Alquimia Política

La tercera mujer: la permanencia de lo femenino

En uno de esos fructíferos y aleccionadores talleres, en los que aprende un auditórium y aprende uno, como estimulador de ese auditórium, me consulta una estudiante del por qué casi no he escrito acerca de los derechos de la mujer; de ese giro que ha causado la percepción de lo femenino en el control del poder político y en los asuntos de la alta gerencia pública como privada. Le contesté, con ese humor negro que me caracteriza, no por ser bueno sino sobradamente malo, que "yo era machista y que no veía la sociedad desde otra perspectiva que no fuera la de los derechos de la mujer cedidos por los hombres; en una palabra: para qué hablar de derechos que nunca han existido”.

Pero, repito, es “humor”, nada en serio claro está; aunque no estaba muy lejos mi respuesta jocosa de la realidad que ha tenido que enfrentar la mujer en los tiempos modernos, no solamente luchando por derechos a los cuales por naturaleza les vienen dados, sino por la resistencia de la masculinidad, sobre todo la latinoamericana, a entender el papel fundacional de “lo social” que tiene la mujer, tanto en sus roles domésticos, propios de su necesidad de acobijar y cuidar de los suyos; como de sus roles profesionales al ser las portadoras de un talento formidable a la hora de tomar decisiones en momentos de crisis.

En este sentido hay que mencionar el trabajo de Gilles Lipovetsky (París, 1944), filósofo y sociólogo francés, publicado en por vez primera en 1997, titulado “La tercera mujer”, subtitulado “Permanencia y revolución de lo femenino”. La tesis abarca un cambio cultural e histórico que empezó a producirse después de la segunda edad media, a partir del Código del Amor Cortesano que rendía culto a la dama amada y exacerbaba su perfecciones morales y estéticas. En los siglos XVIII y XIX, es a la esposa, madre y educadora de los niños a la que ponen en pedestal filósofos, ideólogos y poetas; esa es la segunda mujer, no reconocida aún como sujeto igualitario y autónomo, pero sí en sus roles, asoma como nuevo poder al tener la responsabilidad de formar a los niños, de educar lo masculino y civilizar comportamientos y costumbres (en Latinoamérica esta figura de poder de la segunda mujer se ve en la concepción machista con que se crían a los hijos varones).

En las sociedades modernas, postmodernas según afirma Lipovetsky, los códigos culturales que obstaculizan radicalmente el gobierno de sí misma, como la virginidad o la mujer en el hogar, pierden terreno; los códigos sociales de responsabilidades familiares permiten la auto-organización, el dominio de un universo propio, la constitución de un mundo cercano emocional y comunicacional; se prolongan cualquiera sea la crítica que los acompañen por parte de las propias mujeres. Aunque estemos de manera muy tímida aún en la amplitud de los derechos a la mujer, en cuanto a que tengan las mismas posibilidades que los hombres en el acceso al control total de la sociedad, se hace necesario contrarrestar la priorización que dan las mujeres a los valores privados que las vuelve refractarias a la lucha del poder por el poder. Algunos mantienen la esperanza, como Lipovetsky, que en el futuro habrán mujeres en los centros de poder, pero no será el poder político el último bastión masculino en caer, será el poder económico el más lento en abrirse a las mujeres.

En apreciación de Viviana Erazo y Pilar Maurell, en su ensayo titulado “La Tercera Mujer de Gilles Lipovetsky”, publicado en el 2001, en la obra de Lipovetsky la tercera mujer “…rechaza el modelo de vida masculino, el dejarse tragar por el trabajo y la atrofia sentimental y comunicativa. Ya no envidia el lugar de los hombres ni está dominada como diría el psicoanálisis por el deseo inconsciente de poseer el falo. Representa una suerte de reconciliación de las mujeres con el rol tradicional, el reconocimiento de una positividad en la diferencia hombre-mujer”. En una palabra, citando al propio Lipovetsky: "La persistencia de lo femenino no sería ya un aplastamiento de la mujer y un obstáculo a su voluntad de autonomía, sino un enriquecimiento de sí misma".

En este sentido, y volviendo a palabras de Lipovetsky (dadas en una entrevista al diario El País de Madrid-España en el 2006), “La tercera mujer combina la dinámica de la transición del modelo feminista con cierta imposición de la tradición. Retoma valores como asumir su feminidad… Intento comprender, no justificar. Sólo propongo una teoría. Lo único que digo es que las mujeres cada vez van asumiendo mayor poder, sobre todo político, pero las diferencias existen. Pienso en cómo pensar la feminidad dentro del feminismo. La mujer goza, toma decisiones, pero también le gusta la lencería. Para mí es comprensible. La mujer que compra lencería sexy no es una mujer objeto. Encarna una feminidad. Quiere ser tan autónoma como un señor, pero no quiere parecer un hombre… La dominación masculina se ha quedado relegada al poder económico. En la esfera privada, las mujeres actúan como los hombres. Ellas piden el divorcio; van a la escuela, obtienen diplomas. El discurso feminista del siglo XXI, tendrá que construirse más allá del victimismo, de la dominación masculina. Hay otros problemas, como la nueva pobreza de las mujeres. Y otros elementos que nos retornan a ese pasado, como la inmigración. Se puede reproducir un modelo machista: las mujeres pueden estar hechas para ser violadas; para estar siempre en casa. Pero es un modelo pasado… Se ha perdido el discurso machista de la superioridad del hombre, que la mujer debe estar en casa. Pero las mujeres siguen haciendo la mayoría de trabajos en casa, porque perviven actitudes concretas, pero no diría que es machismo…”

En un sentido general del asunto, se está en una era distinta de la modernidad y la postmodernidad; una era que llaman los psicoanalistas de hipermodernidad; es la paradoja que supera cualquier imaginario humano. Según Lipovetsky, el hombre destroza las interpretaciones de lo sagrado; pide reparar los crímenes históricos; el pasado se vuelve polémico, y el presente, se vive en la moda, la publicidad, la sensibilidad, el consumismo; se está en un estado en que lo real e irreal pareciera coexistir, y eso marca un sendero positivo para que lo femenino imponga nuevas reglas y por ende se apodere de territorios hasta hoy, aún prohibidos.


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Ramón Eduardo Azocar Añez

Doctor en Ciencias de la Educación/Politólogo/ Planificador. Docente Universitario, Conferencista y Asesor en Políticas Públicas y Planificación (Consejo Legislativo del Estado Portuguesa, Alcaldías de Guanare, Ospino y San Genaro de Boconoito).

 azocarramon1968@gmail.com

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