Bolívar que nace rico entre esclavos, escoge hacerse mendigo eterno

Cuando Bolívar viene al mundo en 1783, el país es una zona umbrosa y silente. Pocas casas, grandes árboles, caminos hacia la inmensidad de los campos, y en las ciudades: iglesias, soñolientos campanarios, plazas para el discurrir lento y pausado de las horas; no hay tiempo, no hay prisa por nada, los murmullos de arrieros o viajeros resumen toda la escena de los movimientos que estremecen la ciudad. Una paz que casi nadie se atreve a pensar por qué la tienen, por qué existe, a quién se la deben. La vida es muy es sencilla, las preocupaciones sociales están atadas a un señor que no es del lugar; y cuanto existe no es del lugar. Todos dependen de un rey que no convive con su pueblo. Las órdenes vienen de muy lejos, los funcionarios que administran los productos, lo que da la tierra viene de muy lejos; los impuestos vienen de muy lejos. Del otro lado de las montañas llegan esos hombres que dicen haber descubierto estas tierras, pero no se contentaron con "descubrirlas", se han quedado imponiendo sus extrañas costumbres y leyes. El hombre que ha nacido en el Nuevo Mundo no sabe realmente lo que tiene. Su vida, sus propiedades, sus esfuerzos, su destino está en manos lejanas e invisibles. No representan ni tienen nada.

El pequeño Bolívar ve a su alrededor esclavos echados indolentemente sobre sus llagas; ve los inmensos sembradíos que heredará cuando su madre muera, pues ya a los tres años perdió a su padre. Pareciera que tiene su vida asegurada: es afortunado, es respetado,... lo tiene todo. Al morir su madre, tiene 9 años. Edad difícil para aceptar la muerte de los seres queridos. El contraste debe ser contradictorio para él: bien vestido, ricos atuendos oscuros envuelven la sala; él callado, serio, con el traje negro; orondos señores le miran con piedad y pena; algunos piensan: "Es rico el niño Simón, pero cuánto daría por no tener nada y en cambio conservar a su lado a su lado a sus padres".

Muy pronto la soledad, el sueño de todos aquellos pueblos tan callados, le van llenando de una angustia en la que desea conocer su último significado. Corre por los campos, trepa árboles, habla con las piedras y las nubes, y en ocasiones cae en el ensueño de una pena. Se siente atormentado y triste sin saber por qué. Es como un remordimiento. Pareciera como si fuera el remordimiento por haber nacido, aunque de él no dependiera el estar en el mundo. Es posible que el pequeño Bolívar tuviera los ojos encendidos como dos tizones cuando se entrega a meditar sobre algo que le escuece por dentro. De lo que le hablan los profesores entiende muy poco. Le fastidian las lecciones y las tareas. A veces quédase silencioso, con los libros abiertos y la mente en la nada, dejándose llevar por el ruido de la lluvia o el canto de las cigarras, y pareciera que existe momentos en que por este olvido de si mismo se acercara la especie de revelación de su verdadero destino. La inquietud que le dice: la vida está hecha de dolores. La vida es sólo un mar negro y oscuro al que hemos venido cruzar, y con una barca muy endeble. Es una prueba. Y Simón alza su bracito delgado, ve su escueta y pequeña figura en el espejo; aprieta el puño y los dientes y dice: "Yo sé que voy a triunfar. Yo sé que voy a vencer. Cruzaré ése el negro mar de mi vida y todos los demás mares. Iré muy lejos, tan lejos que nunca más podré regresar a casa. Nadie de los que me han visto y me han tratado me van a reconocer. Seré otro; voy a curtir mis ojos en otros mundos; voy a llenarme de fuerza. Caminaré incansablemente. Nunca pasaré dos veces sobre mis mismos pasos. Me seguirán porque he venido a dar, porque he venido a entregarme, porque nada quiero que no sea sacrificio y voluntad; que los hombres que me sigan que lo abandonen todo; que dejen a sus hijos, a sus mujeres y sus cosas, y nos vayamos lejos, tan lejos que nunca más podamos regresar. Y que no demos paz a los pies y a la mente; que no demos descanso al mirar; caminar, caminar, caminar...".

Simoncito sabía que lo tenía todo menos una cosa: la experiencia que da la miseria. El presentía que esa experiencia, que apenas había asomado con la muerte de su padres, estaba por aparecer con todo su poder. Como casi nadie lo entiende y quienes han quedado bajo el encargo de educarlo no lo soportan, se decide enviarlo a España. Es Simón un muchacho que en ocasiones pareciera triste, en ocasiones alegre y bullanguero, gritón y bromista que cualquiera pudiera creer que está tocado de la cabeza. Cuando por primera vez ve el mar, su corazón estalla de alegría: "Al fin comienzo a andar. Al fin comienza mi aventura. Me perderé lejos. Iré a donde nadie ha ido. Llegaré al fin de esa linea oscura que está más allá del cielo". Queda varias horas mudo y conmovido. Desearía perderse con sus pensamientos. Y cuando se embarca, pasa días frente al mar y el viento, mirándose en las brumas, en las noches tupidas de estrellas; en el batir de las olas, en la estela de la inmensa cazuela que es la imagen de su propia fuga, buscando la verdad para la que ha nacido, el destino para el cual ha nacido. Dios le ha quitado sus padres, ¿que más le falta por quitarle?

Descubre que es un muchacho muy solo. Que no ha tenido un hogar. Que es huérfano, y que el mundo pareciera mirar con desdén y desprecio a los huérfanos. Comienza a tener miedo. Comienza a sentir que puede ser un hombre maldito, alguien de quien Dios se ha olvidado. Y en España encuentra a una joven dulce y hermosa que le comprende. Las noches y los días se hacen cortos, vuelan, desaparecen, se deshacen entre la veladas donde él, agarrado de la mano de su tierna amada, sueña con una vida doméstica y serena en las heredades de sus padres muertos. Simón cree que al fin encontró el objeto de su vida con esta joven que le comprende. Vivirá con ella, nunca la abandonará, será un buen padre, se ocultaran en los Valles del Tuy; él sólo vivirá para atenderla y amarla. El no aspira a otra cosa. Se siente satisfecho. Regresa con su carga de amor al suelo natal, y la muerte se la lleva.

Está demostrado que lo tangible de la tierra le está negado. Comienzan las lecciones de la miseria. No aspira a nada. No le interesan los títulos, su vida ha terminado cuando apenas tienen diecinueve años. Otra vez frente al mar; se embarca y pasa noche enteras con la mirada frente al mar; empapada la cara de sal, los ojos empañados de lágrimas, viendo con horror el desolado destino que le espera. Entonces se entrega a la crápula; quiere saber que hay en el fondo de los desahuciados, de los locos y los mendigos que nada quieren y que a nada aspiran. Despilfarra parte de su fortuna, desciende al foso de las visiones más atroces; ha dejado todo atrás; tal vez no se reponga. Tal vez quede lisiado para siempre decente, un ciudadano. Y un día encuentra un amigo en París, Simón Rodríguez que lo invita: "Vamos a caminar, caminar, caminar, días y noches enteros. Vámonos, vayámonos de este mundo". Simón recuerda su muerte. Recuerda que al morir va a decir lo mismo: "Vayámonos de este mundo, que aquí nadie nos quiere". Y como recuerda su propia voz en el trance de su muerte que es como el del nacimiento mismo, obedece y se va con el amigo.

Caminar le devuelve la salud y el equilibrio. Caminar le hace ver que todavía puede servir para algo. Caminar le hace jurar que hará libre a su pueblo. Va escuchando y leyendo por los caminos. Pasa semanas sin dormir y cuando duerme camina en sus sueños. "Me vuelvo a Caracas" - dice de pronto una mañana a su amigo. Y se va al mar. En el mar ve la cruz en el firmamento. Escucha las voces de las batallas, y vuelve a recordar el destino en los campos de Araure, Carabobo, Boyacá, Bomboná y Junín; porque los hombres predestinados recuerdan el porvenir.

Durante los primeros brotes revolucionarios contra España, a Bolívar le fastidia tener que conspirar. El no es hombre de conspiraciones. No sale electo diputado al congreso de la primera república. Sabe que debe escuchar a su corazón y su corazón le dice que no debe perder el tiempo en discusiones inacabables, que la acción es el único medio para salir del marasmo en que la colonia tiene a Venezuela. Su genio le hace decir a veces con imprudencia, los desastres que se avecinan por falta de valor en los hombres que le ha tocado dirigir a la república, y por falta de conocimiento de la especial situación de nuestros pueblos.

La escuela de la miseria le sigue dando lecciones. Comienza a conocer a los hombres. Ayer era un apasionado seguidor de las ideas del general Francisco de Miranda, hoy descubre que es un aventurero, hombre que firma una inaceptable capitulación frente a Monteverde, y que planea huir con veintidós mil pesos del Tesoro Público y mil onzas de oro. Bolívar siente repugnancia de este acto porque a él no le importa el dinero, porque él ha pensado con generosidad por su patria, porque lo quiere dar todo por ella, quiere desgarrarse, demostrar cuan capacitado está para sufrir, para desprenderse de cuanto tiene, de vencer todas las pestes y apetencias materiales. Miranda lo ha destrozado en los más íntimo de su ser, y contra Miranda arremete por cobarde, traidor y corrupto, con todo lo grande y respetado que es el generalísimo, cuyo nombre ha llenado los últimos capítulos de la historia de Francia.

Comienza la odisea de sus penar por las islas de las Antillas. Va a Curazao, para poco después ir a Cartagena donde sorprende al mundo con su famoso Manifiesto. No es él quien escribe y piensa, es Dios quien todo se lo dicta. Hay una conmoción en el país de los lanudos de Tunja y Bogotá, y como quien de pronto es sacudido por una idea brillante y total, a Bolívar el gobierno que preside Camilo Torres le concede una excesiva confianza que provoca en los mezquinos envidias y recelos.

Bolívar está ansioso por demostrar su capacidad para el mando y para la guerra y emprende una campaña que estremece al mundo. Expulsa a los españoles que hicieron capitular a Miranda y establece un gobierno republicano en Venezuela. Recibe el título de Libertador y comienza una lucha sangrienta que sepulta en la esclavitud más ominosa al pueblo venezolano. Esta guerra dura ocho años. El joven que hace pocos años pensó en una vida pacífica con su esposa en el campo, ha empuñado la espada, y como un dios dice serenamente: "Españoles, si persitís en ser nuestros enemigos, alejaos de estas tierras, o preparaos a morir". Nunca antes en este continente se había lanzado un ultimátum más explicito, más breve, más sencillo, más formal, contundente y claro. ¿Cómo podía hablar un hombre con una seguridad tan firme y serena frente a un país plagado de enemigos feroces, la raza más implacable del mundo: la que acabó por derrumbar las esperanzas imperiales de Napoleón en Europa y ha llenado tantas páginas de valor suicida en todos los tiempos.

Su vida desde entonces es pasar y repasar el mapa de América. No conforme con dar la libertad a la Nueva Granada, avanza hacia el Ecuador y el Perú. Funda una nación que lleva a su nombre y cuando el continente está librado de la ofensiva presencia de los godos, entonces comienzan las peleas vulgares y tramposas de nuestros políticos de partidos. Es increíble que cuando Bolívar regresó luego de haber anexado a la Gran Colombia el Ecuador, de haber triunfado en Bomboná y Junín y actuado sabiamente para la total eliminación de los realistas colonizadores en este continente y propuesto el gran proyecto de confederación de los países andinos, y el encuentro panamericano en Panamá. Es increíble que cuando era el hombre que más sacrificios había hecho por darnos patria, honor y dignidad, cuando volvió de esa marcha penosa y torturante, se encontró en su propia tierra a un grupo de partidos que estaban destrozando su obra, y fueron estos partidos sobre los cuales han querido luego construir democracias, los que le calumniaron y desearon su muerte. Nadie, absolutamente nadie les dio las gracias, y Santander, quien era el vicepresidente de la Gran Colombia, mandó a colocar a los adeptos de su partido "liberal" en los caminos para que gritaran a favor de una constitución ridícula en la que él creía sólo para darse importancia. Todo cuanto encontró fue insultos y quejas, partidos y partidos por todas partes. Ya nadie quería sacrificarse por el país sino aprovecharse de los cargos y pedir prebendas y negocios que favorecieran sus propios intereses.

Páez con su haciendas y sus potreros llegó a pedir la cabeza de Bolívar como condición para la paz de la Nueva Granada con Venezuela. Nunca ha habido justicia con los partidos; nunca hubo verdadero progreso y agradecimiento a los hombres sabios con los partidos, mucho menos democracia. Y hoy pareciera que hemos llegado al profundo convencimiento de que solamente sin partidos es como nosotros los latinoamericanos podríamos salir de abajo. Los partidos han pervertido la amistad, los partidos celebraron en 1830 la muerte de Bolívar y durante muchos años celebraron el atentado del 25 de setiembre contra su persona. Eran y son grupos fanáticos y sectarios que a costa de velar por sus intereses no les importa arruinar a la patria, venderse al capital extranjero, traicionar lo más noble y sagrado de cuanto tenemos. Los partidos mataron ayer a Sucre y a Bolívar; atentaron contra el doctor José María Vargas; dejaron que nos arrebataran nuestro territorio en negociaciones estúpidas porque estaban más pendiente de sus posiciones que de sus responsabilidades para con el país. Hoy estamos como estamos, no por culpa de democracia alguna, que democracia es lo más sublime de cuantos regímenes existen para vivir en concordia con nuestros semejantes. Democracia significa rectitud, seriedad, probidad, respeto. No puede ser que luego de transcurrir treinta y cinco años por este sistema tan justo y humano nos encontremos a una nación moribunda: estafada, en cuyos estertores y se ven los desgarros de la impunidad más atroz, de la maldad, del derroche y la indolencia, desorden, caos y una sucesión inacabables de escándalos, donde los vicios más opuestos a la justicia, al respeto, a la responsabilidades más elementales es cuanto figura a la luz del día, cuanto prospera y cuanto pareciera amarse y cultivarse.

A la vez, si es verdad que casi todo marcha mal entre nosotros, antes de criticar debemos vernos a nosotros mismos, y preguntarnos: "¿Seré yo más justo, más honesto, más limpio de pensamiento, más capaz, más serio y responsable que los padres caóticos de esta aberrante sistema?". En medio de la desesperación más asfixiante, he llegado a pensar que muchos de los que claman castigo para los delincuentes políticos de este país, son de la estirpe de que los que nos han llevado a este marasmo de perdición.

Los partidos han degenerado, desfigurado y pervertido al sentido noble y hermoso de lo que se entiende por democracia; allí está esa horrible paradoja entre la vida del Libertador y de los hombres de partidos: El Libertador que era rico de familia murió en la total miseria; los hombres de partido que nacen pobre, en los cargos adquieren impresionantes fortunas: mueren ricos y alabados... Hoy, sin embargo, hay quienes dicen, entre ellos el presidente Carlos Andrés Pérez, que sin partidos no puede haber democracia.



jsantroz@gmail.com


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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