El Esequibo de Venezuela. La histórica verdad

Para que todos (as), dentro y fuera de Venezuela, entiendan el Referendo Consultivo que ocurrirá este 3 de diciembre. 

El artículo 71 de nuestra Constitución es muy claro: “Las materias de especial trascendencia nacional podrán ser sometidas a referendo consultivo”. 

¿Por qué el referendo del 3 de diciembre es de especial trascendencia? Porque el pueblo de Venezuela ha sido llamado a reafirmar que el territorio que está a la margen izquierda del Río Esequibo (señalado en rojo) le pertenece desde su independencia en 1811. Estamos hablando de un espacio de 159.542 Km² con incalculables riquezas que la actual de República Cooperativa de Guyana (ex colonia inglesa comprada a los holandeses), pretende robarle a Venezuela con apoyo de EEUU a través de la multinacional petrolera Exxon Mobil.

El mapa en verde es el de la Capitanía General de Venezuela creada en 1777 por la corona española. Como pueden ver incluye de manera inequívoca el territorio Esequibo. Al declarar Venezuela su independencia el 5 de julio de 1811, el territorio de la nueva república que nacía pasaba a ser el mismo de esa capitanía de acuerdo al precepto jurídico internacional del uti possidetis iuris, que “(…) reconoce y acepta como fronteras internacionales, en la fecha de la sucesión colonial, tanto las antiguas delimitaciones administrativas establecidas dentro de un mismo imperio colonial como las fronteras ya fijadas entre colonias pertenecientes a dos imperios coloniales distintos”.  

Por suerte la verdad histórica, más allá de indiscutibles interpretaciones jurídicas, consigue ser porfiadamente más precisa. La llamada Gran Colombia que reuniría a las actuales Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela, fue es creada en 1819, juntando primero a la Nueva Granada (Colombia) y a Venezuela. Su primera Constitución la llamada “Ley Fundamental de la Unión de los pueblos de Colombia” del 30 de agosto de 1821 dice claramente: “El territorio de Colombia es el mismo que comprendían el antiguo virreinato de la Nueva Granada y la Capitanía General de Venezuela”. 

En 1823, estando ya integrada por los 4 países antes mencionados o sus equivalentes territoriales, la Gran Colombia hace aprobar la Ley Orgánica para la creación de su Marina, en cuyo Artículo 1º se dice con todas las letras: “Los límites marítimos de la República de Colombia son en el mar Atlántico al oriente LA BOCA DEL RÍO ESEQUIBO que la divide de la Guayana Holandesa, y al occidente la del río Culebras que la separa de Nicaragua, y en el pacífico al Norte la punta de Punica que la divide de Guatemala, y al Sur la desembocadura del río Tumbes en el mar que la separa del Perú.”

En 1824, Inglaterra reconoció al gobierno de la Gran Colombia sin cuestionar ni un milímetro de sus límites territoriales. Desde esa época y hasta el despojo territorial en 1899, no hubo ningún hecho real que explicase o “justificase” ese robo. Por ejemplo, se sabe que de manera injusta Bolivia perdió su salida al océano Pacífico al enfrentarse con Chile en la llamada Guerra del Pacífico (1879-1883). En Venezuela no ocurrió absolutamente nada ni remotamente parecido. El intento de robarnos ese territorio se materializó por la vía de un fraude jurídico. 

Ya en 1822, un poco antes de que Inglaterra reconociera al estado de la Gran Colombia con sus fronteras, el ministro de Exteriores, José Rafael Revenga, por instrucciones de Bolívar tuvo que protestar ante Inglaterra por las continuas invasiones de colonos ingleses al territorio venezolano: “Los colonos de Demerara y Berbice tienen usurpada una gran porción de tierra que según aquellos nos pertenece del lado oeste del Río Esequibo. Es absolutamente indispensable que dichos colonos o se pongan bajo jurisdicción y obediencia de nuestras leyes, o se retiren a sus antiguas posesiones”. Sin embargo, las violaciones del territorio continuaron por varias décadas hasta el punto en que Venezuela fue obligada a romper relaciones diplomáticas con Inglaterra en 1887. 

La oportunidad fue aprovechada por EEUU que desde sus ambiciones imperiales y la Doctrina Monroe (“América para los americanos”) contó con una oligarquía venezolana ingenua y de pocas luces, a la que obligó a aceptar mediante presiones el nombramiento de un tribunal arbitral que se encargaría de determinar la línea divisoria entre Venezuela y la Guayana Británica sin la participación de ningún venezolano. El tribunal estuvo integrado por cinco miembros: dos estadounidenses en representación de Venezuela, dos ingleses por la parte británica y un quinto árbitro ruso que era amigo personal de la reina de Inglaterra. Más “justo y equilibrado” no se podía pedir.   

Es así que el 03 de octubre de 1899 en la ciudad de París este tribunal “imparcial” aprueba el mal llamado “Laudo Arbitral de París” en el que se desconocen los derechos históricos de Venezuela sobre el Esequibo. 

Cuatro días después, el 7 de octubre, el presidente de Venezuela, Ignacio Andrade, protesta contra el Laudo Arbitral, en la que sería la primera de reiteradas reclamaciones que Venezuela haría en lo que restaba del siglo XIX más todas las que se sucederían durante la primera mitad del siglo XX con dos guerras mundiales de por medio. 

Todas esas convulsiones que atravesó la humanidad, más el efecto del tiempo parecieron diluir el reclamo venezolano hasta que apareció en 1949 una gran revelación. Rivalizando con los mejores guiones de las películas de suspenso y acción, un protagonista de los hechos, con conocimiento de causa, revela ante el mundo que el Laudo Arbitral de París había sido un montaje construido por Inglaterra y EEUU, tal y como lo venía denunciando Venezuela desde el primer momento.  

En 1949 a título póstumo y en voluntad de su autor, The American Journal of International Law (Vol. 43, Nº 3, New York julio 1949, pp. 523-530) publica un Memorándum (*) de 1944 hecho por el abogado estadounidense Severo Mallet-Prevost, nombrado por EEUU para defender la parte venezolana en el mal llamado “Laudo Arbitral de París”. En su escrito, Mallet revela irregularidades que demostraban que el Laudo estaba viciado. Relata, que el juez de la parte británica, Lord Collins, crítico “a las pretensiones” de su país, daba la impresión de estar inclinándose “hacia el lado de Venezuela”, pero que un tiempo después al ser visitado por el árbitro ruso Fiodor Martens, cambió de parecer: “me convencí entonces, y sigo creyendo, que durante la visita de Martens a Inglaterra se había hecho presión, de un modo u otro, sobre Collins, a fin de que siguiera aquel camino”. Mallet-Prevost concluye entonces que la decisión adoptada “fue injusta y la despojó [a Venezuela] de un territorio muy extenso e importante, sobre el cual Gran Bretaña no tenía, en mi opinión, la menor sombra de derecho”.

Descubierta la farsa en la que EEUU permaneció calculadamente en silencio, los ingleses siguieron sin admitir el fraude montado. La corona británica ahora desnuda, ya no tenía argumentos para evadir el asunto y algo tenía que hacer. Aprovechando en contra de su voluntad, los vientos descolonizadores que empezaban a soplar fuerte en los años 60, Inglaterra en vísperas de concederle la independencia a la Guyana Británica acepta firmar con Venezuela en 1966 el llamado “Acuerdo de Ginebra”, único instrumento válido que Venezuela reconoce para resolver la controversia territorial. Fue firmado por los representantes de Inglaterra y de Venezuela, pero también por la autoridad colonial de Guyana que poco tiempo después, tras concedérsele la independencia, heredaría la responsabilidad sobre ese asunto. Este acuerdo contiene dos ideas centrales. La primera: “el Laudo arbitral de 1899 sobre la frontera entre Venezuela y Guayana Británica es nulo e irrito”. La segunda: “cualquier controversia pendiente entre Venezuela, por una parte, y el Reino Unido y Guayana Británica por la otra (…) debe, por consiguiente, ser amistosamente resuelta en forma que resulte aceptable para ambas partes”. 

Venezuela tiene más de un siglo de paciente lucha intentando encontrar una solución pacífica a esta controversia, antes con Inglaterra y ahora con la hermana República Cooperativa de Guyana. Sus autoridades, salvo honrosas excepciones han adoptado una postura de herencia colonialista, negándose a dialogar de forma amistosa para encontrar una solución. Es por eso que la Asamblea Nacional de Venezuela, de manera unánime y en el uso de sus prerrogativas constitucionales, aprobó la realización del Referendo Consultivo para este 3 de diciembre, no como una repentina actitud agresiva y beligerante contra Guyana, que es lo que repite falsamente la mediática internacional, sino al contrario, como una respuesta pacífica muy pensada y meditada en función de las continuas violaciones del derecho internacional por parte de la República Cooperativa de Guyana. Sus autoridades han venido subordinándose desde el 2015 a ciertos acuerdos colonialistas con la transnacional ExxonMobil y a pactos poco soberanos con el gobierno de EEUU, permitiendo de manera provocadora y peligrosa incursiones de tropas del Comando Sur de los Estados Unidos en su territorio, amenazando con realizar también movimientos en el territorio reclamado por Venezuela. Guyana se comporta según sus declaraciones y acciones como si no existiese el Acuerdo de Ginebra dando a entender, a veces de manera explícita, que esa controversia ya fue resuelta con el Laudo Arbitral de Paris cuyo carácter nulo e írrito hemos dejado claro.  

Desde pequeños, niñas y niños aprendemos que el Sol nace por el este y se oculta por el oeste. Es por eso que varias décadas atrás el poeta venezolano Andrés Eloy Blanco, autor del famoso poema-canción “Píntame angelitos negros”, acuñó una frase surgida de su sensibilidad y amor por su patria Venezuela, una frase que hoy, mañana y siempre entonaremos todos los venezolanos y venezolanas: 

¡EL SOL DE VENEZUELA NACE EN EL ESEQUIBO!

(*) https://misionverdad.com/venezuela/el-documento-que-denuncia-los-vicios-y-nulidad-del-laudo-arbitral-de-paris

 


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Anisio Pires

Sociólogo venezolano (UFRGS/Brasil), profesor de la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV)

 anisiopires@yandex.ru      @AnisioVenezuela

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