Las desviaciones deben ser enfrentadas

El reciente caso de Walter Martínez ha traumatizado a un importante número de revolucionarios, que de repente han sentido hundirse en la desesperanza, ante la solicitud de silencio efectuada telefónicamente por el presidente Chávez a “La Hojilla”, en la que los llamó a tener “cuidado” en la defensa de ciertos casos, sin tener todos los elementos de juicio necesarios. El presidente dijo no querer intervenir en el caso concreto, pero llamó para pedir “mucho cuidado, miren que en ustedes cree mucha gente”. Dijo también el Presidente: “Si yo hablara”… Y se refirió a lo difícil que es trabajar con personas con deseos de protagonismo y sin la humildad debida, en clara alusión al periodista de “Dossier”.

El caso es grave, sin lugar a dudas; lo demuestra la llamada telefónica del Presidente al programa dirigido por Mario Silva. La reacción de la gente, por su parte, no sólo obedece a su rechazo a las acciones y presiones sobre Walter Martínez y a la solidaridad con un profesional de calidad, quien ha defendido al Presidente y su proyecto en las situaciones más difíciles. Lo preocupante es que este hecho se suma a muchos otros parecidos, que vienen ocurriendo en varias dependencias del Gobierno, donde la revolución ha sido secuestrada por los infelices al mando, quienes aplican las prácticas del pasado, reñidas con la ética de revolucionarios, que se supone construyen el socialismo del siglo XXI.
Entiendo perfectamente que estas situaciones conflictivas no son fáciles de manejar, porque hay muchos intereses comprometidos y siempre existirá el miedo de que la contrarrevolución se aproveche. De allí la expresión de Tascón de que “los trapos sucios se lavan en casa”. Sin embargo, es mejor una discusión franca, clara, transparente, que estar guardando mal entendidas lealtades. El Jefe de este proceso es el comandante Chávez y eso no se discute, pero el mismo lo ha dicho "el proceso le pertenece a los venezolanos" y es demasiado importante para dejárselo sólo al Presidente. Sus recomendaciones tendrán que ser tomadas en cuenta, pero eso nunca puede significar que no se opine si se está en desacuerdo, que no se proteste si alguien comete determinados desafueros, que no se cuestionen determinadas decisiones.

No creo en la infalibilidad de nadie, incluido el Presidente. No ver ni oír las claras protestas, no sólo en este caso, de gente leal al proceso bolivariano, es hacerle muy mal servicio al mismo. No puede el Presidente aplicar la censura que se desprende de su llamada telefónica, ni puede VTV dejar de reflejar en sus noticieros lo que ocurre a sus puertas, en un comportamiento idéntico al de las televisoras opositoras. Callar e ignorar éstos u otros sucesos no puede ser una prueba de lealtad ni de consecuencia revolucionaria. Debemos enfrentar nuestros propios temores y profundizar el debate. Hay una descomposición moral acelerada, una infiltración de sectores del pasado político y una burocratización perversa del proceso. No podemos renunciar a nuestra libertad de opinión. Esa recomendación de que los trapos sucios se lavan en casa, me suena similar a aquella frase de Musolini: “Dentro del Estado todo, fuera del Estado nada.


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Luis Fuenmayor Toro


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