta traición de Delcy Rodríguez («Estamos hablando con la vicepresidenta y la tenemos bajo control» apareció como nueva matriz de opinión). Sin embargo, quienes la conocen no dudan de su lealtad al proceso. De allí que ahora, con una mujer al mando y el pueblo movilizado, la derrota táctica podría convertirse en una victoria estratégica y moral en el marco de una nueva fase de la confrontación entre la doctrina Monroe y el bolivarianismo.

El lunes 5 se produjo una virtual sincronía histórica: después de quedar instalada la Asamblea Nacional el día que señala la Constitución venezolana, Delcy Rodríguez se juramentaba ante los legisladores y el cuerpo diplomático como encargada temporal de la presidencia; el embajador Samuel Moncada denunciaba ante el Consejo de Seguridad de la ONU la agresión imperialista y el secuestro del presidente, y Maduro, a quien Trump pretendía presentar como un trofeo de guerra, desbarataba el show mediático al declarar ante un tribunal federal en Nueva York: «Soy no culpable y presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela. Fui secuestrado en mi casa, me considero un prisionero de guerra y me acojo a la Convención de Viena».

El miércoles 7, la presidenta Delcy Rodríguez destituyó al general Javier Marcano Tábata, quien se desempeñaba como comandante del regimiento Guardia de Honor Presidencial y director general de Inteligencia Militar, el órgano especializado en operaciones antiterroristas y de contraespionaje. Marcano fue sustituido por el general Gustavo González López. Según un despacho difundido por Venevisión hacia la medianoche del martes 6, Marcano habría sido arrestado por la «entrega» de Maduro. Se lo acusa de haber desactivado los protocolos de defensa aérea en el Fuerte Tiuna; mantenido información cifrada con la CIA semanas antes del 3 de enero y entregado las coordenadas exactas donde permanecía Maduro, así como los puntos ciegos del anillo de seguridad cubano-venezolano del mandatario, y facilitado la «ruta de extracción» de los comandos Delta del Pentágono que lo secuestraron. Sería la «fuente humana» con que contaba la CIA. Según Venevisión, también se habrían registrado detenciones de oficiales de inteligencia y contrainteligencia de la Dirección General de Contrainteligencia Militar que respondían a Marcano.



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Carlos Fazio

Catedrático y periodista uruguayo residente en México. Docente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM)


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