Y el pueblo marchó

Llegó el día indicado, señalado, esperado. Llegó el día de los planes, la defensa y el ataque. Llegó el nuevo día final. El día de la nueva batalla callejera. El día de mirar con cuantas personas se cuenta. El día de ver como se defiende el régimen de los quema calles. El día de ver cuál de los quema calles lo hace mejor. El día de las tarimas. El día de los discursos sudorosos.

El día de los vendedores; de refrigerios, empanadas, de esperanzas, de banderas, de gorras, de suvenires, de amigos, de patria. Llego el día de agarrar sol caraqueño. El día de escupir policías o guardias nacionales, de poner alambres para degollar motorizados, de trancar autopistas. El día de cantar el amor. En fin llegó el día hasta para soltar arrecheras.

Al parecer nadie conoce al pueblo venezolano. Ese que nace cantando. Ese que ama a su patria y la quiere compartir con el mundo. Ese que nace rico y no lo sabe. Y si lo sabe muere en el intento de probar ese bocado. Ese pueblo confiado que perdona y olvida. Ese pueblo que se enamora de la piedra tropezada. Ese pueblo santo que ofrece sus brazos abiertos de nuevo a sus traidores. Ese pueblo ingenuo que cree en los medios publicados.

Ese pueblo que se bate diariamente para lograr comer, vivir y luchar. Ese pueblo lleno de heroínas que aun golpeadas por su vida, su hombre y sus hijos; arrecian su lucha para vivir su hermoso acontecer de mujer. Ese pueblo de obreros que enriquecen empresas y aseguran que su patrón es un santo. Ese pueblo que es aún desconocido, por sus propios candidatos.

Caracas se encendió de bullicio. Todo el mundo posó sus cámaras, sus notas y su opinión en este su día. Ningún informativo del mundo ignoró el 1 de septiembre en Venezuela. …Este país arderá decían desde un set de televisión alguna. …La masacre es para el primero escribirían pitonisas de opinión. Las redes,…y que sociales, se inundaron de utopías, de amenazas, de fantasías, de homofobia, de rabia, de traiciones, de gabinetes y hasta de presidentes.

Grandes cantidades de venezolanos fueron inundados de nerviosismo, con la obligada consecuencia; cerraron comercios, se guardaron en sus casas, compraron provisiones, tomaron el día libre, en fin, terroristas hicieron vivir una situación angustiante sin razón y sin motivo a todo un país. Solo porque una mediática resolución así lo quería. La cobarde masacre fue neutralizada, vendrán luego más claros pormenores.

Pero allí estuvo el pueblo. Marchó con felicidad, con esperanza, entre engañado y acertado, consciente e inconsciente. Confundido entre; rico o pobre, negro o blanco, chavista u opositor, saltador de talanqueras o patria o muerte, raspador de cupos o viajeros reales, bachaquero o solidario, remesero o buhonero. Estudiantes o guarimberos, políticos o adeptos, extranjeros o venezolanos, asesinos o víctimas, entre mentirosos y honestos. Lo común, lo que los hace hermanos a pesar de todas las diferencias es la bandera, queriéndola o no. De hecho es un solo pueblo.

Y más allá de los discursos, de los objetivos, de las posiciones, de los malos dirigentes, de las mentiras mediáticas, de las redes sociales, del imperio, de los apátridas, de los chulos del dólar barato, de la guerra económica, de los ineficientes, de los burócratas, de las traiciones, de los errores, de los cleros, de las cúpulas, de los explotadores, del pesimismo, incluso mas allá de Almagro, estuvo un pueblo que caminó para manifestar alegría o descontento, aprobación o frustración, lo hizo en paz y aislando la violencia y sus cobardes promotores.

Dijeron con su presencia que confían en la democracia y la constitución vigente. Demostró que pacifica y electoralmente podemos dirimir diferencias, en sus propios términos, en los tiempos legales y con esa paz que es irrenunciable. Dijeron al mundo que no necesitan intervenciones. Ni humanitarias, ni bélicas, ni diplomáticas. Que somos adoradores de la libertad. Que no tenemos miedo al horizonte o ´porvenir histórico. Le dijo al mundo con su marcha que es capaz de construir progreso en paz. Le dijo al mundo; ¡esta es mi marcha!. Y EL PUEBLO MARCHÓ




 



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Pedro Barrera


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