¿"Nunca dejaremos el poder"? o una revolución bajará del cielo

Después de haber recibido un golpe fuerte y entrando no en el umbral, sino en el zaguán de la pobreza material, todavía me queda algo de energía para hablar como un loco o alguien a quien se le acabaron los sueños.

En los inicios de la década del sesenta se puso en boga aquella frase de "tomar el cielo por asalto". La repetí tantas veces que creí, en aquellos años, que la vida transcurría atrapada en un tubo de ensayo y que con mi catecismo podía interpretarla dejándola salir de a poquitico.

Ella tiene muchos significados, como lo de una tenaz, heroica, cruenta, sacrificada y larga lucha para acceder al poder y más que eso, construir una sociedad de iguales, lo que requiere mucho tiempo y dedicación; que no emerja de una ley, manipulación estatal y menos de discursos cursis y llenos de mentiras o sueños infantiles. Como tampoco de un hecho azaroso o un asalto sin las armas del caso; que no son necesariamente las blancas o de fuego y menos los simple puños.

El poder sirve para muchas cosas. Los grandes empresarios lo tienen para sus fines. Los tradicionales dictadores lo usufructuaron a su estilo. El poder personal pues es algo así como un instrumento o mecanismo que pudiera servir para que quienes lo detentan logren lo que quieren, aspiren y sueñen si es algo pequeño, intrascendente y personal. Pero para lograr un cambio, una revolución, el sólo tomar el timón o bastón de mando no es suficiente, menos si esto llega como un reglo navideño. Los monarcas europeos y hasta los jefes de los pueblos primigenios como Incas y aztecas, se creyeron descendientes de Dios. Hay y ha habido grandes pensadores que perciben al mundo obedeciendo a una orden o plan determinado o manejado por fuerza superior. Hasta Hegel, pese su percepción dialéctica, terminó creyendo lo mismo. Por eso, no es extraño, aparezcan revolucionarios creyéndose en enchufe directa con algún dios todopoderoso y en posesión de fórmula para hacer revolución que no se hará al viejo estilo, como eso heroico de tomar el "cielo por asalto", lo que es sólo una frase poética y para tomar aliento, porque el cielo ya les fue donado.

Quienes en aquellos tiempos repetimos esa frase sin saber a ciencia cierta de dónde venía y qué sentido tenía asumir lo que ella proponía, creíamos que un acto de audacia, en el cual hasta nos pudiéramos jugar la vida, Jorge Rodríguez así lo hizo, serviría para cerrar una victoria, alcanzar una fortaleza y a partir de ese momento o sitio, empezar a disfrutar del cielo. Quizás hasta Homero y su caballo haya servido para inspirar esta infantil moderna historia. Sin tener clara idea si la multitud y las circunstancias, eso que pudieran llamar "fuerzas productivas y relaciones de producción", que mucho cuentan, estaban aptas para eso. Imaginamos al pueblo todo detrás, cuando mucho empujándonos, ordenando todo para comenzar el disfrute y alcanzar la felicidad.

"A ese Chávez", dijo alguien entre un grupo sentado en un largo banco de una plaza barcelonesa, "nos los mandó Dios". "Nos unió a quienes sólo sabíamos vivir desunidos y donde cada quien tenía su propio dios y catecismo; quienes solamente sabíamos contar hasta siete y, en consecuencia, cuando nuestro grupo llegaba a ocho, nos dividíamos en dos de a cuatro". Unos, pese la soledad y las constantes derrotas, insistían en aquello de continuar el camino desierto de la lucha armada, el mismo que transitó Chávez el 4F, que solo estuvo, ni un ánima que se asomase a la calle. Los otros, jugando a la lotería de la contienda electoral, lo hacían con tantos candidatos que lograban que sus potenciales electores se desencantaran. Y sus discursos estaban más dirigidos contra los potenciales aliados que contra el enemigo; porque el ideal era dividir.

Por eso, aquel amigo dijo, un poco en broma y otra en serio, aquello del regalo de Dios.

Chávez hizo el milagro, aunque ya el "chiripero", aquel del cual habló Caldera II, había avisado que estaba en espera que nos uniésemos y fuésemos sólo un poco sensatos, si no para tomar el camino hacia el cambio, para llegar al cielo apresurados y sin invitación alguna, por lo menos para empezar a construir eso, el camino, e ir creando bases sólidas, tanto que ni el tiempo ni los factores ambientales pudieran corroer.

El solo movimiento, el caminar sin mucho apuro, ni estar cerca de la entrada del cielo, pese los discursos cursis y fantasiosos que tanto se escucha entre quienes se sueñan como capitanes asaltando alguna fortaleza, ha venido deshaciendo los lazos que estableció Chávez, los sueños parecen disolverse y la realidad más parece el infierno que la entrada al cielo. No es San José quien está en la puerta de la realidad nuestra sino Caronte con su carga mortuoria. Pero aún así, los principales, dicho así para no buscar otra mejor palabra, parecieran que sueñan y hasta creen que la realidad, la cotidianidad de uno, que nos hemos roto cada milímetro de piel para mantenernos despiertos, que parece la entrada del averno, es el cielo con todas las bellezas que eso envuelve. Como que entrar a un hospital venezolano en verdad la salud "de calidad" estuviese garantizada y eso de la guerra económica, en materia de medicinas y todo el material pertinente, hasta allí no llega. Y como que la agricultura urbana es la panacea y hasta oferta electoral pertinente para resolver lo que no logre el Petro.

Entonces, no sabe uno si piensa que ellos, los principales, justamente por haber disfrutado de una "revolución" que les bajó del cielo, que les fue entregada " lista, pulcra y pulida", como ellos mismos difunden, han estado al mando de ella desde el mismo momento que Chávez se las puso en la mano, cuando apenas salían de la pubertad o primeros años de la adultez, sin haber experimentado lo difícil del camino, las mil trampas que el diablo pone, haber creído que este estaba despejado porque aquél se encargó de dejarles todo resuelto, marchan felices y seguros que los otros nunca "volverán". Es posible que las calamidades, la realidad, aquella terca fuera del sueño, esas que nos afectan a todos, empezando a quienes llegamos a la vejez trabajando dignamente, a ellos no los toquen. Pero como dijo Calderón, "la vida es sueños y los sueños, sueños son".

Pero hoy creo que eso de "tomar el cielo por asalto" no es más que una frase poética y lo es más si, estando en el poder desde el primer momento que nos asomamos a la política, carecemos de experiencia para medir las dificultades. Como saber que las fuerzas nunca habrán de alcanzarnos para siempre, si uno mismo no sabe hacia dónde marcha, nos inventamos ruta que los seguidores no ven y sí sólo ven el camino empedrado irregularmente, lleno de cardos y tunas y ni una idea o faro, aunque sea lejano, que indiquen se marcha en la ruta que conduce al cielo o por lo menos hacia una forma de vida soportable.

¿Qué hacer para no perder el poder? ¿Ese que Chávez puso en manos de la gente que asegura lo mantendrá para siempre? Oferta que uno no entiende, como que no existe en lo personal la vida eterna. Pero tampoco porque no ve que se hace y lo que es más, ni siquiera se ofrece, para que quienes eso sueñan, afirman y quieren cumplirlo puedan; y la multitud, la inmensa mayoría, se mantenga deseosa que ellos se queden.

No sé si todavía esperan por asaltar el cielo, sobre todo cuando esa frase se asociaba a lo de tomar el gobierno, donde ahora se hallan desde bastante tiempo, tanto como para haber arreglado la casa. Porque de hecho, dudamos sean tan ingenuos que esperen, estando en las puertas del cielo, según sus viejos sueños, de adentro les reciban con todos los problemas resueltos, como con la casa en orden. Aunque es posible eso suceda, es decir aquello crean, si estando en el gobierno no se sabe la vida de acá donde estamos los despiertos aunque sea a puro tanto pellizcarse.



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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

 damas.eligio@gmail.com

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