Hablando de carnavales

Los griegos, aquellos ¿desatados?

Todo lo principal que esta sociedad desarrolla, es greco-romano, más, es purito griego, pues los romanos también se copiaron de aquellos. De vaina andamos también con túnicas jónicas. Y si en Venezuela nos ufanamos tanto de nuestras milicias, bueno pues, resulta ser que ese detalle es más griego que su abecedario, pues aquella sociedad, del ejército que más se enorgullecían, era precisamente del de los hoplitas, o sea, el de sus milicias, que se uniformaban apenas sonaba el clarín de la guerra para defenderse de la intrusión de cualquier vecino en empeño por invadirlos, porque sabían que todos esos foráneos alrededor de sus fronteras les tenían ojeriza por su comportamiento democrático, sistema nada apreciado por el mundo de aquel entonces hasta la China taoista, si los hubiesen conocido, toda una geografía llena de puros reinos idólatras dizque provenientes en línea directa de los dioses de por allá arriba, que tenías que mantener la cabeza pegada al suelo, porque si no, te la cortaban sin muchos aspavientos. De modo que en Grecia, cada vecino tenía su uniforme militar, listo para la eventualidad a presentarse que quisiera ponerles las manos encima.

Ahora bien, si vamos con las festividades carnestolendas, en ese tiempo se la dedicaban al dios Diónisos, o Baco, como prefieran, un olímpico con sus propias características de echador de vainas, que hasta se permitía el lujo de pasarse por Zeus (tenían que ser los griegos), con actos que hoy sonrojaría al bohemio más desatado. Era este Diónisos, lo más libre en cuanto a su proceder entre los humanos, con razón era el dios del vino, atribución que se la tomaba muy en serio, eructos incluidos, pero además, hablando ahora seriamente, era además el dios de la creatividad y de la inspiración.

Por otro lado, los griegos tenían señalados tres días para celebrárselos al dios hermano, que dividían cada uno en dos tipos de acciones, las creativas y serias en las mañanas, y las festivas pautadas para las tardes, siguiendo como hemos visto, los atributos del simpático hermano. En las mañanas los vecinos se reunían en el anfiteatro para presenciar las obras elegidas para esa ocasión; cada autor presentaba dos dramáticas, y otro presentaba una cómica o comedia, en conjunto, una trilogía, y en total, un de tres o cuatro trilogías por cada mañana. Comenzaban, ofrendándole a Baco un chivato, que en griego se le denomina como tragos, y por lo tanto las obras dramáticas se las conocían como tragoidíai, o mensajes de los chivatos, que el sacerdote trasmitía para el público, según la lectura del humo trasmitido por la infeliz víctima. Cada obra o tragedia, tenía el carácter que aún mantienen hoy día, o sea, la muerte del protagonista representado en la obra.

Para cambiar el enfoque en el humor que proporcionaban las obras dramáticas, se les ofrecía una tercera obra de carácter cómico, una comedia. El público seguía con mucha atención lo que presenciaba, pues él iba a ser el juez para todas ellas. Sin embargo, apenas nos han llegado algunas obras de esos mitos trabajados, de la cantidad que habrían existido. Los actores eran hombres, así representaran papeles de mujeres; se enmascaraban, y tanto su actuación, como el libreto eran reconocidos y aplaudidos por los presentes, los verdaderos jueces. De ello nos quedan apenas un par de autores sortarios (Sófocles y Eurípides), como Aristófanes entre los tantos comediantes que habrían existido, estos tres, sobrevivientes de los embates seculares y más aún, de la barbarie cristiano-católica, aunque fue la única dedicada a la salvación de lo que nos ha llegado hasta esta orilla.

Ahora bien, vamos con las tardes carnestolendas y felices de aquellos tres días de los griegos, los que han sido realmente tomados como las semillas de esas fiestas de hoy día. Luego de las presentaciones matutinas, por las tardes se la dedicaban a los desfiles, los que, eran realmente festivos y muy singulares, ejecutados por las muchachas novias de ese nuevo año, como por las ya desposadas ese año por terminar; unas y otras lanzaban pétalos a los presentes; por lo general las dos agrupaciones iban entonadas, y por qué no, hasta ebrias. Entre unas y otras sostenían un gran pene que habían confeccionado con harina de trigo y aserrín, que movían con la sugestión particular de sus movimientos pélvicos, en tanto cantaban piezas dedicadas al venerado y querido dios. Más tarde los romanos le impondrán el término de "carrus navalis" al pene en cuestión, cuyo denominado fue el que dio origen al de "carnaval" con que hoy lo conocemos.

Este grupo femenino fue conocido como Bacantes, algo así como las sacerdotisas de Baco, o más bien, las votivas de Baco, con el que agradecían la compañía de su amado esposo, pero también las triquiñuelas logradas ese año por cerrarse; eran gratitudes muy personales, no sólo por su compañero de vida, pidiendo que lo mantuviera con bien, sino además, por las triquiñuelas furtivas logradas ese año en su privacidad, que el público social no podía conocer… sólo el hermano olímpico, quien celosamente guardaba el secreto de sus travesuras privadas. Sus maridos, lógicamente tenían que aceptar esos agradecimientos públicos, pues para eso eran esos días báquicos, donde ellos también tendrían lo suyo, aunque su libertad era más explícita con sus preferidas. Sin embargo, de lo que aquí hablamos es de la privacidad que explícitos daban a conocer uno y otro gameto daban a conocer de amoríos, que iban más allá del reojo, cometidos a hurtadillas ese año por cerrar, y de lo que sí estaban claros es que no estaban permitidos los celos de parte y parte, por lo tanto, la página estaba pasada, o mejor, el papiro estaba enrollado, y pa’lante, que para eso son estos tres días, los de la sinceridad sincera.

Ahora, es lamentable que sólo el detalle frívolo haya sobrevivido en nuestras tradiciones, si sumáramos además las diversidades que provee la tecnología como esas del teatro en Grecia; apenas lo que llega viene forjado, vía Hollywood, o vía lo decadente, en su afán por uniformar a la especie, pues definitivamente los pueblos no tienen cabida en el mundo segmentado de hoy, y hay que saber trabajar con pinzas para recoger lo mejor. Termino recomendando a Ingmar Bergman, tremendo investigador de las piezas griegas, y porqué no, al alegre Federico Fellini, dos magos clásicos a "vacilar" para estos frívolos días. Salud hermanas y hermanos.



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Arnulfo Poyer Márquez


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