Enrique Márquez y la tentación de un "centro político" prefabricado en Washington

La escena del 24 de febrero en el Capitolio de los Estados Unidos fue televisivamente perfecta: Donald Trump presenta a Enrique Márquez, ex preso político recién liberado, que se reencuentra con su sobrina en medio de aplausos de los presentes. Una representación cuidadosamente construida: la puesta en escena de lo que parece ser una nueva narrativa sobre Venezuela y su conflicto político.

Para la tuitosfera (o Xosfera) venezolana fue un capítulo decisivo en una telenovela, uno que probablemente revela un giro en nuestro drama político. Para algunos de aquellos que intentan ver más allá del espectáculo, la presencia de Márquez en ese escenario fue la confirmación pública de lo que ya se cocinaba desde el 3 de enero y que han dejado intuir algunas de las voces más connotadas de la política norteamericana respecto de lo que, para Trump, sería la solución ideal para Venezuela: la construcción de una suerte de "centro político" estrictamente controlado desde Washington para estabilizar un régimen que ya no es el de Maduro, pero tampoco una democracia, sino la heredera directa de aquel. Uno que garantice estabilidad para las inversiones transnacionales sin alterar la estructura profunda del poder. Para otros, no fue más que un breve e intrascendente show con el que Trump lavó un poco la cara de su tan cuestionada operación militar, mientras desvió momentáneamente la atención sobre sus escasos resultados de gestión interna. Y si, no hay dudas de que Trump, como suele hacer, utilizó instrumentalmente la presencia de Márquez para proyectar sus propios intereses políticos: En palabras del Prof Javier Biardeu "La presencia de Enrique Márquez fue utilizada comunicacionalmente (táctica de signos-Paolo Fabbri) por Trump, como el símbolo definitivo del éxito de su política exterior hacia Venezuela, calificando los eventos del 3E como detonante de la libertad de los "presos políticos".

Es en ese contexto donde cobra sentido la creciente visibilidad de figuras que no encajan plenamente en ninguno de los polos tradicionales. No se trata de liderazgos emergentes en un escenario abierto, sino de perfiles que resultan funcionales a un nuevo tipo de arreglo: uno que privilegia la moderación, la previsibilidad y la capacidad de interlocución por encima de la confrontación. Las señales en esa dirección son múltiples. Desde la selección de interlocutores hasta la validación simbólica de ciertos actores, pasando por la forma en que se narran los avances en materia de derechos humanos o apertura política, todo apunta a construir un relato de transición ordenada. Un relato que busca hacer compatibles dos objetivos que históricamente han sido difíciles de conciliar en Venezuela: estabilidad política y apertura económica.

Durante años, el conflicto venezolano se interpretó en términos binarios: continuidad del chavismo o ruptura democrática impulsada por la oposición. Esa lectura, aunque útil en su momento, parece hoy insuficiente. Los movimientos recientes apuntan hacia una tercera vía menos visible pero más plausible: la construcción de un equilibrio político intermedio, capaz de garantizar estabilidad sin alterar de forma sustancial las bases del poder.

Desde Washington parecieran haber querido transmitir una idea sencilla y poderosa: algo está cambiando. Sin embargo, la naturaleza de ese cambio es menos evidente de lo que sugiere la imagen. Porque lo que comienza a perfilarse no es necesariamente ni claramente una transición democrática en el sentido clásico, sino un proceso más ambiguo, donde la reconfiguración del poder convive con la persistencia de estructuras autoritarias, o, como lo hemos llamado en otro espacio, una metamorfosis del propio régimen autoritario bajo tutela externa, convirtiendo a Venezuela, de facto, en un particular tipo de protectorado del siglo XXI.

Este desplazamiento no puede entenderse sin atender a su dimensión económica. Las reformas recientes en el sector energético venezolano sugieren que la apertura en curso responde menos a un proyecto de desarrollo nacional que a la necesidad de reinsertar al país en circuitos globales de inversión, pero bajo nuevas condiciones. En ese contexto, la estabilidad política, aunque sea parcial o incompleta, se convierte en un requisito central.

Trump y Rubio han dejado claro de distintas maneras, en actos y señales, que no apuestan ni por el chavismo-madurismo clásico ni por una derecha que consideran "conflictiva y revanchista". Prefieren un espacio intermedio, controlado, donde el eje de la transición no oscile entre extremos sino que se ancle en un centro definido por ellos. Un chavismo light, domesticado, capaz de convivir con un sector opositor moderado y alineado. Parecieran decantarse por una suerte de nuevo Pacto de Puntofijo, más flexible, adaptado a los tiempos del nuevo imperialismoi y, concretamente, de los intereses económicos de la élite norteamericana que hoy gobierna con Trump a la cabeza.

Mientras la tuitosfera debate si Márquez será realmente el gallo tapado de Trump para una renovación de la Presidencia de la República, o el próximo presidente del CNE, o acaso el de una eventual "Junta de Transición", los efectos de una estrategia de poder calculada avanzan: un protectorado petrolero con rostro "centrista" y democrático de fachada. El resto de la sociedad luce convertido, una vez más, en simple espectador de su presente y de las decisiones estructurales que se toman fuera de nuestras fronteras.

El tiempo de Trump no es el de nuestras fábulas políticas. Su agenda es pragmática, neomonroísta y centrada en estabilización primero, democratización después (y solo si no altera los intereses estratégicos). Obviamente estamos hablando de una "democratización" que en modo alguno ponga en entredicho el carácter tutelado de Venezuela y que no pretenda márgenes de soberanía más allá de lo que a Washington -sus plutócratas mafiosos de extrema derecha y sus transnacionales- le convenga y autorice. Por eso el "centro político" que se promueve no surge de un acuerdo nacional amplio, sino de un diseño externo que aspira a alinear a las élites locales -del oficialismo light a la oposición moderada e incluso a la oposición que se agrupa alrededor de María Corina Machado- bajo su supervisión y direccionamiento.

El riesgo de este tipo de procesos no es necesariamente su fracaso, sino su éxito. Un nuevo equilibrio puede estabilizar la situación, reducir la conflictividad y abrir espacios de cooperación internacional. Pero también puede consolidar una forma de poder menos visible, más eficiente y, precisamente por ello, más difícil de cuestionar.

La tentación del "centro" prefabricado reside en su promesa de orden y estabilidad. Su peligro, en cambio, está en que ese orden puede construirse al margen de la autonomía política, de la construcción de un régimen genuinamente democrático y del pleno ejercicio de los derechos políticos de la sociedad que dice representar.

Mientras el centro de gravedad siga en Washington, cualquier "centro político" venezolano será, por definición, periférico. La única alternativa a todo ello es construir, desde abajo y desde adentro, una agenda autónoma que rechace tanto la continuidad autoritaria del cipayato de los Rodríguez como el tutelaje disfrazado de pragmatismo. No se trata de elegir entre dos o tres versiones del mismo sometimiento. Se trata de recuperar el derecho a decidir nuestro propio destino. No lo olvidemos: transición no significa democratización ni autonomía.

Notas:

i) Harvey, D. (2004). El nuevo imperialismo, Madrid. Akal [2003].

En este trabajo, Harvey analiza el capitalismo contemporáneo como un sistema que recurre a la "acumulación por desposesión" para expandirse, particularmente a través de la privatización, la financiarización y la gestión de crisis.

 27 de febrero de 2026



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Moises A. Durán


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