Estados Unidos, Terrorismo, Hiroshima y Akira Kurusawa

Los niños japoneses, pese a los avatares de la segunda guerra mundial, no cesaban de mirar al cielo donde las cometas cabriolaban felices. El cielo azul donde habitaban los dioses y hacia donde las cometas remontaban a llevar los deseos infantiles, estaba impoluto y nada presagioso.

Las sirenas que anunciaban los ataques aéreos del enemigo, estaban silenciosas y en los campos, plazas, parques y espacios, donde nada había del elemento militar , se jugaba, soñaba con la paz y, en el otro lado del mundo, otros suspiraban por lo mismo.

No consultaron a los niños –no samuráis, ni guerreros- cuando el viejo Hirohito, el emperador número 124 de su dinastía, llevó al pueblo japonés a inmiscuirse en la guerra que Hitler había desatado. Y los infantes, mujeres y ancianos, ajenos a la responsabilidad de aquella fea cosa que fue la guerra, se sentían con derecho a ocupar los espacios que eran para el disfrute, la poesía, saltos, carreras, juegos, el saludo al vecino y hasta para comentar las calamidades por los familiares que morían en el frente.

Y eso sucedía en el Japón todo; en África negra y blanca y en la América de los europeos que llegaron temprano, de aquellos que nacieron en este continente, hijos de los primeros y del mezclarse unos con otros, productos de un reato, como dijese Bolívar; en donde los indios atemorizados, linchados y embaucados, fueron obligados a ceder su territorio e internarse más adentro. Y aún así, ellos también, allá en la selva profunda danzaban y cantaban por la paz y porque los niños pudiesen mirarse con amor. Y para que los terroristas no siguiesen envainándolos.

En Hiroshima y Nagasaki, dos ciudades japonesas lejos del frente de batalla y en Nueva York y Detroit, en igualdad de condiciones, los niños, mujeres y ancianos hacían lo que debían hacer. Lo mismo que niños, mujeres y ancianos de todas las ciudades del mundo adonde afortunadamente la violencia y ferocidad desatada por la guerra, no había llegado y no tenía razón para llegar.

La guerra estaba en sus finales. El frente japonés retrocedía y las fuerzas de Hitler en toda Europa se dispersaban y hasta deambulaban en franca derrota. Loa aliados avanzaban sobre Europa y a su favor se sumaban nuevos combatientes.

La feroz guerra que llevó a la destrucción del “viejo continente” y norte de África se desarrolló mediante el uso de armas convencionales. De manera general, los combatientes disponían de medios para contrarrestar los ataques enemigos. Salvo cuando las tropas italianas del “Duce” Mussolini, modernamente armadas, “heroicamente” arrollaban contingentes aliados del África negra quienes combatían con lanzas, flechas y hasta cerbatanas.

Estando así las cosas, en Hiroshima y Nagasaki, nadie supo qué se les vino encima. Los demonios aquella tarde descendieron; todo polvo se volvió y los niños perdieron mucho más que la alegría.

Era el 6 de agosto de 1945, cuando Harry S. Truman, a la postre presidente de los Estados unidos, ordenó lanzar una bomba de uranio enriquecido, la “little boy” la llamaron, de 4 toneladas de peso sobre la primera de las ciudades japonesas antes mencionadas. Allí murieron 140 mil personas, sin mencionar los heridos, mutilados y daños materiales. No obstante esto, tres días después, sin pudor ni clemencia alguna, Truman ordenó lanzar otra bomba, esta vez de plutonio, sobre la ciudad de Nagasaki para producir los mismos trágicos efectos.

Cuando el presidente de Estados Unidos, trató de justificar aquella masacre que acabó con dos ciudades, dijo con cinismo “se soltó la primera bomba atómica del mundo sobre una base militar”. Habría que recordar que la bomba lanzada sobre Hiroshima, la ciudad, no una base militar, se dejó caer desde 600 metros de altura. Y luego agregó Truman, que aquella barbarie “se hizo para evitar la muerte de civiles”.

El viejo refrán dice que quien siembra vientos cosecha tempestades. Y gobernantes del país del norte no sólo son protectores de terroristas, sino que tienen mucho que ver con tan nefasta practica. En esta entrega, sólo hemos querido recordar algo que por sus proporciones, aún duele, ofende y mantiene de luto a la humanidad toda. Por esto, el gran director de cine japonés Akira Kurosawa, realizó su maravillosa y poética película “Rapsodia de Agosto”.

¡Es malo el terrorismo, no importa quien lo practique! Y también son desagradables la hipocresía, vanidad y fingidas poses.

pacadomas1@cantv.net


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Eligio Damas

Militante de la izquierda de toda la vida. Nunca ha sido candidato a nada y menos ser llevado a tribunal alguno. Libre para opinar, sin tapaojos ni ataduras. Maestro de escuela de los de abajo.

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