El fútbol/espectáculo/negocio y el capitalismo de la corrupción

El capitalismo no es, ni de lejos, la simple intersección de las curvas de la oferta y de la demanda, tal como lo afirma categóricamente una fantasiosa e irreal teoría económica. No es una simple relación de intercambio, de trapicheo de bienes y servicios. Son entramados institucionales, formales o informales, los que le dan forma y proyección. Sin corrupción –y sin su consiguiente impunidad– los andamiajes del proceso de acumulación de capital serían impensables. Ello es parte de actividades lícitas e ilícitas, así como de las relacionadas con el esparcimiento y el entretenimiento. El fútbol no está al margen de ello, sino que la misma híper-mercantilización experimentada durante las últimas tres décadas, no se entiende sin el carácter extractivo y depredador vinculado a la ilegalidad. De tal modo que el balón rueda bajo la sospecha permanente de que se encuentra manchado por la corrupción y por las decisiones y manejos discrecionales y regidos por la opacidad. Detrás del telón de la pasión y de las emociones desbordadas en los estadios, se esconden delincuentes que abusan de sus posiciones de poder para lograr provechos más allá de los permitidos por la ley, los reglamentos y la ética.

Como lo comentamos en otros espacios (https://shre.ink/5Ol6, https://shre.ink/5OlO, y https://shre.ink/5OlV), la híper-mercantilización del fútbol condujo a una sofisticación de la organización y gestión de las empresas deportivas, de tal manera que priva una racionalidad instrumental de carácter corporativo fincada en inversiones, sumas y ganancias estratosféricas en su logística, campeonatos y demás eventos y merchandise. Hasta el último centímetro de la cancha y el último segundo de los partidos se encuentran mercantilizados y movidos por el afán de lucro y ganancia, mientras que el aficionado tradicional es despojado del estadio y hasta de la pantalla del televisor en un ejercicio de gentrificación que privilegia al turista premium por encima de las multitudes populares de limitado poder adquisitivo. Esta marcada tendencia abre amplios espacios a la acumulación de capital y a la concentración de poder entre las élites tecnocráticas dedicadas al deporte rey. Pero también los boquetes de la corrupción y de los manejos discrecionales se expanden conforme los Estados se tornan cómplices u omisos, y conforme los socios y aficionados son arrinconados por esas élites empresariales y tecnocráticas del fútbol.

Si deseamos ubicar un punto de inflexión en esta lógica, tendremos que remontarnos a la llegada de João Havelange a la Presidencia de la Fédération Internationale de Football Association (FIFA). El dirigente brasileño no solo cambió el rostro del organismo rector, sino también sus entrañas y funcionamiento al cimentar la construcción de un imperio corporativo desde aquella década. La geoestrategia y geoeconomía urdidas por Havelange se fundamentaron en la opacidad y sentaron sus bases en el poder y proyección de la televisión a color. Si bien hasta 1974 la FIFA no era más que una cofradía de caballeros embelesados con los valores victorianos que le dieron origen y regulación al fútbol en su versión amateur y cercana al fair play, Havelange comprendió los nuevos tiempos y adoptó una meticulosa y sofisticada organización empresarial fundada en los patrocinios de marcas icónicas mundiales durante largo tiempo. Su Presidencia se extendió hasta 1998, y le correspondió ser testigo y participé de los cambios socioculturales al amparo de la globalización y de la entronización del mercado como deidad rectora de la vida social. El llamado mundo subdesarrollado comenzó a participar en la cancha y en los procesos electorales de la FIFA. Havelange construyó su poder en esos países, al tiempo que les otorgó cupos en los Mundiales, principalmente a selecciones africanas y asiáticas. De su mano, el fútbol se extendió a lo largo y ancho del mundo, rompiendo récords de audiencias. La docena de empleados que la FIFA disponía en 1974 resultaban insuficientes para las ambiciones mercantilizadoras de Havelange. Su apuesta fue crear un espectáculo/negocio masivo de alcances globales. El dirigente brasileño llegó a declarar que cuando tomó las riendas de la FIFA solo existía un puñado de 20 dólares en sus harcas; en tanto que para 1998 sus cifras ascendieron a los 4000 millones de dólares. Para ese año, la FIFA contaba con 209 países miembros; mayor cantidad que la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Cabe mencionar también que bajo su mandato se celebraron por vez primera los Mundiales Sub-17 (1985) y Sub-20 (1977), la Copa Confederaciones (1992), y la Copa Mundial femenina (1991); en tanto que el Mundial masculino transitó de 16 a 32 selecciones nacionales. 

Con los proyectos modernizadores y profesionalizantes de Havelange y al amparo de la corrupción, la FIFA dejó de ser una organización victoriana con afanes no lucrativos y con un puñado de ancianos europeos aficionados a su cargo para convertirse en una compacta élite empresarial y mafiosa transnacional que dispuso de los procesos de globalización y del acelerado cambio tecnológico iniciado en los años setenta para afianzar procesos de acumulación de capital a gran escala y sostenerlos en un sofisticado sistema de prácticas de corrupción que aprovechó el secreto bancario y la laxitud de las leyes suizas. Fue la época en que se impuso a rajatabla la lógica de la ganancia por encima de la pasión y del carácter popular del fútbol. Además, con el Mundial de Argentina 1978 –el primero bajo su Presidencia–, Havelange descubrió las implicaciones geopolíticas del balón al saciar las ambiciones de los militares golpistas de limpiar su imagen represiva a través de un evento deportivo de alcances planetarios. Havelange hizo caso omiso de los reclamos por la represión militar y los desaparecidos en el país austral, de tal manera que abiertamente se fusionó el fútbol, el negocio y el poder político. La empresa mexicana de telecomunicaciones, Televisa, fue fundamental en esa expansión mediática de la FIFA y en la ratificación de la Argentina militarizada como sede mundialista. Sin embargo, las pérdidas de ese mundial se estimaron en 700 millones de dólares. De esas alianzas de Havelange con las élites argentinas, surgió el poder de Julio Grondona, que tomó el control de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) en 1979, y que ocupó la Vice-Presidencia de la FIFA desde 1988 hasta el año de su muerte (2014). El poder de este personaje argentino –denominado en sus pesquisas por el FBI como el Co-Conspirador 1– se extendió por 35 años.

Los primeros actos de corrupción de Havelange fueron al amparo de los sobornos de patrocinadores como Adidas y Coca-Cola. El siguiente paso de la escalada de su corrupción lo representaron los derechos de transmisión de los eventos futbolísticos, especialmente a través del sonado caso de la empresa International Sport and Leisure (ISL) que le otorgó importantes sobornos entre 1992 y el año 2000.

Horst Dassler –hijo del fundador de la marca deportiva Adidas– y el británico Patrick Nally, crearon una ingeniería empresarial innovadora a la fecha y que le expusieron a Havelange: se trataba de una empresa de mercadotecnia deportiva. Dicha empresa adquiría los derechos comerciales de los eventos deportivos de la FIFA; mismos que se re-vendían a las grandes marcas comerciales por millones de dólares a cambio de acuerdos publicitarios para la gama de eventos organizados por el ente rector del fútbol. Esta estrategia corporativa proveyó de cuantiosos fondos financieros a la FIFA, y permitió cumplir las promesas hechas por Havelange a las federaciones del sur del mundo. A su vez, Havelange otorgó a muchas federaciones préstamos sin supervisión, que significaron una literal compra de votos. No menos importantes fueron los sobres amarillos con dinero, entregados previo a cada votación durante los congresos de la FIFA.

ISL fue fundada en la década de los ochenta por el mismo Dassler, y se concentraron en ella los negocios relacionados con los derechos de transmisión de los eventos de la FIFA. Años después esta empresa se convirtió en el talón de Aquiles del propio organismo rector, pese a la muerte de Dassler en 1987. Ya bajo la Presidencia de Joseph Blatter –quien llegó al poder de la FIFA en 1998, luego de 17 años en la Secretaría General y luego de intentar traicionar infructuosamente a Havelange en las elecciones de 1994–, se declaró en bancarrota a ISL en el año 2001 en territorio suizo y, con ello, afloró la corrupción y los sobornos entregados a la FIFA bajo la gestión del dirigente brasileño. ISL debió pagar a la FIFA una suma de 1600 millones de dólares por derechos de transmisión y acuerdos comerciales para los mundiales del 2002 y 2006, pero su insolvencia financiera se lo impidió. Entonces la FIFA correspondió con denuncias legales que alegaban “fraude, administración comercial desleal y malversación de fondos”. Pero, hacia el 2004, Blatter reviró y desvinculó a la FIFA de las acusaciones contra ISL, removiendo más el lodazal con esa decisión controvertida, y motivando a los fiscales suizos a averiguaciones más profundas que desvelaron el estercolero dejado por Havelange en su paso por la Presidencia. Según lo relata el periodista Ken Basinger, en su libro Tarjeta Roja. El fraude más grande en la historia del deporte, para el 2005, la fiscalía helvética armó un amplio rompecabezas que determinó las triangulaciones de sobornos y coimas (mordidas) que, entre 1989 y el año 2001, terminaron en empresas de Havelange y familiares cercanos como su yerno Ricardo Texeira, entonces Presidente de la Confederación Brasileira de Fútbol (CBF). Esos sobornos también llegaron a manos del entonces Presidente de la Conmebol Nicolás Leoz. Sin embargo, pese a la investigación judicial, nadie fue acusado ni pisó la cárcel porque el soborno comercial no se consideraba delito en Suiza. Sin embargo, ello sirvió para identificar los precedentes del origen de la corrupción a gran escala en el fútbol y para que la FIFA cargara con una permanente sombra de sospecha, pues se desveló que los dirigentes deportivos no firmaban ningún contrato sin sobornos de por medio. A su vez, ISL y en un principio Dassler, garantizaban con esas “comisiones” que los derechos otorgados por la FIFA fuesen exclusivos y otorgados por muchos años.

Sin embargo, las consecuencias de este caso que vinculaba a Havelange no fueron mayores. Fue hasta la implosión del llamado FIFAGate cuando se alcanzan niveles de escándalo y con implicaciones judiciales gracias a la intervención del FBI estadounidense.

El 2 de diciembre de 2010 fue la fecha fatídica para la FIFA. Ese día, tras votación en su Congreso, se dieron a conocer las sedes de los Mundiales de 2018 y 2022. Rusia y Qatar, respectivamente. De tal modo que las polémicas no se hicieron esperar tras la elección. Sin embargo, la FIFA de Blatter hizo caso omiso, pues ante el fracaso financiero del Mundial de Sudáfrica 2010 –donde el organismo rector se vio obligado a invertir para la construcción de estadios e infraestructura– y ante la previsión de lo que sería Brasil 2014 como mundial deficitario para la FIFA, apostó por asegurar negocios realmente rentables. Los arreglos amañados signaron la votación de las sedes de 2018 y 2022, de tal modo que amparados en su discrecionalidad e impunidad, los dirigentes de la FIFA en ese 2010 no vislumbraron, ni de lejos, el vendaval del FIFAGate. En ese momento de la elección se impuso la irracionalidad en su máxima expresión, sin imaginar que se sembraría la sospecha con las sedes elegidas. El FBI encontró sólidos indicios de fraude, lavado de dinero y crimen organizado. Para mayo de 2015, Blatter renunciaba a la Presidencia de la FIFA y urgía en su discurso a una reestructuración profunda del organismo rector del balompié. Cabe destacar que los arrestados fueron dirigentes deportivos latinoamericanos acusados de recibir sobornos por 150 millones de dólares. 

El dolo y las presiones predominaron en la elección de la sede de Rusia y Qatar. Existe un amplio consenso de que los votos fueron comprados, pues dos fuertes cndidaturas como la de Inglaterra y Estados Unidos fueron desestimadas por los dirigentes electores. Es de resaltar que la candidatura de Inglaterra para el Mundial de 2018 erogó 30 millones de dólares y fueron insuficientes al alcanzar solo dos votos en la elección de la sede. A cambio de la designación, el gobierno ruso otorgó exenciones impositivas, estadios nuevos, normas laborales flexibles y confidencialidad en los manejos y decisiones de la FIFA. Pese a que Estados Unidos era la candidatura favorita para el 2022, las reservas petroleras y de gas se impusieron a la falta de tradición futbolera y a las altas temperaturas del desierto. Si algo sobraba en Qatar para el año 2010 era dinero a raudales y no escatimarían en comprar un Mundial de fútbol, tal como lo declaró Jérome Valcke, entonces Secretario General de la FIFA, quien a su vez presagió el ocaso del organismo. Entonces las autoridades de Estados Unidos voltearon la mirada a esas decisiones discrecionales de la FIFA. Para el año 2012 eran solo sospechas sobre la corrupción, pero las pesquisas del FBI avanzaban para descubrir quiénes vendieron los votos para elegir a Qatar. De nuevo el poder de la geopolítica se hizo presente en un deporte que no está bajo el control monopólico de los Estados Unidos, y ahora ese poder se tornaba a contracorriente de la misma FIFA. 

El 27 de mayo de 2015 el hotel Baur au Lac de Zúrich fue allanado y siete altos ejecutivos de la FIFA fueron arrestados por el FBI y la policía suiza; pese a ello, Blatter ganó la reelección dos días después. Sin embargo, el 2 de junio renuncia al cargo ante tanta presión mediática y judicial, rompiéndose así la alianza delincuencial que sostenía con Michel Platini, entonces mandamás de la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol​ (UEFA), y sobornado por la FIFA con dos millones de dólares para que el ex crack francés no hiciese efectiva su candidatura a la Presidencia del organismo radicado en Zúrich. Ambos fueron suspendidos por seis años de toda actividad relacionada con el fútbol. Es de mencionar también que de los altos ejecutivos arrestados destacan Jack Warner, que por 21 años presidió la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Fútbol (CONCACAF) y fue Vice-Presidente de la propia FIFA.

El FBI emprendió esta investigación criminal originalmente por evasión fiscal. Blatter alegaba una posible venganza de Estados Unidos por no ganar la sede del Mundial de 2022. Pero ello no es fundamentado. Más bien las autoridades de Estados Unidos se vieron motivadas por posibles injerencias de las mafias rusas en la votación de diciembre de 2010. El foco de la investigación se dirigió a los 27 votos otorgados por las islas caribeñas de la CONCACAF. Sobresale en este proceso un tal Charles Gordon Blazer, quien fue el gran delator en el FIFAGate, luego de ser señalado de no pagar impuestos. Su posición privilegiada como Secretario General de la CONCACAF le permitió a Blazer controlar las decisiones del negocio de fútbol en las islas y su papel en las votaciones. Entonces el FBI le pidió cooperar en la investigación si no deseaba perderlo todo, incluida su libertad. Durante varios años realizó grabaciones con confesiones de altos ejecutivos de la FIFA respecto a los delitos. Finalmente, Blazer solo recibió una multa de dos millones de dólares a cambio de la valiosa información proporcionada al FBI. Otro delator lo fue Sergio Jadue, dirigente del fútbol chileno y organizador de la Copa América 2015. Más todavía: el FIFAGate extendió también sus tenazas de la sospecha a empresarios argentinos del negocio televisivo del fútbol como Alejandro Burzaco.

La FIFA fue vista por el FBI como una conspiración criminal, como una mafia con múltiples cabezas, ramificaciones y vínculos poderosos que lucran desmedidamente con el deporte a través del lavado de dinero y el fraude electrónico. Esas transacciones en algún momento tocaron el tejido financiero estadounidense y fue la manera en que el FBI justificó su injerencia en el caso. Sin embargo, se cuidó de no tocar a los dirigentes europeos, sino aplicar la ley extraterritorialmente de manera controvertida, selectiva y discrecional para urdir un sitiamiento geopolítico del fútbol mundial. Loretta Lynch, la fiscal encargada del caso, tras una nueva redada en el mismo hotel suizo el 3 de diciembre de 2015, argumentó que los ejecutivos de la FIFA detenidos institucionalizaron la corrupción para enriquecerse con el deporte más popular del mundo. Es de resaltar que de los arrestados por el FBI, solo Manuel Burga, dirigente peruano, fue absuelto dos años después.

Cabe puntualizar que las productoras y cadenas de televisión son los comparsas artífices de la corrupción que gangrena al fútbol. Fox, Directv, Sky, Televisa, O Globo, Mediapro, Full Play, Torneos, Traffic Sports, entre otras, son otros de los rostros de la corrupción aún no enjuiciados, ni sometidos al escarnio público. Tan solo Burzaco entregó sobornos por 169 millones de dólares a altos ejecutivos de la FIFA. De tal manera que resulta posible aseverar que los mass media son los grandes corruptores. OTI, primero; luego Mountrigi, son los holding de Televisa que operaron la compra de derechos de transmisión de los Mundiales desde los años setenta. De ahí que la televisora mexicana fuese señalada por sobornos; lo mismo que la empresa estadounidense Fox Sports y la brasileña O Globo. En última instancia, esos sobornos son pagados por las empresas nacionales que pretenden publicitarse en la transmisión de los torneos de fútbol. Finalmente, las cadenas de televisión no fueron implicadas judicialmente en el FIFAGate; ninguno de sus empresarios pisó risión. Aunque es un hecho constatable que las grandes cadenas estadounidenses dedicadas a la transmisión de deportes ganan terreno en la actualidad en detrimento de aquellas empresas consentidas por Havelange y Blatter durante sus Presidencias.

¿Logró finiquitarse la corrupción institucionalizada de la FIFA con estas acciones del FBI? Francamente no es posible creerlo. Gianni Infantino era el brazo derecho de Michel Platini en la UEFA. Para el 2016 Infantino ya era el nuevo Presidente de la FIFA y se negó a retirar la sede del 2022 a Qatar. Ataviado con una nueva mercadotecnia, una cara amable y carismática, unos tenis blancos que le otorgan jovialidad y cercanía en medio de la formlidad del traje, y un híper-activismo político, es un tecnócrata deportivo que no pretende modificar las estructuras de poder del ente rector del fútbol, sino hacerlas parte de más amplios proyectos de acumulación de capital que aprovechan los recientes avances tecnológicos y la irrestricta masificación y privatización global del deporte rey. Fundado su poder en la purga de antiguos ejecutivos de la FIFA durante la era Blatter, así como en los apoyos quintuplicados a las federaciones africanas –de 27 millones de dólares, se transitó a 97 millones de dólares–, Infantino ni por asomo pretende reformas siquiera cosméticas al organismo internacional y a sus prácticas. El talante extractivo instalado por Havelange y perfeccionado por Blatter no desaparecen, sino que adquiere un aire renovado y refrescante. Para congraciarse con el poder estadounidense, Infantino entregó en el año 2018 a Donald Trump la organización del la Copa Mundial del 2026 con la prevista participación de 48 selecciones nacionales. Ahora la FIFA no actúa sóla ni tiene el monopolio exclusivo del fútbol; están los Estados Unidos como gran socio del negocio global del fútbol/corporación. De ahí la actitud obsequiosa de Infantino con el gobierno de la Unión Americana, de tal modo que 45 directivos acusados, más de 90 delitos señalados y 200 millones de dólares en sobornos comerciales marcan la diferencia en lo que será una nueva configuración geopolítica y geoeconomica del deporte rey. El negocio seguirá siendo global y sujeto a una lógica extractiva, y la FIFA continuará medrando de ello, pero no sin los Estados Unidos (¿ni sin China y Rusia?).

La ubicación del domicilio de la FIFA en Zúrich (Suiza) no es casual. Alrededor de 77 federaciones deportivas albergan en ese país sus oficinas centrales, y el Estado suizo no interviene ni vigila sus decisiones y acciones. Hasta el año 2016 el soborno comercial no era ilegal en el país helvético, por lo que su Estado no vigiló por décadas a esas federaciones como la FIFA en un escenario de neutralidad y de tradición diplomática. El edificio de la FIFA es un búnker sin luz natural en 5 de sus pisos ubicados en el subsuelo; lo cual representa un monumento a la opacidad. Las decisiones se toman en paredes herméticas de salas de reuniones totalmente aisladas del exterior y donde solo los ejecutivos del fútbol son los únicos enterados de lo allí acordado.

Un rasgo en común tienen las últimas cuatro sedes mundialistas (Sudáfrica, Brasil, Rusia, Qatar): el contar instituciones raptadas por intereses creados que propician y solapan la corrupción y la opacidad. Lo cual es de un enorme interés para los ejecutivos de la FIFA, que se aferra a perfeccionar sus entramados criminales globales, incluso sin aprender la lección del FIFAGate.

En general, las Federaciones y Confederaciones de fútbol aprovechan, en mayor o menor medida, estos resquicios en los entramados institucionales locales o nacionales para filtrar a la corrupción como humedad. En múltiples regiones y naciones del mundo, el fútbol está bajo sospecha de lavado de dinero, involucramiento del crimen organizado, manejos discrecionales, el amaño de partidos, la gravitación de las agencias de apuestas deportivas en actividades ilícitas, concesiones en materia de exenciones fiscales por parte de los gobiernos nacionales, entre otros más. Además, las apuestas deportivas en línea abren amplios márgenes sin supervisar para el blanqueo de recursos de procedencia ilícita, y se localizan generalmente en territorios laxos en sus legislaciones.

A lo largo de los últimos 40 años existen varios casos sonados de la colusión del negocio del fútbol con el crimen organizado y con actos de corrupción: en Colombia, allá por 1983, el Ministerio de Justicia, señaló que seis clubes de fútbol profesional eran propiedad de personajes vinculados al narcotráfico, entre ellos el América de Cali. El Calciopoli, que implicó al AC Milan, Juventus –club que descendió a la Serie B y le sustrajeron administrativamente los últimos dos Scudettos ganados–, Lazio y Fiorentina, participaron en sobornos y designaciones arbitrales en el año 2005 para manipular resultados que fuesen favorables; situación que fue descubierta y denunciada por los mass media. El caso de los llamados “cachirules”, donde la selección mexicana sub-20 alineó en 1988 en los partidos clasificatorios para el Mundial de esa categoría juvenil a jugadores de mayor edad falsificando su registro de nacimiento. En el ámbito de promotores y representantes de jugadores y entrenadores se emplean mecanismos de identificación de jugadores baratos para ser vendidos a precios sobrevaluados a clubes, teniendo la complicidad de los entrenadores colocados allí por esos mismos promotores. Es el caso del llamado “cartel del gol” en el fútbol mexicano (https://shre.ink/5Olm y https://shre.ink/5OaP). La multipropiedad de clubes de fútbol es otro caso denunciado ampliamente tanto en México como en otras ligas. En el 2011, se comprobó que jugadores de Corea del Sur aceptaron sobornos de parte de una organización clandestina para que su equipo perdiera; 41 de esos jugadores fueron suspendidos para toda su vida. Ángel María Villar, Presidente de la Real Federación Española de Fútbol desde 1988, Vice-Presidente de la UEFA y de la FIFA, fue detenido en julio de 2017 para ser interrogado por casos de corrupción y acusado él y otros federativos por administración desleal, apropiación indebida, falsificación de documentos y corrupción entre particulares (https://shre.ink/5Oa4). 

La lista de actividades ilícitas puede ser aún más larga, pero no se trata de ello. Múltiples son las denuncias realizadas en la prensa, aunque no siempre se cuenta con las pruebas judiciales debido a los entramados complejos que adoptan esas mafias y delincuentes de pantaloncillo largo en el fútbol. Lo importante es comprender, a través del ejercicio del pensamiento crítico, estos fenómenos lacerantes del carácter popular del fútbol y que el aficionado se posicione ante éste poder corrupto y corruptor. Se trata de enmendarle la plana al fútbol/espectáculo/negocio convertido en corporación global altamente lucrativa y regida por el fundamentalismo de mercado a ultranza y que funciona a través de un capitalismo de la corrupción amparado en los Estados y en los organismos internacionales. De ahí que el aficionado tradicional vuelva a colocarse en el centro del escenario futbolístico como contrapeso a las mafias y criminales de cuello blanco que gobiernan al deporte rey. 

 


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Isaac Enríquez Pérez

Ph D. en Economía Internacional y Desarrollo. Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México.

 isaacep@comunidad.unam.mx      @isaacepunam

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