El gran ausente



EL GRAN AUSENTE

Desde que el 8 de diciembre pasado, a las 10:00 de la noche, el Comandante manifestó su firme voluntad de entregar el relevo a Nicolás Maduro, estamos todos en campaña. Nosotros insistiendo en cultivar la emoción del duelo que nos embarga, el amor del pueblo a su líder, transformando nuestro dolor en voluntad de futuro y ellos –la oposición- diciendo desde el primer día lo único que pueden decir públicamente: “Maduro no es Chávez“. Algo que por evidente pudiera pasarse por alto si no fuera porque denota la intención de disminuír a Maduro, de desestimar su valor, su peso específico, su historia militante, su experiencia y en consecuencia su legítima aspiración a ocupar un puesto de mando que ni está ni estará jamas vacío. Pero por sobre todo, la oposición intenta invisibilizar el hecho de que Maduro está cumpliendo un mandato del hombre mas amado y respetado que ha parido esta tierra desde que se fué Bolívar.

A eso parece resumirse por ahora toda la controversia, toda la diatriba electoral, sin olvidar que mas allá del campo electoral, en eso que llamamos el Plan “B“, la oposición centra una feroz campaña de desprestigio hacia las autoridades electorales y hacia la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, a cuyos mandos se insulta descaradamente desde unos medios de comunicación asquerosamente vendidos al imperialismo.

Hasta aquí bien pudiera decirse que solo he repetido mas o menos lo que todo el mundo sabe desde hace un buen rato.

Pero tengo la impresión cada vez mas clara de que entre ambas fuerzas antagónicas, se ha desarrollado una suerte de relación dialéctica casi perfecta. Es como si ambos bandos estuvieran disputándose un solo objeto valioso, como si unos –nosotros- defendiéramos la justa emoción de que Chávez vive, de que es el corazón del pueblo, y los otros –ellos- insistieran en venerar (o vigilar) sus restos mortales, quizá por miedo a que les pase como al soldado romano que se quedó dormido mientras Jesús se escapaba del sepulcro uns sábado de gloria, para deambular por el mundo hasta hoy, redimiendo injusticias y cultivando sueños de vida y esperanza, igualito que Chávez (aunque al Sr. Urosa le de piquiña). Esta lucha parece estar ocupando todas nuestras energías y las propuestas de futuro han pasado a un segundo plano.

Las de ellos por impresentables: A Capriles no le queda mas remedio sino hacer ofertas disparatadas, tanto mas inverosímiles cuanto mas “generosas“. Ofertas que mañana dirá que nunca pronunció porque ya todo el mundo sabe -hasta sus seguidores- que el pobre muchacho no es sino un mentiroso compulsivo.

Pero ¿Y las propuestas nuestras?, ¿donde están?, ¿Quien las difunde?. Pareciera que estamos demasiado ocupados en presentar reiteradamente la imágen y la voz de nuestro comandante, en mantener viva la emoción por su ausencia y mientras tanto, estamos dejando en el camino lo mas valioso de su herencia reciente, la hoja de ruta que en definitiva es nuestra carta de triunfo el 14 de abril. Me refiero al Programa de la Patria, me refiero a los cinco grandes objetivos históricos que en última instancia sustentan, dan legitimidad a nuestas aspiraciones de continuar en el poder.

Un día, no puedo precisar cuando, pero un día, y cuanto antes mejor, vamos a descubrir que tenemos que sacar del bolsillo la llave del futuro, esa propuesta de país que ellos –me resisto a nombrarlos- no pueden rebatir.

Chávez, que ademas era poeta, se topó un día con el Arbol de las Tres Raíces –me gusta imaginar que lo descubrió en el Saman de Güere- y seguramente se dió cuenta de que el tronco estaba torcido por doscientos años de maltrato, de modo que se propuso curarlo: Ese tronco es hoy nuestra Constitución Bolivariana. Y despues de catorce años de cuidados inmensos, el árbol ha echado cinco ramas poderosas que soportan nuestros sueños. Los Cinco Grandes Objetivos Históricos del Programa de la Patria. De modo tal, que el programa, la hoja de ruta, es tan importante como el relevo del mando en las manos de Nicolás. Esos cinco grandes objetivos históricos debemos anclarlos en el corazón del pueblo.

En todos los puntos rojos, en todas las esquinas, debajo de cada mata, tenemos que volver a distribuír masivamente ese programa, pero no solo eso, la convocatoria de voluntades, las visitas casa por casa, deben montarse sobre el debate horizontal y democrático de nuestro programa. Debemos ser portadores de nuestra buena nueva (eso significa evangelio), sembrar los sueños de la gente, decirles y decirnos que todos juntos podremos construír diariamente el mundo feliz que merecen nuestros hijos e hijas. Por ahora, creo que el gran ausente en estos momentos en todo el discurso de campaña es precisamente el Programa de la Patria, y si estoy equivocado, tanto mejor para todos.

cajp391130@yahoo.es


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Pedro Calzada


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