Necesitaré escolta para ir a votar el 30 de julio

Tengo varios días meditando ¿cómo podré ir a votar? En la urbanización donde yo vivo, el 92 por ciento de sus habitantes son escuálidos (por los cálculos de las últimas votaciones) y por los vientos que corren no ejercerán su derecho al voto para elegir a los Constituyentes.

Es más, como en verdad creo que son obtusos y están envenenados por la propaganda de guerra que los dirigentes de la oposición han emprendido desde hace ya tres meses, mandando a cerrar las calles, quemar barricadas y, de paso, asesinar personas en el barullo que se forma, también creo que harán de todo por impedir las elecciones del 30 de julio. Sobre todo en estos municipios donde no hay autoridad que valga, o… sí la hay pero a favor del terrorismo pues observo siempre a la policía de Baruta cuidando premurosamente la manifestación, o viendo impertérritos, tal cual palos de poste, cómo un pequeño grupo de disociados impide la libre circulación de todos y todas.

Y segura estoy que en el instituto privado donde me tocará votar, muy cercano a mi domicilio, la situación no estará para nada fácil. Si es que llegan a montarse las mesas de votación y el Plan República, con sus diligentes funcionarios, sea respetado por los encargados de abrir los espacios, por los vecinos, por los designados a trabajar en la jornada electoral.

Recuerdo la votación para los diputados a la Asamblea Nacional en el 2005. Nadie de la urbanización se acercó a votar siguiendo las instrucciones de sus dirigentes políticos, opositores al Gobierno de Chávez. Hecho insólito que los mismos políticos lamentaron luego numerosas veces.

En esa circunstancia mi hijo y yo fuimos a votar con el asombro de toda la calle y de los vecinos que nos miraban con cejas fruncidas y ojos torcidos. Les puedo asegurar que en ese instituto privado, la comunidad nos fichó con puntos rojos en la lista. Porque cuando, en la siguiente oportunidad nos tocó volver a ejercer nuestro derecho al voto, una vecina organizadora, le comentó ingenuamente a mi hijo, miembro de mesa, que su nombre aparecía marcado de rojo (chavista) y que, seguramente, debía tratarse de un error. Quiso ciertamente decir que un joven tan bello, blanco y de familia pudiente, no podía ser un chavista. O como dicen ahorita, un miembro de la Venezuela "civilizada".

Ahora, en la situación actual, el nivel de conflicto ya no es tan "light". En vez de cejas fruncidas y ojos torcidos de vecinos y no vecinos alrededor del colegio privado, lo menos que me espero son insultos, gritos y humillaciones, tratando de ofenderme y denigrarme, a pesar de mi tercera edad. Porque la verdad es que no respetan ni eso.

Lamentablemente esta vez no podré estar acompañada por mis hijos. Sucumbieron también ellos a la propaganda de guerra y no me quedará más remedio que asistir sola, o tal vez me acompañen, por amor a su madre, y por protegerme de la escena violenta que se presentará.

Nada de eso me hará desistir de mi intención de ir a votar por la Asamblea Constituyente. Si bien la entiendo a medias, y en verdad hubiera preferido se realizara en otras condiciones, me resteo con el Presidente Nicolás Maduro. Creo en él, creo en su Gobierno, respeto y admiro a las Fuerzas Armadas Bolivarianas y las dudas que pueda tener, quedarán ignoradas bajo el fuerte repudio que hoy siento por los dirigentes políticos que llevan la voz cantante de la oposición.

El 30 de Julio yo votaré bajo una lluvia de insultos, sandeces y groserías, (¿quién sabe si piedras?), en una zona de Caracas donde vive la Venezuela "civilizada". Iré obedeciendo lealmente a las directrices del Gobierno Bolivariano y manifestando mi gran rechazo a una corriente opositora indigna que se destaca por apoyar la delincuencia, el terrorismo, la entrega servil de nuestro país y, además, por su insania mental.

¿Será que alguien pueda ofrecerme un escolta?



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Flavia Riggione

Profesora e investigadora (J) Titular de la UCV.

 flaviariggione@hotmail.com

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