Palabreo

El testaferro de Maduro

Fue en cuarto grado que nos tropezamos por primera vez con esa palabra tan fea, no sólo por el contenido sino por el sonido, tan desagradable como sobaco. El tropezón no fue en la formalidad del salón de clases. Se dio en un recreo, como parte de un brollo verbal entre dos niños de sexto grado. Uno de ellos le dijo a su oponente «tu papá es el chupamedias de la directora». A lo que el otro, con la sangre alborotando su rostro, respondió: «El tuyo es el testaferro del Jefe Civil». Ninguno de los presentes sabía qué demonios era un testaferro, pero se escuchó a insulto grave, más grave que una mentada de madre, por lo que alimentamos la rabia y el honor del insultado. El carajito, quien tampoco conocía el significado de la palabrita, la asumió como grave y pasó de la reyerta verbal a la física con un puñetazo a la boca del otro.

Fue en la universidad, en aquellos calurosos salones de la vieja sede de la Escuela de Administración de la Universidad del Zulia, en Punto Fijo, donde le metimos el diente a la palabra. Nos seguía pareciendo tan fea como sobaco y como otra maloliente por su contenido, palangrista, sólo que entendíamos a plenitud su contenido y que en este país, para ese momento de democracia representativa, era práctica generalizada en el mundo de la alta política.

La palabra testaferro nos asalta en su definición desde que las autoridades de Cabo Verde, un pequeño país de África, detienen al empresario colombiano Alex Saab Morán, por aparecer éste en una lista de la Interpol. Apenas la noticia se conoce, los medios internacionales, las redes sociales del mundo y los programas de televisión y radio informan que ha sido detenido «el testaferro de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores». Periodistas, conductores de programas y afines hablan libremente del testaferro del Presidente de Venezuela sin referir cuáles son los bienes malhabidos del mandatario criollo que aparecen a nombre de Saab; requisito indispensable para que el colombiano pueda ser acusado de testaferro. En todo caso, nadie ha presentado una prueba, indicio o vestigio mínimo de que este empresario aparezca como dueño ni siquiera de un carrito de perrocaliente cuyo propietario real sea el mandatario. De todos modos Interpol envíó una nota para anunciar que Saab ya no estaba en la lista de solicitados por esta red policial mundial. Decisión que no sirvió de nada, pues el empresario sigue preso y el gobierno de Cabo Verde autorizó su extradición a los Estados Unidos, a la espera de la decisión definitiva de un tribunal del país africano para ser entregado a los norteamericanos. Según la gran prensa, que en este caso ya juzgó, decidió y sentenció sin prueba alguna, Saab es el testaferro de Maduro. Además, esa misma prensa, acusa a Saab de un negocio redondo con los CLAP, lo cual, de ser cierto, incumbe es al gobierno y los tribunales venezolanos. También es señalado de controlar el oro venezolano, tema que igual compete a nuestro país.

Inocente o culpable este empresario colombiano debe ser entregado a las autoridades venezolanas, incluso si es testaferro, pues no son los bienes de Trump los que están a su nombre, serían los de Maduro, por lo tanto el Presidente como su testaferro deben verse la cara con la justicia de acá, no ante un juez gringo, seguramente tan maloliente como la palabra sobaco.



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Pedro Salima


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